¿ Arte o entretenimiento? Lo primero que salta a la vista del trabajo de Spencer Tunick (EU, 1967) es su carácter masivo y espectacular.
A lo largo de casi 15 años, este artista estadounidense originario de Middletown, NY, ha adquirido una enorme fama internacional realizando instalaciones en espacios públicos en las que utiliza decenas, centenares o miles de personas desnudas para crear formas que registra a través de la fotografía y el video.
Sus esculturas vivientes, por así llamarlas, generalmente duran minutos, tan sólo los suficientes para documentarlas. Después, cuando todos se visten y regresan a su casa, desaparecen.
Lo que no parece esfumarse nunca, y Tunick lo sabe bien, es la eterna curiosidad por el cuerpo humano y la polémica.
El caso de Tunick es curioso. Casi podría decirse que él no encontró su propuesta artística, sino que ésta la encontró a él. Naturalmente el artista estaba preparado y dispuesto a aceptarla ya que estudió en el Emerson College en Boston, una universidad dedicada al arte y la comunicación, cursando posteriormente un programa intensivo de un año en el Internacional Center of Photography en Nueva York.
Un buen día, a principios de los años noventa, iba caminando por el Garden District, la zona neoyorquina en la que se comercializan plantas. Le llamó tanto la atención una enorme raíz que parecía cola de ratón que decidió realizar una fotografía colgándola a media calle con hilo de caña y haciendo que una modelo desvestida se agachara frente a la raíz para que pareciera que era su cola. Lo absurdo siempre ha sido un elemento de su obra.
Esta primera experiencia lo llevó a realizar otros desnudos en espacios públicos. Generaron mucho interés. Cada vez había más personas queriendo posar para él. Llegó el momento en que el artista tenía tantos voluntarios que se le ocurrió reunirlos para hacer su primera instalación colectiva.
En 1994 citó a sus amigos frente al edificio de la Organización de Naciones Unidas y los retrató. Eran menos de treinta.
Tunick ha dicho que no eligió el lugar por su significado. Generalmente afirma que los sitios que utiliza en sus instalaciones responden a cuestiones estéticas y a veces logísticas. Sin embargo, siempre son espacios públicos y muchas veces emblemáticos, lo que permite una amplia gama de interpretaciones.
A partir de esta primera experiencia su propuesta artística se ha hecho más clara y ambiciosa. Él le habla a la gente, no a los críticos de arte.
Su fama se ha incrementado geométricamente y con ella, su capacidad de convocatoria. En su instalación en Barcelona en 2003, reunió a más de 7 mil personas. Se espera que hoy, en el zócalo en la ciudad de México, rompa este récord.
El interés por participar en las instalaciones de Tunick como modelo no es lo único que ha aumentado.
El instalador ha llamado la atención de los medios de comunicación que lo siguen como a pocos artistas contemporáneos. Sólo en internet su nombre nos remite a más de medio millón de sitios; en contraste, Damian Hirst, el famoso artista inglés, no llega a los dieciocho mil. Aunque la dinámica de estas obras requiere mucha difusión, según el artista a veces tanto ruido mediático estimula la controversia y el morbo, entorpeciendo la compleja logística que requieren.
A Tunick no le faltan detractores en el medio cultural que consideran sus instalaciones banales y repetitivas. Se le critica la calidad artística de sus fotografías, aduciendo que sus composiciones funcionan como registro, pero no como obras de arte.
Pero también tiene admiradores: ha participado en importantes eventos como la Primera Bienal de Valencia (2001), la 25 Bienal de Venecia (2002), la Bienal de Arte Contemporáneo de Lyon (2005) y la 9 Bienal de la Habana (2006). Asimismo, ha realizado instalaciones en más de 20 países, entre ellos Finlandia, Venezuela e Inglaterra y expuesto, entre otros, en el Museo de Arte Contemporáneo de Cleveland, la RuArts Foundation en Moscú y el Museo de Arte Contemporáneo en Montreal. Próximamente expondrá en el Museo Universitario de Ciencias y Arte de la UNAM.
Tunick es polémico. Sus instalaciones han causado escozor entre algunos sectores de la sociedad. Al realizarlas ha enfrentado la censura oficial y el enojo de grupos conservadores que consideran su obra obscena e incluso pornográfica.
Las batallas que enfrentó en su propio país fueron difíciles. En Nueva York lo arrestaron cinco veces y se enfrascó en un largo pleito legal antes de que, en el año 2000, la Suprema Corte obligara a las autoridades de la ciudad, regida en ese momento por el alcalde Rudolf Giuliani, a dejarlo realizar su obra sin interferencia policiaca. Tunick se ha convertido en un paladín de a libertad de expresión y de la necesidad de apreciar el cuerpo humano sin reprimirlo, criminalizarlo o sexualizarlo.
Pero el instalador no sólo ha enfrentado la oposición oficial. En el 2001, en Australia, tenía permiso de las autoridades pero la policía tuvo que contener a manifestantes que rechazaban el nudismo público. Lo mismo sucedió en Chile al año siguiente. Cuando este tipo de protestas ha sucedido, la respuesta de más personas dispuestas a desvestirse ha sido apabullante.
Todo esto ha llevado a Tunick a ser precavido. Hoy, si bien puede realizar obras pequeñas, individuales, de manera espontánea, cuando se trata de instalaciones masivas es muy cuidadoso al obtener los permisos necesarios. Si hay que conseguir autorización incluso del presidente de un país no duda en hacerlo.
Uno de los aspectos más interesantes de la obra de Spencer Tunick es el sociológico. Más de cuarenta mil personas han posado para sus diversas instalaciones, convirtiéndolas en un fenómeno de masas, un ritual posmoderno.
Esto ha llevado a que el trabajo del artista se considere como performance, aunque él lo rechaza y afirma que no convoca a los participantes para que compartan una experiencia, sino como formas, texturas y colores sobre el paisaje. Aún así, de acuerdo con los comentarios de muchos participantes, el ejercicio es divertido y liberador.
Además del gusto por desvestirse en público y de alcanzar la trascendencia convirtiéndose en obra de arte, los participantes reciben en agradecimiento una fotografía del artista. Es algo sencillo. No se trata de las ediciones que están a la venta en las galerías que manejan su obra, cuyos ejemplares se cotizan en miles de dólares, pero es un Tunick.
La fama afortunadamente atrae al dinero porque los proyectos monumentales de instalación de Tunick requieren recursos importantes. Generalmente los aportan patrocinadores oficiales o privados. Se dice que la pieza de Barcelona, la más grande hasta ahora, contó con un presupuesto de cien mil Euros. ¿Cuánto costará la de México?
Seguramente el fenómeno Tunick dará para muchos ríos de tinta durante los próximos años. Sólo el tiempo dirá si era arte o simplemente entretenimiento.
*Artista visual
pintomiraya@hotmail.com