Giovanni Sartori (Florencia, 1924) es seguramente el politólogo vivo más conocido de nuestro tiempo. ¿Qué tiempo? No el que marca el principio del siglo XXI, pues Sartori es sin duda un hombre del siglo XX, sino el que atañe a los desafíos de la democracia que hemos inventado para vivir pacíficamente.
Experto en política comparada, Sartori ha acuñado conceptos que pueden "viajar", como él mismo dice, entre países distintos y aun entre épocas diferentes, porque la suya ha sido una ciencia política sinceramente comprometida con la realidad puntual del poder y de las instituciones que quieren organizarlo.
Quizás por eso se le ha llamado "el ingeniero Sartori". Porque sus estudios han dado testimonio de las formas en que los hombres hemos intentado moderar nuestras ambiciones políticas con las reglas del juego que eventualmente nos permiten salir adelante.
A esa tarea le ha llamado ingeniería constitucional comparada, y de ella ha intentado extraer lecciones que pueden ser útiles no sólo para quienes inventan las reglas, sino para quienes las necesitan para resolver problemas urgentes.
Su confianza tenaz en la capacidad de los arreglos constitucionales para poner orden en la lucha por el poder le ha convertido, sin embargo, en blanco de muy distintas polémicas. Las más arduas tuvo que afrontarlas antes de 1989, cuando todavía existía el Muro de Berlín y la "ingeniería" de las reglas era vista, en el mejor de los casos, como una ingenuidad y, en el peor, como una estratagema de la derecha para derrotar cualquier posibilidad de avance social.
No obstante, los estudios de Sartori sobre los partidos y los sistemas de partidos lo convirtieron muy pronto en un clásico joven. Todavía no había cumplido 50 años cuando esos trabajos ya comenzaban a ser indispensables en las discusiones sobre el futuro de la democracia en el mundo: eran los años 60 cuando seguían prevaleciendo los regímenes autoritarios basados en la idea de la unidad nacional, construida a cualquier precio, y la pluralidad que Sartori observaba como destino común de Occidente era vista como un agravio. Pero sus libros ya comenzaban a formar parte obligada de todos los programas de estudio.
Hoy Sartori sigue siendo causa de nuevas polémicas, porque sigue creyendo que algunas reglas institucionales son indudablemente mejores que otras, y porque a sus 82 años sigue aprovechando todas las oportunidades para decirlo.
Y si ayer era criticado por su alejamiento de las ideologías, hoy lo es por haber declarado su desencanto con la ciencia política resignada a los modelos prefabricados.
Si antes causaba molestias entre los partidarios de las izquierdas, hoy las genera entre los seguidores de la rational choice y del individualismo egoísta como único medio válido para estudiar la política.
Fue Giovanni Sartori, en fin, quien le puso el cascabel al gato del homo videns: esa nueva forma de controlar no sólo la vida política sino la vida cotidiana de sociedades enteras, a través de la televisión. Si su influencia en el pensamiento contemporáneo nació con el estudio de los partidos como grandes organizaciones de intereses cruzados, hoy ha continuado con su crítica a los medios masivos y su amenaza, ya inevitable, a nuestra forma de convivencia.
Y sin embargo, Sartori sigue viendo en la ingeniería constitucional el modo de controlar ese nuevo desafío al futuro global de la democracia.
Giovanni Sartori viene a México a recibir el doctorado Honoris Causa de nuestra máxima casa de estudios. Y como le escuché decir en privado, con una mezcla de picardía y falsa modestia: se lo merece.