La celebración fue en predominante color azul. Como alborozados escolapios, los legisladores panistas hicieron en voz alta la cuenta regresiva: "¡Tres, dos, uno, cerooo!". Luego aplaudieron, levantaron los brazos triunfantes. La nueva Ley del ISSSTE quedaba aprobada en lo general.
Con el mismo regocijo, eufóricos, los integrantes de la bancada del PAN habían aplaudido la intervención de su hoy compañero Benjamín González Roaro, quien, hábil en tribuna defendió la iniciativa, atacó a gobiernos estatales perredistas y respondió a los cuestionamientos que le hicieron seguidores lopezobradoristas.
Un festejo azulado. Los representantes de las fracciones del PRI, Panal, PVEM, fueron más discretos. Cuando se conoció el resultado de la votación, mostraron gestos de satisfacción, pero nada más.
Y después de ello, poco a poco, la tensión se fue del Palacio Legislativo de San Lázaro. También la atención se marchó. Así, cuando el debate pasó a lo particular, a la discusión de los artículos reservados, a la presentación de propuestas de modificaciones en su mayoría desechadas, el salón quedó por momentos semivacío. Llenos estaban en cambio los restaurantes. En la tarde que maduraba, las calles cercanas se encontraban libres ya de manifestantes.
Temprano, el ambiente, el panorama, eran otros. Las negociaciones estaban agotadas. En las últimas conversaciones, Samuel Aguilar, del PRI, intentó convencer a Juan Guerra del PRD de que votaran en favor del proyecto en lo general o se abstuvieran si es que encontraban en el mismo aspectos positivos. "Es un costo muy alto" fue la respuesta del perredista. Aguilar también les pidió que independientemente del sentido de su voto, todos contribuyeran a que en la sesión hubiese respeto.
Sin embargo, apenas se puso a discusión el dictamen, la mayoría de la bancada perredista avanzó en silencio, llegó hasta la tribuna, ocuparon los dos niveles del proscenio. Voluminosa, histriónica, Valentina Batres se ubicó a la izquierda del presidente de la Cámara, Jorge Zermeño. Se escucharon entonces los gritos: "¡Calderón, Gordillo, el ISSSTE a su bolsillo!" y: "¡debate sí, Elbazo no!". En esos momentos, algunos y algunas legisladores panistas, molestos, midieron la posibilidad de subir también al estrado para bajar a aquellos.
Otros señalaban que deberían quedarse allá arriba para impedir que los otros reventaran la sesión. Sin embargo, desistieron, algunos compañeros de su partido y Miguel Ángel Jiménez y Manuel Cárdenas les calmaron.
En esas condiciones continuó el debate. Llegaban a tribuna unos y otros, los que hablaban en pro y en contra del dictamen. En el pasillo central dialogaban los coordinadores parlamentarios Javier González Garza, Héctor Larios y Emilio Gamboa. Acordaban que si los ánimos se encendían, el presidente Zermeño declararía suficientemente discutido el proyecto para pasar a la votación.
Un debate en el que abundaron calificativos y descalificaciones. Jorge Estefan Chidiac hizo enojar a muchos diputados del PRD, cuando dijo que hubo de ellos quienes en privado dijeron estar de acuerdo con varios de los contenidos de la iniciativa y después se manifestaron en contra.
Alguien le exigió que diera nombres. "No, lo hago para protegerlos", respondió Estefan. En ese momento, Samuel Aguilar preguntaba a un legislador del PRD si quería que dieran a conocer la grabación de lo que había dicho en favor del proyecto. "¡No por favor, me linchan!". suplicó éste entre broma y verdad.
A las 14:15 horas, Benjamín González Roaro, quien fuera ex director del ISSSTE, hizo uso de la palabra. En ese momento, los diputados del Partido de la Revolución Democrática se bajaron del presidium, regresaron a las curules. El debate estaba por concluir.
Cuando el dictamen se puso a votación, llamó la atención que Beatriz Pagés se abstuviera. "No estoy de acuerdo con el madrinazgo de la iniciativa y que Elba, esa vieja maldita, maneje tanto dinero" explicaría después.
Y se escuchaba la cuenta regresiva. Después los aplausos, los abrazos, una celebración de color predominantemente azul.