UXMAL, Yuc.- Era un dispositivo de seguridad, quizá del tamaño del miedo del hombre más poderoso de la Tierra. El llamado Templo del Adivino se había convertido en la pirámide del francotirador .
Como nunca había ocurrido en sus cerca de mil años de edad, la magnífica edificación estaba en poder de estadounidenses rambos, que con sus rifles de largo alcance, pistolas, radios y binoculares, vigilaban desde lo más alto.
Y cuidado, protegido por aquellos personajes y otros varios más, abajo, en la plazoleta, George Walker Bush posaba para las fotografías junto a Felipe Calderón. "¿Cómo está?", le preguntó un reportero. "¡Muy contento!", respondió en español el presidente de Estados Unidos, guiñó el ojo izquierdo, se dio la media vuelta para continuar con la visita a este lugar cuyo nombre significa "la tres veces construida".
Sobre el estado de ánimo de los jefes de Estado, una hora más tarde, en su hotel en Mérida, el presidente de México, Felipe Calderón, haría evidente que estaba a gusto, animado. No era necesario que dijera nada. Lo expresaba su abierta sonrisa, la forma en que platicaba con sus colaboradores, quienes después de que él se retiró a su habitación para darse un baño, aprovecharon para beber cerveza yucateca y apaciguar la sed. El calor había sido muy fuerte.
George Bush aquí, entre los vestigios de aquella portentosa civilización. Interesado escuchaba las explicaciones. Admiraba el templo que fue centro de actividad ritual y residencia de Chaac, señor de Uxmal, el último de aquella casta que de quienes eran considerados intermediarios entre los dioses y los humanos.
El presidente de Estados Unidos, quien de que entiende el español, lo entiende. Apenas llegó a la zona arqueológica, dijo que estaba "muy lleno" cuando le preguntaron qué tal había comido. Se tocó el estómago con un chistoso gesto. Poco antes, en la comida que le ofreció Felipe Calderón, Bush había disfrutado de los panuchos, la cochinita pibil y el pollo asado. Les puso unas cuantas gotas de chile habanero, desafiante de la "revancha de Moctezuma". "¿Y no tomó tequila?", le provocó otro periodista. "¡Ya no bebo!", exclamó quien gracias a la religión que hace sentir a sus fieles elegidos de Dios, pudo alejarse de las influencias de Baco.
Un día de largas, intensas conversaciones. Los presidentes de México y de Estados Unidos se saludaron poco antes de las nueve de la mañana en la Hacienda de Temozón Sur. Los dos estrecharon sus manos. Los acompañaban sus esposas, Laura y Margarita. De inmediato comenzaron a platicar. Luego, escucharon los himnos nacionales de los dos países, pronunciaron sus mensajes y subieron 14 escalones para meterse a una sala y continuar con el diálogo frente a frente.
Allá continuaron con su encuentro. Los integrantes de las comitivas también conversaban. Mientras tanto, acá en Uxmal, los gladiadores busherianos hacían de las suyas. Según uno de los integrantes del servicio secreto, encontraron una navaja negra, como no al propietario. Por ello, ordenaron a todos los reporteros que dejaran sus mochilas, los agentes las abrieron, las hurgaron. El más feroz del grupo, un tipo con los brazos completamente tatuados, de intimidatorio rostro gritó, prohibió que dieran un paso adelante quienes intentaban ir a los sanitarios.
Un recorrido por esta Uxmal que aún guarda muchos secretos. Se detuvieron largo rato para contemplar el mascarón del dios Chaac, y toda la filigrana, la espléndida arquitectura. Atrás de ellos, Condolezza Rice y Arturo Sarukhán no dejaban de hablar; los escuchaba en silencio, con su aire tímido, la canciller Patricia Espinosa.
Aquí estaban. George Bush se decía contento. Posteriormente, volaba en el helicóptero Mariner One a Mérida, donde horas más tarde estallaría la violencia. Aquí, los francotiradores guardaban sus armas, defendían. Con su milenaria historia, sus enigmas, el Templo del Adivino estaba otra vez libre, después de quedar varias horas en poder de esos rambos del siglo XXI, parte de un dispositivo de seguridad del tamaño del miedo...