La historia de los juicios de los militares con VIH todavía no acaba, pero hay dos cosas que, dentro y fuera de la Corte, se estima no deben olvidarse y tienen que quedar registradas en ella.
La primera tiene que ver con el origen del problema. Y se resume en un párrafo.
De manera errónea se generó la idea de que "el Ejército era el malo de la película", siendo que el apartado de la ley que resultó ser inconstitucional por discriminar a los militares con VIH lo aprobó el Congreso de la Unión en el 2003, por segunda ocasión, con el apoyo unánime de los legisladores de todos los partidos políticos.
La segunda es más larga y se registra en frases que, a su vez, retratan la forma de pensar y actuar que no se conocía de tres de los ministros de la Suprema Corte de Justicia de la Nación (SCJN).
De Genaro Góngora Pimentel, Mariano Azuela Güitrón y Sergio Aguirre Anguiano, de quienes votaron en contra de que se les otorgara un amparo a los militares con VIH para que fueran reinstalados en el Ejército. Pero no por el sentido de su voto, sino por los comentarios que hicieron durante la discusión del caso y que se apartaron de la visión jurídica.
Porque aquí, como diría el ministro Mariano Azuela, no se trata de hablar de buenos o de malos en la Corte, sino (como también diría desde otro ángulo uno de los militares afectados), de evitar que en el futuro se repitan comentarios en la Corte sobre cualquier tema, sustentados en prejuicios o en falta de información.
En especial porque gracias a la transparencia que impulsaron precisamente Góngora y Azuela, al ocupar la presidencia de la Corte, ahora es posible que lo que digan sea visto y escuchado en vivo, por todos los medios de comunicación, o por quien tenga acceso a internet o al Canal Judicial en televisión de paga.
Frases que retratan
De los tres, la postura que generó más sorpresa fue la de Genaro Góngora Pimentel, porque generalmente se le suele ubicar en lo que se ha denominado ministros de avanzada o garantistas, porque impulsan criterios más protectores de los derechos fundamentales de todas las personas.
Algunos definitivamente no sabían qué le pasaba y otros daban por hecho que le había pesado su cercanía y respeto a los mandos de las Fuerzas Armadas.
Como sea, no dio marcha atrás. Sus comentarios se mantuvieron en la misma tónica.
Lo mismo el 20 de febrero cuando dijo, al referirse a los militares con VIH, que "debe protegerse en aras del interés público, que esa persona mediante el servicio público que desempeña, no sea un instrumento de contagio, ni para sus compañeros de servicio, ni para la población civil en general, máxime que una sola persona puede realizar incontables contagios".
O el 26 de febrero cuando remató al expresar sus temores porque el hecho de que los militares cuando están en los cuarteles o cuando acuden a apoyar en desastres llegan a dormir en camas contiguas o en zonas "con aguas estancadas, infestadas de mosquitos transmisores de enfermedades" o "en potreros y rancherías muchas veces infestadas de chinches, garrapatas y otros insectos transmisores...".
En cambio, la postura de Mariano Azuela, al apoyar lo dicho por Góngora el 20 de febrero no generó sorpresa, porque por lo general la percepción que existe de él, dentro y fuera de la Corte, es la de alguien demasiado conservador.
Tampoco sorprendió que, el 22 de febrero, el ministro Sergio Aguirre, después de haberse mantenido en el plano de la discusión técnico-jurídica, dijera que "este padecimiento, en principio, pone en riesgo de un severo problema bacteriológico, inicialmente a la comunidad castrense, y después a todos losdemás".
La percepción que se tiene de él, en la Corte y fuera de ella, es también la de un ministro más apegado a decisiones conservadoras.
Lo que sí sorprendió fue el cambio de Azuela, quien decidió hacer a un lado el tema médico y se concentró, el 26 de febrero, en repetir durante una hora los argumentos jurídicos que había presentado desde el inicio de la revisión de los juicios, pero que él mismo había opacado con sus comentarios erróneos sobre el VIH y el sida.
También llamó la atención que dijera que "la difusión que ha tenido este asunto, pues ha motivado que hasta le hablen a uno por teléfono, que vaya uno a una reunión social, e inmediatamente saquen el tema a relucir".
O que reconociera que después de sus comentarios iniciales, tuvo que aprender mucho y documentarse sobre el tema, "porque me dejaron una depresión terrible, de que me colocaron como enemigo de la ciencia".
Que explicara que para él, por una cuestión técnica de procedimiento, resultaba indispensable contar con un peritaje médico-científico que le permitiera sustentar su decisión.
Y que al final votara por negar los amparos después de que sus compañeros rechazaron su propuesta, que implicaba retrasar todo, y de que decidieron que cada uno de los ministros podía allegarse de la información científica que consideraran necesaria para sustentar su voto.