Hoy se cumplen 90 años de que fue expedida la Constitución que nos rige. El 5 de febrero de 1917 aparecía publicado en el Diario Oficial de la Federación el texto que había sido discutido y finalmente aprobado por los diputados constituyentes, reunidos en Querétaro. Ninguna Constitución había regido tanto tiempo en México. De hecho, puede considerarse el texto constitucional más antiguo de América Latina, si tomamos en cuenta que la Constitución de Argentina, que fue expedida en 1853, sufrió una reforma integral en 1994, con lo cual puede considerarse casi una Constitución nueva.
¿Pero sirve de algo tener un texto que ha durado casi un siglo? En sí mismo, un aniversario como el que hoy celebramos significa mucho en la medida en que permite suponer que el país ha atravesado por una larga etapa de estabilidad, al menos en el plano institucional. Y es probable que la realidad sea esa, aunque debemos tomar en cuenta un dato que no es menor. La Constitución es la misma, puesto que no ha sido sustituida por una nueva, pero su contenido es radicalmente distinto al que tuvo cuando fue expedida en 1917. La Constitución ha sido reformada en centenares de ocasiones, lo que le ha permitido al Estado mexicano tener cobertura constitucional para los cambios que ha emprendiendo con el tiempo.
Durante décadas la Constitución se fue amoldando a la ideología del entonces partido hegemónico. El PRI pudo darle forma y contenido a la Constitución en consonancia con las ideas de cada uno de sus presidentes. Para Lázaro Cárdenas la educación debía transmitir los ideales del socialismo y así fue recogido en el artículo 3; tiempo después al presidente Salinas le pareció necesario modificar las relaciones entre el Estado mexicano y las iglesias y el artículo 130 fue cambiado de raíz; Ernesto Zedillo ofreció mejorar el sistema judicial y la Constitución cambió para rediseñar a la Suprema Corte de Justicia de la Nación y crear el Consejo de la Judicatura. Los ejemplos podrían multiplicarse.
Pero desde hace unos años el ritmo de reformas constitucionales ha ido cambiando. Las modificaciones han venido a menos y las que se han podido sacar adelante han sido producto de amplios consensos políticos y, en alguna medida, sociales.
Ese parece ser el futuro de nuestra Constitución: suscitar consensos, impulsarlos incluso. Pero para que eso suceda es necesario que nuestro texto constitucional se modernice. Que siga siendo en parte ideario de la nación y en parte de proyecto de la sociedad que queremos. Pasado y futuro. Realidad y utopía.
Eso son, en el fondo, todas las constituciones. Reflejo de las relaciones de poder, pero también suma de anhelos y esperanzas. Hoy tenemos una buena razón para festejar.
Buena, regular o mala, cada quien tendrá su opinión. Pero nadie puede negar que tenemos una Constitución y que con base en ella hemos decidido regir nuestra convivencia política y social. Podemos y debemos discutir hacia delante si el texto actual nos sigue pareciendo aceptable o si es mejor cambiarlo por otro, pero de momento festejemos el haber llegado hasta aquí. No son muchas las constituciones que, en el mundo, han llegado a cumplir 90 años de vida.
* Coordinador del área de derecho constitucional. IIJ-UNAM