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México en Davos: en busca de la brújula

Para nuestro país, cambiar la ecuación significa algo tan sencillo y titánico al mismo tiempo como preguntarnos: ¿cuál es nuestro papel en el mundo?
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Leonardo Curzio
El Universal
Sábado 27 de enero de 2007

DAVOS, Suiza.- Cambiar la correlación de fuerzas es el eje de las discusiones en este foro. Distribuir más responsabilidades, conectar los diferentes riesgos y desarrollar con mayor fuerza la conciencia de que estamos todos en el mismo barco; que ricos y pobres sufriremos las consecuencias del sida y el calentamiento global, los desastres naturales y los cambios energéticos. De hecho, bajo este noble y políticamente correcto propósito de cambiar la ecuación de poderes, se puede cobijar casi todo: desde la paz en medio oriente hasta la privacidad en internet y el creciente papel de los medios de comunicación.

Que México esté presente me parece natural y conveniente, lo que queda claro es que para nuestro país cambiar la ecuación significa algo tan sencillo y titánico al mismo tiempo como preguntarnos: ¿cuál es nuestro papel en el mundo? y pronunciarnos sin ambigüedades.

Se dice fácil, pero hasta ahora hemos incurrido en una paradoja descomunal.

Proclamamos por un lado que queremos figurar en el mapa de los grandes poderes emergentes. El presidente Calderón aseguraba, en una reunión con la cúpula alemana el jueves, que su objetivo es situar a México en el mismo cuadrante de los BRICS.

Convertir a México en un nuevo poder emergente no significa solamente luchar por atraer la inversión externa, cosa que hemos hecho con relativo éxito en los últimos años. El gran cambio se dará el día en que realmente nos planteemos la agenda internacional de una manera más precisa. No se puede aspirar a jugar en las grandes ligas sin una postura más o menos clara sobre los grandes temas. En otras palabras, asistir a grandes foros, ser invitados a participar en el G8 ampliado como cortésmente lo hizo la canciller Merkel al presidente Calderón, no deja de ser una distinción, pero carece de verdadera trascendencia sin una amplia y políticamente sólida agenda de lo que debe hacer México en el mundo.

Por ejemplo, ignoro cuál sea la posición sobre la ayuda que México debería aportar para luchar contra el sida: ¿estamos en favor de abaratar los medicamentos para la prevención? No recuerdo que en campaña fuese un tema que generara controversia. Tampoco sé si tenemos posiciones contundentes sobre lo que podemos hacer para reducir los efectos del calentamiento global.

A la distancia, la impresión que queda es que México quiere ser observador de primera línea de las grandes transformaciones, pero no mojarse. Ser, si se me permite el símil, un entusiasta del tenis que jalea a los grandes de la raqueta y aspira que el open de México tenga la relevancia del torneo francés Roland Garros, pero a la hora en que es invitado a la cancha a comprometerse y dar el resto, encuentra mil diferencias internas para no hacerlo.

Me queda claro que el gran cambio en la ecuación mexicana no es otro que salir de esa bobalicona postura de querer ser el país "buena onda con el mundo" y el más rentable para atraer inversiones extranjeras. Un país que asume que se convertirá en el año 2040 en una de las cinco economías más grandes de este planeta, no puede transitar por el mundo sin una definición más clara de cuál debe ser su papel y qué compromisos está dispuesto a asumir y qué alianzas de largo plazo debe estrechar. Para ganar un mayor liderazgo en el mundo, debemos ser un foco de atención no sólo por las oportunidades de negocio en energía -que no está mal-, tenemos que aportar una mezcla de nuevas ideas, e incluso algún esfuerzopresupuestal.

Entiendo muy bien que el provincianismo político nos lleva a dedicar más tiempo de nuestro debate público a lo que la señora Ana Rosa Payán hará en Yucatán, que a las opciones de México para contener el sida o el grado de vulnerabilidad que tienen nuestros datos personales en internet, pero precisamente por eso cambiar la ecuación, como se dice aquí en Davos, no es otra cosa que cambiarnos el chip interno y preguntarnos sin demasiados paliativos: ¿qué demonios queremos o podemos aportar al mundo? Si alguien sabe la respuesta que la mande con urgencia a los Alpes suizos.



 

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