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Rodolfo ´El Pana´ Rodríguez, torero de la miel y la hiel

Creó su propia leyenda y había anunciado el adiós de los ruedos, pero tras su reciente triunfo supo que la historia continuaba. En más de 30 años no pudo llegar a la cima. Fue panadero y sepulturero
Domingo 14 de enero de 2007 FIDEL SAMANIEGO R. | El Universal

La historia, su increíble y, en mucho, triste historia parecía acercarse al final. Él, personaje, autor de ésa, su novela, escribía las que, se suponía, serían las últimas líneas. Así, dueño total de su leyenda, emocionado, emocionante, ya para aquellos momentos reverenciado por la gente en la plaza, El Pana decidió ser una vez más irreverente y que lo escucharan millones de personas, entre ellas, el mismísimo Presidente de la República y su esposa, quienes veían la corrida por la televisión.

"Brindo por las damitas, damiselas, princesas, vagas, salinas, zurrapas, suripantas, vulpejas, las de tacón dorado y pico colorado, las putas, las buñis, pues mitigaron mi sed y saciaron mi hambre y me dieron protección y abrigo en sus pechos y en sus muslos, y acompañaron mi soledad. Que Dios las bendiga por haber amado tanto."

Después, el torero, el personaje, el hombre, todos en uno, uno en todos, regresó, regresaron ante el toro con su paso lento, con su inspiración desbordada. Y con sus pases, con sus detalles, provocó los gritos, las aclamaciones, las lágrimas y se entregó, y dejó que ellas, ellos, los que estaban en los tendidos, se le entregaran.

Al día siguiente, cuando despertó, Rodolfo Rodríguez González supo que la historia continuaba, tenía que continuar.

Y se levantó, y se metió en un traje de corte añejo, se colocó un clavel en la solapa, se caló un sombrero de los que estuvieron de moda medio siglo atrás, y un gazné de seda, se vistió pues de El Pana, y acudió al estudio, se colocó ante las cámaras, respondió a las preguntas de Carlos Loret de Mola; contó que, efectivamente, la noche anterior, le había hablado por teléfono Felipe Calderón Hinojosa y le dijo que tanto a él como a Margarita Zavala, la primera dama, les emocionó aquel brindis de la que se pensaba, sería su última faena, la dedicatoria a aquellas a las que poéticamente Jaime Sabines propuso fuesen canonizadas.

"Pues sí, por allá estaremos en Los Pinoles, el ciudadano presidente me invitó", agregaría, pero, con su habilidad, sagaz, agregaría en ésa y en otras varias entrevistas que después de su memorable actuación en la Plaza México, también le habló emocionado Alejandro Encinas, quien vio la corrida televisada, junto al jefe del gobierno capitalino, Marcelo Ebrard.

El Pana . Y su gran día. El domingo pasado, se anunció que se despediría de los ruedos. Y la gente acudió al coso a despedir más que a un torero, a una época, la de las figuras, las controvertidas personalidades, los personajes fuertes. Los, las que ya no hay ni en el deporte, ni en los espectáculos, ni en la política, ni en la vida galante.

Y lo esperaban la curiosidad, la expectación, las narraciones de quienes lo vieron antes, algún día, llegar en calesa, con el gran puro en la boca, y la coleta de largo cabello natural, y el terno viejo, de plata, casi nunca de oro.

"Me voy hastiado, asqueado", declaró el matador días antes.

Él, el que con sus facultades, con su estilo, con su forma de ser y de hacer, no pudo llegar a la cima, no fue después de más de 30 años de intentarlo, un triunfador, un mandón del toreo.

* * *

Él, Rodolfo Rodríguez, El Pana, por panadero, uno de sus oficios, porque también fue sepulturero en un panteón, y vendedor de gelatinas, y campesino. El hijo de un policía judicial que fue asesinado, y de doña Licha, la que, viuda, tuvo que luchar para dar de comer a sus ocho hijos.

"Yo empecé a torear por hambre. Y miren lo que son las cosas, yo vengo de la época en la que uno quería ser torero para triunfar y comprarle una casa a su madre, ahora los chavales quieren vender la casa de su madre para ser toreros", platicaba él hace poco.

El Pana . El que nació en Apizaco, dice, hace unos 55 años. El que habla con acento andaluz, con agitanados modismos, el que le dice parné al dinero, y gachís a las muchachas, y buñis a. a aquellas que le dieron cobijo con sus cuerpos.

El que una noche, en el campo bravo tlaxcalteca, se guarecía de la lluvia bajo la copa de un árbol, después de intentar dar pases clandestinos a unas vaquillas en una ganadería, y se encontró con los hermanos Jorge y Luis Carreño, que también quisieron torear sin permiso a otras reses, y tuvieron que huir de las balas de los caporales. Ellos, aquella vez, cenaron tacos, de fiado. Y bebieron cervezas, y brindaron con las damas de tacón dorado. Y durmieron, los visitantes, en la humilde casa de El Pana, quien les preparó la cama y las cobijas, todo con viejos, pesados capotes.

El Pana . El de sangre, sudor y lágrimas en los ruedos y fuera de ellos. El de la miel y la hiel. El de la humildad, los sentimientos nobles con sus amigos, y con los suyos, los humildes, y el que decía Las gordas a Manolo Martínez y a Curro Rivera; El enano , a Eloy Cavazos, y hoy Los micos , a Eulalio López Zotoluco y Rafael Ortega. El que el domingo pasado besó en la frente a un sencillo monosabio y el lunes deseó que el fallecido empresario Alfonso Gaona "de los infiernos goce".

Rodolfo Rodríguez, el que ha vivido la vida a su manera, y se la ha bebido sin medida, sin control. "Cuando tomaba, sabía cómo empezaba, nunca cómo iba a terminar", platica ahora que quiere dejar ese placer que se convirtió en vicio y ruega a sus amigos que si lo quieren no le ofrezcan ni una gota de alcohol, y jura que después de la inolvidable corrida, en un restaurante, un tipo le ofreció insistente una copa, "y por Dios que le vi la cara al diablo, tenía el mismo rostro del demonio".

* * *

El Pana . El que parece haber saltado de las páginas de un libro, el que él mismo ha hecho al andar. El que se tiró como espontáneo al ruedo de la plaza más grande del mundo, el que después hizo una huelga de hambre para que la empresa le diera una oportunidad. El que dio los primeros pesos por la senda del triunfo y después. no pudo, o no quiso, o no lo dejaron seguir. El que hace unas meses, en un parque cercano a la Monumental México, comía tacos, brindaba, charlaba con sus amigos, los seguidores de las que, hasta entonces, eran sus glorias inconclusas.

El Pana , torero, intensamente humano. Se suponía que estaba en el olvido, y que se había resignado a olvidarse de sí mismo, de sus sueños. Y encontró la oportunidad, la que se suponía, sería la de su despedida de los ruedos. Y nuevamente fue buscado para las entrevistas por los que antes lo ignoraron, lo criticaron, lo despreciaron. Y se puso el viejo terno de rosa y plata. Y se subió a una calesa, y se fumó un puro, y le sonrió a la tarde.

El Pana . Difícil saber cuándo actúa y cuándo, no. Imposible para él evitar lo que dice su mirada, la que brillaba en el atardecer hace ocho días, la que daba un toque especial a ese rostro zurcado por las tardes de esperas sin esperanza, de días sin huella, de noches sin fin, de faenas sin realizarse.

Y cuando se suponía que la historia, su historia estaba por llegar al final, él, Rodolfo Rodríguez González, el Pana redivivo, reverenciado, irreverente, fue ante cámaras y micrófonos, aclaró la garganta, dejó salir la temblorosa voz, brindó a ellas, damitas, damiselas, princesas, vagas, zurrapas, buñis.



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