No, la calma no llegó al palacio legislativo. Después de la tempestad de la semana pasada, ayer en San Lázaro, apareció el aguacero de rencores, deseos de revancha, resentimientos.La cicatriz permaneció abierta, imposible o ilusorio cerrarla. Por el contrario, las recriminaciones entre unos y otros la agrandaron.
No, la calma no llegó. Y se marchó gran parte de la fracción priísta. Abandonaron el salón de sesiones.
Si el 1 de diciembre, los legisladores del Revolucionario Institucional hicieron posible el quórum, y ganaron los aplausos de los panistas, ayer lo deshicieron, y quienes les aplaudieron fueron los perredistas, que también con sus aliados del Partido del Trabajo y de Convergencia se fueron.
Era la primera sesión después de la borrascosa jornada del viernes pasado.
Al palacio legislativo entraron funcionarios de la Secretaría de Hacienda, para entregar formalmente el paquete económico, las propuestas del jefe del Ejecutivo.
También acudieron integrantes del llamado "gabinete legítimo" de Andrés Manuel López Obrador, para dar a conocer a sus compañeros legisladores las líneas fundamentales de un presupuesto alternativo, el de su líder.
En el orden del día estaban inscritos dos temas para el debate: la situación en Oaxaca y la sesión y los acontecimientos del primer día de diciembre. Y estos aspectos, provocaron los rumores, la inquietud.
Desde la bancada perredista salieron versiones en el sentido de que volverían a tomar la tribuna para exigir la libertad de Flavio Sosa y correligionarios presos. "Por nosotros que se suban, que ahí se queden", responderían los panistas.
El retorno a San Lázaro, tras las convulsionadas jornadas de la semana anterior.
Ayer quedaban ahí los polvos de aquellos lodos. "Ya desde el martes, Juan Camilo Mouriño nos adelantó que Felipe entraría, si bloqueaban los otros accesos, por el salón que está tras las banderas", platicaba uno de los diputados del primer círculo del PAN, cuando ya se hablaba en la tribuna de la accidentada rendición de protesta del presidente Calderón.
Y otra vez, la tensión flotaba en el aire acondicionado del salón. Javier González Garza, coordinador de los legisladores del PRD, criticaba la actuación del presidente de la Cámara, Jorge Zermeño.
Éste no aguantaba más.
La sangre se le agolpaba en el rostro. Dejaba su lugar en el presídium, anunciaba que participaría en la discusión.
Minutos después, Zermeño se defendía en la tribuna.
Al mismo tiempo, acusaba sin nombrar a los responsables, a quienes armaron un complot, rompieron cables, evitaron que se utilizara el sistema electrónico para el registro de los asistentes a aquella multicitada sesión del viernes.
Durante su intervención, el panista aceptó varias preguntas de representantes de la oposición, las respondió.
Y llegó el momento.
César Duarte, del PRI, anunciaba que frente a la conducta de Zermeño, se retiraban de la sesión.
No se fueron todos los integrantes de su grupo.
Carlos Rojas y Gerardo Sosa se quedaron, entre otros, unos 10, se quedaron.
"No sabemos de qué se trata, presumimos de ser los garantes de la estabilidad, de la seriedad y hacemos estas cosas", coincidían.
"¡Son chingaderas!", exclamaba la priísta Arely Madrid. En esos momentos, las fracciones del PRD, PT y Convergencia se salían.
"Estoy desconcertado, no entiendo al PRI", lamentaba el panista Juan José Rodríguez Pratts.
No, tras la tempestad no llegó la calma.
Apareció el aguacero de los rencores.