LA HABANA.- A juzgar por la calamitosa llegada a las costas cubanas de los 82 expedicionarios del yate Granma el 2 de diciembre de 1956, nadie en su sano juicio hubiera pensado que sólo 25 meses después los rebeldes de Fidel Castro entrarían triunfantes en La Habana y cambiarían el rumbo de la nación cubana hasta nuestros días. "Aquello no fue un desembarco, fue un naufragio". El comentario no es de ningún furibundo anticastrista sino de uno de los inspiradores de aquella histórica odisea: Ernesto Che Guevara.
Aquel domingo, a las 4:20 de la mañana, el Granma quedó varado en un lugar conocido como Los Cayuelos, en la costa suroriental cubana, cerca de la Sierra Maestra. Los hombres de Castro saltaron de la embarcación y vadearon unos cien metros de aguas fangosas. Pero lo que parecía tierra firme resultó ser un manglar en el que se hacía difícil avanzar sin que se empaparan los fusiles. Sin alimentos ni equipo pesado (abandonados en el barco), el Ejército Rebelde acababa de desembarcar en Cuba dispuesto a librar una guerra de liberación contra el régimen del dictador Fulgencio Batista, defendido por 40,000 soldados. Pocos días después, los insurgentes fueron cercados por la Guardia Rural en la loma de Alegría del Pino. A la emboscada sólo sobrevivieron 16 milicianos, entre ellos Fidel, su hermano Raúl, El Che y Camilo Cienfuegos.
El próximo sábado Cuba celebrará con un gran desfile militar el 50º aniversario del desembarco del Granma. Unas 300 mil personas asistirán a la parada en la habanera plaza de la Revolución. Todavía es una incógnita si Fidel Castro, convaleciente de una grave enfermedad intestinal, estará presente en el acto. Su hermano Raúl (presidente interino y ministro de las Fuerzas Armadas Revolucionarias) ha supervisado todos los detalles de un desfile conmemorativo que será más simbólico que nunca.
Desde México
Pero el primer aniversario del medio siglo de este singular periplo se cumplió ayer. A la 1:30 de la madrugada del 25 de noviembre de 1956 zarpaba desde el puerto de Tuxpan, Veracruz, un yate blanco de 38 pies de eslora con capacidad para 25 personas. El exceso de pasaje (82 hombres) y de carga (armamento y víveres para la tropa), y una mar encrespada, presagiaban una travesía agónica. El Che Guevara la describió así: "Todo el barco presentaba un aspecto tragicómico, con hombres en cuyos rostros se reflejaba la angustia (.) algunos con las cabezas metidas en cubos, y otros caídos en extrañas posiciones, inmóviles, sucias de vómito sus ropas".
Palabras que corroboró esta semana en La Habana el timonel del Granma, Norberto Collado: "Imagínese una maceta pequeña repleta de semillas flotando en el mar revuelto. La travesía (.) fue casi infernal".
Sea como fuere, Castro había cumplido la promesa anunciada a los cuatro vientos de que regresaría a Cuba con una fuerza rebelde antes de que acabara el año 1956. El joven revolucionario, de apenas 30 años, había llegado un año y medio antes a México tras abandonar la cárcel de la isla de Los Pinos (hoy de la Juventud) donde había sido confinado por el frustrado asalto al cuartel Moncada de Santiago de Cuba, en julio de 1953.
Pero el camino hasta esa noche en Tuxpan no fue fácil. El Movimiento 26 de Julio encabezado por Castro había invertido mucho dinero en armamento (e incluso en la malograda adquisición de un barco) antes de desembolsar 20,000 dólares por el cascarón del Granma a su propietario, el estadounidense afincado en México Robert B. Erickson. La compra de la embarcación se fraguó gracias a las artes de un vendedor de armas mexicano, Antonio del Conde, más conocido como El Cuate, quien ya le había echado el ojo al yate para su propio provecho. Pero Castro no dudó al verlo: "En este barco iré a Cuba".
Bajo las órdenes del coronel español Alberto Bayo, un exiliado republicano, los sesenta hombres con que Fidel contaba en un principio aprendieron las tácticas militares en el campo de tiro de Los Gamitos, a las afueras de la ciudad de México. A mediados de 1956, los rebeldes se mudaron al rancho Santa Rosa, próximo a Chalco, para afinar su puntería. Bayo alquiló el rancho a un hacendado septuagenario, Erasmo Rivera, que había servido en las filas de Pancho Villa.
De la preparación física de los futuros expedicionarios del Granma se hizo cargo el luchador mexicano Arsacio Kid Vanegas, que dio cobijo en su casa a varios combatientes, y que un buen día recibió la "orden" de Castro para que los entrenara. A ritmo marcial y siguiendo las instrucciones del Kid Vanegas, Fidel, Raúl, El Che y los demás echaban el bofe en la avenida Insurgentes, como no podía ser menos, o pasaban horas remando en el lago Chapultepec, o ejercitándose en el cerro del Tepeyac. Hasta su muerte, en septiembre de 2001, Vanegas conservó una de las camisas de Fidel y la mochila que utilizaba El Che en sus caminatas por las faldas del Popocatépetl. A Cuba donó los catres donde durmieron sus inquietos huéspedes y la máquina de coser donde se bordaron las charreteras de sus uniformes.
La idea del desembarco en Cuba estuvo en la mente de Castro desde el momento mismo en que abandonó la isla camino del exilio. Había que emular a Martí. Ningún revés, ni siquiera su rocambolesca detención en el Distrito Federal en junio de 1956, le hizo cambiar de idea. Días antes de su partida había dejado preparado el telegrama en clave para Frank País, el joven revolucionario que encabezaba la lucha clandestina en Santiago de Cuba y que debía preparar su regreso: "Libro encargado está agotado". El rumbo de la revolución cubana, y el de todo un país, estaba decidido.