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López Obrador: Rumbo a peor

Un candidato a la Presidencia poderoso, de gran arrastre popular, logra que su partido obtenga las mayores ganancias de la izquierda mexicana en toda su historia y se deja arrebatar por la cólera y la soberbia. Fox sale del gobierno en un estado de negación absoluta de la realidad. Hay que prepararse para el sainete
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RAFAEL PÉREZ GAY
El Universal
Domingo 26 de noviembre de 2006

Una mascarada

El primer capítulo de la desastrosa campaña postelectoral de Andrés Manuel López Obrador ha terminado envuelto en el emblema de la simulación: actores, escenografía y utilerías de una obra inverosímil pero real, cómica pero al mismo tiempo trágica. Mientras oía la arenga del 20 de noviembre en el zócalo durante su autoproclamación como presidente legítimo, ceñido por la banda tricolor, recordé como un fogonazo las líneas que el viejo Cioran dejó impresas en sus Cuadernos: "Cada uno de nosotros hace lo contrario de lo que quería. Ésa es la clave de cada destino, al tiempo que una ley de la Historia". Un candidato a la Presidencia poderoso, de gran arrastre popular, logra que el partido al que pertenece obtenga las mayores ganancias de la izquierda mexicana en toda su historia y se deja arrebatar por la cólera y la soberbia, tira la casa por la ventana e inicia un movimiento social marcado por esa forma imperfecta de la retórica que es la demagogia. Mi gobierno tendrá millones de representantes credencializados, defenderá al pueblo y a la soberanía. La fibra última de esta intemperancia descontrolada es el lenguaje del líder que ha infatuado a las multitudes: pelele, gerentillo, neofascistas de la derecha, traidores. Con estas palabras ha definido Andrés Manuel López Obrador a sus adversarios, es decir a todos aquellos que no lo han apoyado sin condiciones, a todos aquéllos que no lo han seguido a ciegas en su camino rumbo a la quiebra. La violencia del lenguaje es la mayor parte de las veces una exaltación del vacío, el estruendo carece de contenido: "No le demos sitio al desánimo, la esperanza es la acción colectiva dedicada a crear lo que hace falta; es la capacidad que tenemos de hacer realidad el cambio profundo" (La Jornada , 20 de noviembre en entrevista con Andrea Becerril).

La autocrítica, ese momento incómodo pero insoslayable en el que es posible verse a sí mismo, es para López Obrador sinónimo de traición. Está más lejos que nunca de ofrecer las razones por la cuales no pactó una alianza con Cuauhtémoc Cárdenas, no se acercó a Patricia Mercado, no asistió al primer debate, no se mordió la lengua antes de insultar una y otra vez al presidente Fox. Mis actos no están sujetos a revisión, a mi ruta la ilumina la verdad absoluta. Toda la escena mostraría la instalación de una gran ópera bufa si no se desprendiera de un político profesional con la intuición, el olfato y la experiencia de López Obrador. Al diablo las instituciones, pero los legisladores perredistas, con un pie en la protesta callejera y otro en el Congreso, tratarán de sacar adelante las iniciativas del Frente Amplio Progresista; al diablo las instituciones, pero el Gobierno del Distrito Federal abastecerá al movimiento como lo hizo durante la acción fulminante del plantón de Reforma y como lo hace con los grupos clientelares que heredó de las estructuras corrompidas del PRI. Cualquier crítica al movimiento que encabeza López Obrador se recibe en esa orilla como una bajeza, cualquier disidencia es interpretada como una deslealtad. No ha faltado, ni faltará en las próximas movilizaciones, el toque antiintelectual para encumbrar la clave del discurso obradorista, el pueblo: "Es increíble el grado de conciencia de los ciudadanos. Lo veo cuando intelectuales y políticos de izquierda, que terminaron haciéndole el juego a la derecha, escriben sesudos artículos para cuestionar al movimiento e inmediatamente hay réplica, y no de otro intelectual, sino de los miembros de la sociedad. ¡Es la gente la que los pone en su lugar!". (La Jornada, 20 de noviembre, 2006). La crítica, el debate o el intercambio de ideas como sinónimo de ataques cobardes, abyección y vilezas sin nombre. Con todo respeto.

El 2 de julio escribí en este mismo espacio que los mexicanos tratamos a nuestra democracia unas veces como lo haría el Dr. Jekyll y otras como Mr. Hyde, los personajes de la novela clásica del escritor inglés Robert Louis Stevenson cuyo tema central es la ambigüedad moral del individuo escindido entre el bien y el mal. Después de los comicios, en el entramado del discurso de la Coalición por el Bien de Todos y el movimiento que originó ha dominado el impulso irracional, no pocas veces interesado, regido por los sobresaltos del carácter, no pocas veces falso y mentiroso. López Obrador ha dejado en el camino de su fuga hacia adelante a múltiples señores Hyde entregados a los fulgores del instinto. Rumbo a peor, así tituló Samuel Beckett una de sus últimas obras de sintaxis mínima y estilo sintético. En esas páginas hay unas cuantas palabras que quiero citar a propósito de la presidencia legítima de López Obrador: "No hay futuro en esto, pero desdicha sí. Fracasa mejor".

Adiós (por fin) al sexenio

A la otra orilla del río de aguas turbulentas de la vida política mexicana, el Presidente termina su sexenio en condiciones desastrosas. Activista de cursilería indomable en favor de su esposa, guerrero invicto de la refriega con la gramática, amigo íntimo del ridículo, Vicente Fox abandona la Presidencia en un estado de negación absoluta de la realidad: me siento como un campeón, Oaxaca vive una paz extraordinaria, el narcotráfico es un problema dominado, los índices de la inseguridad declinan, la pobreza ha disminuido, hemos triunfado en la lucha contra el desempleo. La confusión mental como programa de gobierno. Alejandro Páez ha recordado en El hombre que lo tuvo todo (Newsweek, 27 de noviembre de 2006) estas palabras de Fox cuando iniciaba su sexenio: "Así como me ven de rancherito y con botas, también sé ser estadista y gobernante, y también sé cuando usar traje y hablar bonito". Dice Páez: "en el último tramo, el Presidente perdió el control de la variable más riesgosa de todas, y no es económica. En 2006 una buena dosis de falta de pericia y una mayor cantidad de intolerancia hacia sus adversarios lo llevaron a cometer terribles errores que él mismo había señalado, desde la oposición, como inadmisibles". En efecto, el Presidente ha sido un actor principal en el desordenado tablero de la política mexicana. Obsesionado con el ascenso de López Obrador en las encuestas, promovió el desafuero para descarrilar la carrera presidencial al candidato de la coalición Por el Bien de Todos. Al final, las movilizaciones obradoristas, la opinión pública y la prensa internacional se lo impidieron. El lenguaje presidencial no ha sido desde luego únicamente la exaltación del disparate; en febrero de 2006, en el fragor de las campañas, Fox afirmó: "Mi gobierno vomita la demagogia, el populismo, el engaño y la mentira". Vicente Fox deja la presidencia con la rara flor de la unanimidad: su gobierno quedará asociado a la desilusión y a la certeza de que fracasó en gran parte de las acciones que emprendió a lo largo de seis años.

La temporada cerrará con el primero de diciembre. En la toma de posesión de Felipe Calderón veremos de nuevo algunos de los rasgos indeseables que han marcado el año político: el empellón, el insulto, la gritería y los desmanes. Cabe preguntarse si hay en la decisión del perredismo y sus legisladores de impedir que Calderón asuma la Presidencia de la República un clara intención golpista. Hay que prepararse para el sainete, esa breve pieza teatral de carácter cómico y popular que le fascina al perredismo. El título se le ocurriría a cualquiera: Entremés en San Lázaro.



 

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