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Un futuro con seguridad en democracia

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Ernesto López Portillo
El Universal
Lunes 30 de octubre de 2006

Difícil pensar en el futuro con optimismo, no tanto por amargura personal como por la suma avasalladora de motivos para el desasosiego.

Afortunadamente el ejercicio para participar en el aniversario de EL UNIVERSAL no se trata de imaginar el México que podría ser, sino el que deseo. Es más un ejercicio libre del querer que una ponderación analítica del porvenir a partir del saber. Mejor, de lo contrario tal vez sí ganaría la amargura.

Esto cobra una connotación muy especial porque me ocupo de él justo luego de, una vez más, participar en un taller internacional de discusión sobre aspectos asociados a la inseguridad en países de los más diversos estados de maduración democrática. De Inglaterra a Nicaragua, de ahí a Colombia, luego a Venezuela, a Brasil y hasta Sudáfrica, para luego subir a Irlanda del Norte y Holanda. Y tal como sucede en cada uno de estos encuentros la razón se satura de una combinación de estímulos creativos y frustraciones, resultando una compleja fórmula que suma la fascinación por el objeto de estudio con la interminable lista de lo que podría ser, no es y tal vez nunca será. El tema, desde luego, no es si unos tienen dificultades y otros no, queda claro que la violencia, la inseguridad y la conflictividad de la policía son fenómenos globales, las diferencias en realidad son de grado, y detrás de las problemáticas más o menos extendidas lo que veo son desarrollos diversos de capacidades para enfrentar los problemas desde claves democráticas.

Las sociedades desarrollan más, menos o nada sus posibilidades para construir democracia de la única manera que puede hacerse, o sea, desde enfoques y medios democráticos. En la esfera de la inseguridad las experiencias democráticas para construir democracia se ven muy poco; se viene globalizando, por el contrario, la contradicción estructural que supone echar mando del autoritarismo y la arbitrariedad precisamente apelando a la democracia.

Sucede con meridiana claridad en la región latinoamericana, donde los actores políticos e institucionales responsables de construir seguridad desde aparatos conceptuales y políticas públicas democráticas son excepcionales.

Y esta debilidad desde luego tiene que verse desde una perspectiva sistémica, lo que significa que más allá de los actores referidos la base social aporta a la inmadurez democrática.

La apelación al endurecimiento desde coordenadas discursivas que dan a la democracia carta de ciudadanía sólo formal, no material, atraviesa de manera generalizada a gobierno y gobernados.

En el caso de México la evidencia está por todas partes; dos perlas: un secretario de seguridad pública llama parias a los delincuentes mientras organizaciones de base social aplauden la democracia para tres segundos después soñar con un Estado que acaba con la inseguridad segregando a los disfuncionales.

Ambas visiones inician y terminan en la certeza de que la inseguridad no es otra cosa que la demostración de que unos somos "los buenos", otros son "los malos" y no todos cabemos.

En el futuro que imagino y deseo para México la inseguridad y todos los fenómenos asociados a la misma son entendidos y abordados principalmente como expresiones de contradicciones sociales, económicas, políticas, culturales e institucionales, no como episodios anormales de una sociedad normal. Hemos dejado atrás el círculo vicioso que hacía de gobierno y gobernados meros administradores de los conflictos etiquetados como "inseguridad". Domina una concepción de la seguridad en clave ciudadana y de derechos. Conceptos, normas, políticas públicas y esquemas de intervención desde la sociedad se han alineado en modelos que ponen en el centro el ejercicio libre de los derechos y libertades del ciudadano y ya no a los factores reales de poder, no al Estado mismo, no a las élites, no a los personeros de las instituciones públicas y ya no a los grupos de interés.

Por fin, crecen por todo México las iniciativas para la seguridad que apelan mucho más al ciudadano y mucho menos al Estado, siguiendo ejemplos prácticos, útiles y extraordinarios como el de Bogotá, donde luego de una pérdida de rumbo menor en 2005, para 2006 las cosas han vuelto a su cauce en esta capital colombiana que viene construyendo la seguridad y la convivencia haciendo del liderazgo político un disparador del liderazgo y la autogestión en la base social.

Ahora nuestros actores políticos e institucionales están cediendo parte del control del aparato público y lo comparten con el ciudadano de manera que la rendición de cuentas no permite la simulación. En el terreno policial quedaron atrás los tiempos donde, por ejemplo, nadie en la ciudad de México podía justificar que, no obstante teníamos varias veces la tasa de policías por habitante respecto a la de Bogotá, no lográbamos siquiera acercarnos a los resultados que reportan los uniformados en esta capital de Sudamérica. Los tiempos ya son otros.

Presidente del Instituto para la Seguridad y la Democracia, A.C.



 

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