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Memoria y encuentro

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Julián López Amozurrutia
El Universal
Sábado 28 de octubre de 2006

La mejor manera de mirar hacia delante es hacerlo conservando el recuerdo de lo que va quedando atrás. La obsesión contemporánea por el presente puede introducirnos a un espejismo de fugaces satisfacciones o frustraciones sin memoria ni proyecto.

México no debe olvidar ni dejar de reconocer su polifacética raíz. La tradición que nos ha gestado ha logrado integrarnos con una identidad propia, la identidad que puede combinar en el mismo paisaje del altiplano el fuego de los volcanes despiertos y la vestidura de sus bosques nevados, los lagos de concreto y el granizo veraniego, la multitud silenciosa y la vocinglera manifestación callejera.

Todo tiene su lugar. Todo cabe en su jarrito y, como donde comen dos comen también tres, las puertas de los pueblos urbanos siguen acogiendo en las fiestas patronales a los invitados sin más acreditación que su presencia. Nuestra patria es el espacio del encuentro, donde la novedad y el ingenio brotan en la broma y en el albur, en la arquitectura y el paisaje, en la edificación de lo imposible.

Su rostro es amable, amable a veces hasta la hipocresía, sin ocultar con ello su aspiración profunda al respeto cotidiano.

México celebra la muerte porque ama apasionadamente la vida, aunque sus cantares parezcan contradecirlo; de ahí su alegría a toda prueba. Enfrenta el dolor con arrojo, orando ante sus símbolos o burlándose de sus consecuencias. Pero deja siempre el espacio para que el escuincle chille, para que el adolescente grite, para que el adulto increpe y para que el anciano gruña.

Al final hay siempre un amigo o una estrella que consuela. De nuestra propia raíz se han derivado las tareas pendientes. La más dolorosa es la integración cabal de los pueblos indígenas, con su riqueza secular y su aportación propia, a la dinámica sinfónica de Chávez, Revueltas y Moncayo que diariamente vivimos.

Asimismo, el flagelo absurdo de una periferia urbana que ha saturado sus posibilidades en drama y tragedia. Con ellas, la educación, una deuda cultural que como país hemos acumulado hasta superar con creces la financiera. Y como consecuencia de todo ello, que la tierra con vocación de encuentro se haya vuelto árida y obligue a sus hijos a emigrar al norte frío, atravesando desiertos y buscando el cobijo punzante de cáctus y sahuaros.

Creo en la Virgen de Guadalupe, y por ello me resulta fácil ver en ella la combinación esperanzadora de lo distinto, la convergencia efectiva de lo contrastante en una síntesis que no es hegeliana, sino plenamente mexicana. Pero creo que el acontecimiento guadalupano tiene un contenido que trasciende los límites de la fe católica.

Hay en su mensaje una poderosa provocación: el mestizaje es posible, y su resultado no tiene que ser el trauma sin solución del sufrimiento acumulado, sino la acogida fecunda que supere los miedos de su conflictivo origen; más allá del desconcierto, cuando la tolerancia se anuncia como el remedio mínimo a la vecindad incómoda, es viable que el sueño de libertad y el deseo de pertenencia se resuelvan con realismo en un diálogo amable y respetuoso.

Los contrastes tienen su lugar y pueden convivir, no como yuxtaposición irremediable, sino como vocación de encuentro y armonía.

Mientras escribo esto, miro a mi pequeña sobrina, Natalia, que espera la llegada de su hermanita. Cuando EL UNIVERSAL me invitó a pensar en el futuro que espero para mi país, sólo pude pensar en ellas. Ante su sonrisa, su cariño, su picardía e inteligencia, quedo convencido de que debemos esforzarnos por un México que, conservando la memoria de su tradición, proyecte formas nuevas de encuentro. Memoria y encuentro son nombres siempre nuevos de la paz y el patriotismo.

teyamoz@prodigy.net.mx

Sacerdote y teólogo católico



 

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