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Tiros que encienden la sicosis nocturna
Jorge Octavio Ochoa Gente armada con palos y machetes se apertrechó en las bocacalles. El rumor sobre una intervención policiaca prendió como el fuego en el pasto seco. La sicosis colectiva inundó la noche. Retumbaron los cohetones en la bóveda nocturna y por la radio -tomada por la APPO- se agudizó la sensación de estado de sitio. En los alrededores del primer cuadro de la ciudad, empezó un intenso pulular de autos, camionetas y taxis. Luego quedó el silencio. Las balaceras empezaron entonces en las orillas de la ciudad. Alerta roja, pobladores de la periferia bajaron, en masa, de todas sus colonias. En la carretera 190, que lleva a México, la colonia Brenamiel se convirtió en el principal foco de tensión. Habitantes de las colonias Bugambilias y De los Maestros llegaron hasta el camino principal. Jóvenes de entre 18 y 20 años empezaron el relleno acelerado de botellas con diesel y gasolina -bombas molotov-. Enormes hogueras se levantaron, con la combustión de grandes llantas de tractor. Los caminos de entrada y salida quedaron sellados con un enorme tráiler de doble remolque, cargado todavía con tubos de concreto para drenaje profundo, y tres camiones de servicio urbano secuestrados. Un carrito de supermercado sirvió de transporte para trasladar las bombas molotov, entre un intenso correr de un lado a otro de la barricada. Al frente del carrito, una leyenda: "Morir en la lucha y por la libertad de mi pueblo". La guerrilla urbana que muchos han querido ver, no son más que jóvenes excitados, emocionados, envalentonados, acicateados con la idea de "salir en la foto", armados con sus machetes; cubierto el rostro con paliacates, boinas, pasamontañas, trapos convertidos en máscaras, pero sin mucha idea de qué hay que hacer si el fantasma de la fuerza pública federal se convierte en realidad. Un niño de 11 años los observa, extasiado. Su única forma de comunicación son los gritos, los silbidos y el intenso golpetear de palos y tubos contra cualquier bote o metal cercano. Sólo uno o dos tiene a la mano un celular. No pensaron siquiera en llevar un radio para saber, por medio de las dos estaciones tomadas por la APPO, cuál es la situación en toda la ciudad. Jovencitos jugando a la revolución social. "¡Acá te esperamos, perro!", gritan en la noche. Pero todos bajan, en masa, en una solidaridad que se convierte en su única y verdadera fuerza. A las 02:30 de la mañana llegan refuerzos, en un camión secuestrado, repleto de más jóvenes. Sonríen, se divierten; trepan al toldo del camión, posan para la foto, hasta que uno de los líderes, oculto en el interior del vehículo, grita, admonitorio: "¡En buen pedo! ¡Bájense! No podemos perder el tiempo. Eso es lo que no tenemos que hacer!". A las 4:00 de la mañana, los pobladores de Brenamiel tienen la convicción de que éste fue el último intento del gobernador Ulises Ruiz para mantenerse en el poder. La calma regresa al campamento. Los jóvenes vuelven a la tarea de preparar las bombas molotov, y las "brujas" con que alumbran el camino, que no son más que botes con arena y diesel, para prolongar la llama. Se respira cercano el momento, pero llega la mañana. Las horas en vela están por venir. En la noche, entre el estruendo de cohetones a lo lejos, el crepitar de hogueras y el movimiento de barricadas, tres hombres disfrazados de mujeres pretenden encontrar clientes, en plena efervescencia civil, en una bizarra escena, al filo de la madrugada. Bizarro, como el conflicto que se vive aquí.
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