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Los panistas partieron plaza
Juan Arvizu El vocero de Vicente Fox iba feliz, relajado, complacido. Parecía un heraldo del triunfo que llegaba de Los Pinos. Como si no hubiera conflicto y tensión poselectoral. "Ahí viene la plaaagaaa...", cantaba la banda. Ya faltaban pocos por entrar a la plaza torera. Al lado del redondel había una plataforma para acomodar al presidente electo Felipe Calderón, y a la "familia política", como llamaría la atleta Ana Guevara a gobernadores, secretarios, legisladores, gente del equipo y líderes de la campaña panista. Al compás de "La plaga" el vocero presidencial dio los pasos que lo separaban de dos personajes claves de esta época: Santiago Creel Miranda, presidente de la Junta de Coordinación Política del Senado, y su sucesor en la Secretaría de Gobernación, Carlos Abascal Carranza. Creel, de mezclilla; Abascal, de gabardina informal, a la escucha constante en el teléfono celular; los dos saben del mismo factor y dolor en los asuntos de la Política Interior: Andrés Manuel López Obrador. Hablaban entre sí, largo, tendido. Ademanes enérgicos. Entre el bullicio de decenas de miles de gargantas, en el primer evento masivo de Calderón presidente electo. Y como tal, su seguridad estuvo a cargo de un Estado Mayor Presidencial (EMP) recargado por las alertas de filtraciones de obradoristas. Amplio despliegue de recursos, más un destacamento de la policía militar. Juan Camilo Mouriño, jefe en el equipo felipista, recibió en la puerta del coso a Calderón. El mariachi Gama 1000 saludó al político con las voces de: "México lindo y querido, si mueeero lejos de ti, que digan que estooooy...". Y juntos Calderón y Mouriño entraron al ruedo. El michoacano "partió plaza", acompañado por su familia, seguido por su amigo, el único autorizado a recorrer con él la última milla, y que se sentó a su lado, un lugar antes que Josefina Vázquez Mota, un figurín de blanco ayer. Siguieron los acordes de "Mi ciudad es chinampa en un lago escondido...". En las alturas se escuchaba la consigna "!Felipe, Felipe!", y más tarde, cuando iba a iniciar su mensaje, el populacho, las clases medias, lo encontraron con una rúbrica breve: "¡Sí se pudo! ¡Sí se pudo!". Margarita Zavala, su esposa, se fundió en un abrazo con Luis H. Álvarez. Como Calderón, ella mantuvo un rostro sin mensaje, cuando Manuel Espino dijo dos cosas: el PAN es el partido del perdón y el fallecido Carlos Castillo Peraza es amigo y maestro político del michoacano. Pero ni las promesas de lealtad de Espino -"te lo he dicho siempre"- a Calderón derritieron el hielo del nuevo Olimpo que representa el presidente electo. "Ganamos la elección contra toda esperanza", diría Calderón a una multitud, en la que había indígenas, colonos, un conjunto que era visto con ojo circunspecto por las damas, ya abuelitas, militantes veteranas de Acción Nacional, acompañadas por sus nietas de inalcanzable belleza. ¿Cómo entender que esas jóvenes mujeres que brotan de la abundancia son compañeras de partido de las viejitas campesinas que comían su torta de frijol, en las filas de la entrada? Hablaba Calderón, cuando la gente empezó a irse. El panista tomó del priísta Luis Donaldo Colosio una idea insignia, dígalo si no, el lector: "No tengo mis raíces en los privilegios, sino en el esfuerzo". Y cuando acabó, el mariachi reanudó la variedad: "¡Viva México, viva América! ¡Viva la democracia, también la libertad!". Allá en lo alto de la plaza se desprendía un coro que a poco se apagaba: "Pre-si-den-te, pre-si-den-te". Se fue Calderón y el EMP bajó la guardia. Y en la calle, la vida corría presurosa: "¡La nieeeve de limóoon, la nieeeve, a cinco peeesoos!".
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