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Justicia brutal... hasta para ellos

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Jorge Octavio Ochoa
El Universal
Sábado 09 de septiembre de 2006

OAXACA, Oax.- La policía no existe. Las noches se vuelven un espacio oscuro, lleno de desasosiego y de rencor. Cualquiera puede caer de pronto en la pesadilla de estar "en el lugar equivocado, en el momento equivocado".

Los cohetones retumban en la bóveda nocturna, como aviso de una detención, una balacera, un desaguisado. Entonces impera eso que llaman "la ley de la selva". No hay autoridad establecida: todo es desconcierto y absoluta ingobernabilidad.

Por los suburbios de la ciudad proliferan las fogatas de guardias vecinales que ejercen la justicia a su manera, de la forma más brutal y terrorífica, como colgar de un puente a cuatro presuntos asaltantes, para exhibirlos y luego entregarlos a la Asamblea Popular del Pueblo de Oaxaca.

Es entonces cuando la APPO se ve constituida en poder de facto, porque hasta ahí les llegan -hasta ese zócalo tomado- todo el recuento de detenciones, para aplicar una justicia tumultuaria que los obliga a juzgar hasta a los suyos.

Es la medianoche, primeros minutos del viernes 8 de septiembre. Corre el pitazo de que cuatro asaltantes han sido detenidos en la colonia Miguel Alemán, en la calle de Bustamente, justo debajo del puente vehicular.

Los cuatro acusados llegan al zócalo, tundidos a palos, con verdugones en la espalda, como cristos sacrificados. El delito: haber asaltado a un matrimonio que iba rumbo a San Pablo Huixtepec, y a otro hombre que prefiere no hacer acusación alguna.

Los vecinos de la colonia Alemán organizaron su propio operativo. Los buscaron, creen haberlos encontrado, y les aplican un evidente castigo corporal.

Uno de los detenidos, en medio de la golpiza, todavía les advierte: "Mañana va a haber un muertito en la colonia". Lejos de amilanarse, al llegar al zócalo les advierte: "Se pasaron de lanza, mi papá es judicial. Yo sí soy vengativo y ya reconocí a uno".

-¡Ya cállate hijo! Calladito te vez más bonito -le implora su madre, quien ha ido a negociar con la APPO su liberación. Pero el fornido joven está furioso, insiste:

-¡Por qué me voy a callar! Se pasan de lanza. Nosotros no hicimos nada. ¡Es más, ya diles tú quién es tu tío! -le dice al que junto con él fue detenido. Este otro dice ser sobrino de Flavio Sosa, uno de los principales líderes de la APPO.

La revelación cae como plomo. Uno de ellos hace una llamada por celular: "Flavio, aquí hay uno que dice que es tu sobrino". Se abre un silencio. "¿Cómo te llamas? Dice que se llama Óscar Gómez Pedro".

Al otro lado de la línea, Flavio pregunta si es su sobrino "el músico". El muchacho confirma "¡Sí, sí. Yo me dedico a la música! Yo los apoyo a ustedes, porque mi tío es Flavio Sosa".

Se abre un silencio... "Es que lo confundieron", le informan a Flavio. Termina la llamada. El joven pide que le devuelvan su dinero. Pero el otro, que dice ser su cuñado, se pone más furioso.

-¡Se pasaron de lanza. Yo sí los voy a demandar. Mira como tengo la espalda!

Y enseña al reportero las marcas sanguinolentas de los palazos recibidos.

-Señora, dígale que se calle o los soltamos y que la gente haga lo que quiera con ellos -le pide uno de los custodios del zócalo tomado. Pero el joven fornido, que dice llamarse Rodrigo Loaeza, crece en su furia.

-¡Nosotros no hicimos nada!. Sólo íbamos a agarrar un carro (taxi). Que me hagan la prueba, yo no me drogo. Está bien que ellos hicieron algo, pero yo no -y señala a otros dos detenidos, que han permanecido en silencio todo el tiempo.

Las noches aquí son largas; el sueño, intermitente.

La cacería nocturna empieza desde las 22:00 horas, cuando se abre una especie de toque de queda, donde nadie puede andar por las calles del primer cuadro y de los suburbios sin identificación.

Los vecinos se vuelven entonces guardias y vengadores. Ajustadores de cuentas que llevan a sus reos como trofeo de caza, para entregarlos a la APPO, no sin antes golpearlos.

 
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