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Furia frente al Tribunal

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Fidel Samaniego
El Universal
Miércoles 06 de septiembre de 2006

Eran las doce del día con siete minutos. Entonces, el magistrado Leonel Castillo González hacía la declaratoria de presidente electo de los Estados Unidos Mexicanos. En ese momento, Germán Martínez Cázares apretó un botón de su teléfono celular, envió el mensaje a Felipe de Jesús Calderón Hinojosa: "YA".

Escrito estaba. Los integrantes del Tribunal Electoral del Poder Judicial de la Federación (TEPJF) expresaron su voto unánime en favor del dictamen.

Cada uno de ellos manifestó sus razones, sus argumentos. En seis ocasiones se escuchó el reproche al jefe del Ejecutivo, Vicente Fox, por su intervención, en favor de un candidato, en el proceso electoral. Sin embargo, ella, ellos, determinaron la legalidad de los comicios:

"Nos sometemos a la contraloría del presente, del futuro y de la historia", sentenciaría el magistrado presidente Leonel Castillo y dejaría sacar su esperanza:

"Después de la tempestad viene la calma".

Escrito estaba. Felipe de Jesús Calderón Hinojosa era ya presidente electo. Juan Camilo Mouriño, César Nava y Germán Martínez Cázares chocaban sus puños.

Luego, los tres alegres panistas mostraban sus sonrisas y los pulgares a las cámaras.

Mientras tanto, desde la calle, volaban los gritos de la ira:

"¡Fraude, fraude, fraude!"

Y: "¡Rateros, rateros!"

La furia de los seguidores de Andrés Manuel López Obrador. Una hora antes de que todo se consumara, una vez leído el dictamen, intervenían los magistrados. José Fernando Ojesto se refería a la solidez, la autoridad del Tribunal Electoral. Fue cuando contra la puerta de cristal del Salón de Plenos se estrellaron huevos, bolillos, monedas y mentadas de madre que arrojaron los manifestantes.

Quedó escrito. PAN: 14.916,927, CPBT: 14.683,096. Cifras que anotó en una tarjeta el vocero del PAN, César Nava, quien, en cuanto pudo, abandonó el salón momentáneamente para enviar dichos datos por la vía celular a su jefe y amigo Calderón Hinojosa.

"El día T, de tribunal". Así lo llamó uno de los jóvenes abogados especialista en Derecho Electoral, colaborador de un magistrado, poco antes de la sesión. El cielo estaba nublado. Afuera del Tribunal, las huestes lopezobradoristas. Hombres con chamarras amarillas bloqueaban la entrada al estacionamiento; gritaban: "¡No pasarán!, ¡no pasarán!" Los magistrados ya habían pasado desde el día anterior. En sus torres pasaron la noche, en ellas amanecieron. Dentro de la fortaleza estaban alertas tipos de uniformes grises y verdes.

A las ocho y cinco de la mañana se apagó la música de cámara en el salón, entraron los magistrados; al frente, Alfonsina Berta Navarro. Tres minutos después, el secretario general de Acuerdos, Flavio Galván, comenzó a leer el dictamen, lo hizo durante casi dos horas. Luego las voces, las razones de una mujer y seis hombres. Y la votación.

Y siete minutos después del mediodía, Leonel Castillo declaraba presidente electo a Felipe Calderón Hinojosa.

Desde la calle, se lanzaban los insultos y más huevos, más monedas.

"¡Revolución!, ¡revolución!", gritaban, y paseaban un ataúd blanco. Desde el Salón de Plenos, un mensaje era enviado por celular: "YA". Escrito estaba.

 
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