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Una reja separaba sonrisas de gestos descompuestos
Fidel Samaniego "¡La verdad estamos muy contentos! Se ha dado un paso más hacia el reconocimiento de Felipe Calderón como presidente electo", confesaba Eduardo Aguilar, joven, bien vestido, correcto, integrante del equipo de abogados del PAN. Acababa de salir del salón de plenos de la Sala Superior. En ese momento, desde la calle volaba y entraba a la sede del Tribunal Electoral del Poder Judicial de la Federación una voz: "Ahora nos va a informar Horacio lo que pasó". Hablaba un regordete vestido de luchador, con máscara amarilla, llamado El Rayo de Esperanza. Se dirigía a un pequeño grupo de simpatizantes lopezobradoristas. Sin embargo, no obtenía respuesta. Insistía: "¿No está Horacio Duarte?... Entonces nos informará Arturo... ¿No vino Arturo Núñez?... ¡Ricardo Monreal!... ¿Tampoco está Ricardo?". Nadie de ellos. No acudieron a la sesión. Inútilmente los esperaron los que se habían plantado del otro lado de la reja, con sus pancartas, su fervor, su protesta. Entonces surgieron los gritos, los insultos, los puños al viento. Todos, todo contra los magistrados que en ese momento ya habían retornado a sus torres. Unos y otros. Las sonrisas y los rostros enrojecidos. La satisfacción y el desconcierto. El optimismo y la ira. Y todo ello, todos ellos, al cabo de 186 minutos. Aprobado estaba ya el proyecto. Se convertía en fallo inapelable e inatacable. El principio del fin, por lo que se refiere a los procedimientos legales rumbo a la calificación final de la elección presidencial. Fue una larga noche la que muchos vivieron en el Tribunal Electoral. Unos magistrados y sus equipos de apoyo se fueron cerca de las dos de la mañana. Otros permanecieron ahí y sólo partieron rápidamente para bañarse y retornar a la hora establecida para el inicio de la sesión. Poco antes de las siete de la mañana, en ese lugar que ayer fue el centro de la atención nacional, surgió una versión, un adelanto: el dictamen sobre la procedencia o improcedencia de inconformidades y demandas sería uno sólo que agruparía todos los casos. Por eso, se calculaba que la jornada no sería finalmente de ocho horas en la Sala Superior. Poco a poco los 104 lugares del recinto se ocuparían. En la espera, se escuchaba fuerte la música de Mozart. Abogados, personal de apoyo, actuarios, la mayoría de quienes tuvieron acceso, charlaban pero en voces bajas. A las 8:22 se hizo el silencio. Todos se pusieron de pie. Entraban los magistrados; primero la dama, Alfonsina Navarro Hidalgo. A las 8:34 horas el magistrado presidente Leonel Castillo indicaba a Flavio Galván Rivera, secretario general de acuerdos, que diera lectura al proyecto. Así, se escucharían uno a uno los conceptos, los fundamentos, los argumentos legales, las tesis de jurisprudencia. Casi una hora de lectura. Posteriormente, sin pausa, las intervenciones de los magistrados. Otra vez, la dama primero. Y frase por frase, palabra por palabra, parecía perfilarse el desenlace de la intensa historia. Una y varias veces volarían términos como "constitucionalidad", "exhaustividad" y "certeza". Y llegaría el turno del magistrado presidente. Como catedrático en clase, Leonel Castillo explicó la diferencia entre calificativos y hechos. Con toda la intención y el peso en sus expresiones, manifestó agradecimientos y reconocimientos, y criticó a otros organismos colectivos que se la pasan desgastándose en lugar de trabajar con la colaboración de todos. Severo, el jurista sentenciaría que su voto era de cara a la nación. Faltaban 20 minutos para el mediodía cuando se levantaba la sesión. Bajo el sol quemante, entonces, separados por una reja, se mostrarían los contrastes. Las sonrisas y los gestos descompuestos. La satisfacción y la ira.
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