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Lanzan letras como dardos
Jorge Octavio Ochoa En la Alameda, por la avenida Juárez, rumbo al zócalo, hay una manifestación abrumadora, avasallante; escandalosa por la estridencia de ese silencio mientras los transeúntes la observan, clavada la mirada en las pinturas, en los mensajes, las caricaturas, los carteles y los símbolos. Inusual, inédita, aparece ahí esta manifestación de pulcros carteles urbanos, que se confunden con la parafernalia de anuncios tan comunes y cotidianos que sorben nuestros días. Son las cartas, los mensajes de escritores, pintores, articulistas, periodistas, caricaturistas que exigen en distintas letras y figuras: "Voto por voto, casilla por casilla", y un dibujo extraño bajo el nombre Sonreír es un peligro, de Roger von Gunten. Los vistosos y coloridos carteles lanzan letras como dardos. Cuadros mordaces: Y cuando despertaron, la maestra todavía estaba ahí, de Alicia García; ¿Presidente o monaguillo? ¿Obrador o Felipillo, de Liliana Felipe. Mensajes y más mensajes: "Impugnar es legal, nadie se debe asustar", de Alberto Castro Leñero; es como un graffiti intelectual: "Despacio, sin prisa, Televisa te idiotiza": Gustavo Monroy. Es el lado chic de la Alameda, donde se encuentran los nuevos y lujosos hoteles; los burgueses cafetines de moda donde jóvenes y adultos matan por igual el tiempo y descabezan en cortos sueños el cansancio. Ahí, por el Hemiciclo a Juárez, se desparrama la inusual manifestación: "¿En qué país vive Fecal que sostiene que 14 millones de mexicanos somos violentos?": Jesusa Rodríguez. Al mediodía, las calles de Corregidora y Moneda son un rumor de vendimia. Ambulantes instalan por el suelo sus mercancías. La bocacalle de Pino Suárez se empieza a llenar. Bisutería en todas sus formas: sandalias, joyas de fantasía, juguetes chinos. Todo se vende. "¡Cinco varos! ¡Cinco varos!". Es un día común, en la víspera de la gran marcha "En defensa de la democracia", rezan los cartelones. Dos mundos aparentemente distintos. Calculan una asistencia de medio millón de personas. Las vallas de metal y alambre ya están ahí. Soldados custodian el Palacio Nacional. El templete donde se desarrollará el mitin ya empieza a levantarse; dos grúas enormes enderezan el armazón. El reloj de Catedral marca justo el mediodía y un eco profundo de campanas repiquetea por toda la plaza. Es un día soleado y tranquilo, como se espera que sea también el domingo, pero en el frontispicio de Palacio ya aparecen las primeras cartulinas: "Televisa, ¿tienes el valor o te vale?". Es también el ingenio popular desparramado en letreros. "Felipe, culero, reconocido en el extranjero"; "Cárcel para los hijos de Marta Sahagún y para Diego Zavala". Letreros perdidos en un mar de símbolos en el zócalo. En ese muro, justo en la entrada principal de Palacio, emerge otra vez ese misticismo que por alguna extraña razón persigue a López Obrador: un gran cartel, con una copia amplificada de un artículo periodístico, reseña el proceso jurídico que se siguió contra Jesucristo poco antes de su crucifixión. A un costado del planchón, los danzantes queman el copal y soplan el caracol. No hay barruntos de tormenta. Nada indica que será un día anormal. Una mujer coloca plumas de pavorreal a su penacho azteca mientras en el centro de esa gran plancha, un grupo de hombres ordena las vallas que servirán de pasadizos para dividir a la multitud que estará ahí. Una manta en fondo negro y letras amarillas pregona, por el lado de Catedral: "México, no te rajes". Una mujer, perdida ya de su facultad mental, deambula por las orillas del zócalo. En la cabeza lleva una pañoleta del PRD. Discute sola, en un monólogo, sin saber a ciencia cierta a dónde va.
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