Había un silencio abrumador. El piso recién trapeado tenía olor a pino. Y los muros, las ventanas, los marcos de color gris oscuro, todo hacía que el principal edificio del PRI pareciera una funeraria, pero sin llantos, sin plegarias, sin café y sin dolientes.Era el día después. El brutal amanecer para el antes todopoderoso PRI, con una evidencia dramática: la derrota fue total, sin ningún atenuante; el que aspiró quedó en un lejano tercer lugar, no ganó ni en la casilla en la cual votó.
El PRI, el que cuando menos con sus actuales características, con sus inservibles estructuras, con sus vicios, se murió de desamor.
El de las heridas internas, la esclerosis múltiple, la parálisis cerebral, el infarto electoral fulminante.
En ese lugar, el edificio principal, nada, nadie. Temprano, de las oficinas que ocupó Roberto Madrazo, varios hombres sacaron cajas con pantallas gigantes. Del "cuarto de guerra", nada, ni cuarto, ni estrategas; la guerra estaba perdida. Y los antes orgullosos generales no aparecían por ningún lado.
Los varios voceros del equipo de campaña y del partido, se quedaron sin voz. Sus teléfonos ya no recibían llamadas. Y sus oficinas, y las de otros personajes, desiertas.
Poco antes de las dos de la mañana del lunes 3 de julio, el que aspiró se fue de la sede priísta en una camioneta. Ya no se detuvo para responder a quienes le esperaban. Pasaron las horas. Nadie lo vio entrar. Hubo quienes dijeron que había retornado a su oficina.
Mariano Palacios Alcocer, todavía presidente del PRI, sí acudió a su despacho, se reunió con otros integrantes de la dirigencia. A la hora de la comida se marcharon, cada quien por su lado. En esos momentos, ya se habían reunido o comunicado entre ellos varios gobernadores para tomar decisiones. Un mandatario estatal reconoció: "Sí, hablé con Elba, está más adentro del PRI que nunca". A media tarde comenzaría el desfile de quienes fueron delegados del CEN priísta en los estados. Unos llegaban con maletas, otros con portafolios.
Casi todos en evidente estado de shock, con sonrisas que se convertían en muecas. "Nnno, no sé qué pasó", balbuceó Manuel Cavazos, quien fue delegado en Jalisco, en donde Arturo Zamora inició la campaña con más de 10 puntos de ventaja.
Posteriormente, ellos se congregaron en el salón Presidente. Sentados ante la larga mesa, platicaron. Hubo quien dijo que los gobernadores priístas no hicieron su trabajo. Por ejemplo, en el estado de México ¿qué pasó? Hicieron todo lo que hicieron para encumbrar a ese muchacho Peña Nieto... ¿y en unos cuantos meses se les acabó la fuerza, y qué le pasó a él?, cuestionaría Joaquín Álvarez Ordóñez.
Una y varias preguntas sin respuesta. Luego, otra vez el silencio. Entraban Mariano Palacios, Rosario Green, César Augusto Santiago y Fernando Moreno Peña. La reunión, que el domingo anunciaron que sería larga, intensa, para compulsar acta por acta, duró apenas 30 minutos. Varios delegados se limitaron a entregar una cuantas hojas, concentradas en ellas los datos por distrito.
Después se marcharon. Todos en ese shock. Y poco a poco el edificio volvía a quedarse solo, cual funeraria sin dolientes, sin llanto, ni plegarias. El cruel día después.