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| A la hora del voto La campaña presidencial más larga del mundo se adueñó de la vida pública hiperpolitizando hasta el último rincón de la vida privada. Nadie perderá tanto como para no ganar un lugar vital del espacio político y, sobre todo, nadie ganará tanto como para no perder una parte del triunfo en la composición del Congreso de la Unión
Rafael Pérez Gay No ha faltado nada en el trayecto que nos ha traído a este domingo, su variedad y duración han sido muchas veces insufribles, como la obsesión patológica o el eco interminable. La campaña presidencial más larga del mundo se adueñó de la vida pública hiperpolitizando hasta el último rincón de la vida privada. Nos rige un raro trabalenguas democrático: hemos visto crecer durante más de un año y medio pre-precandidatos, precandidatos, candidatos, candidatos oficiales. Los hemos visto recorrer la República mexicana disfrazados de indígenas, obreros, campesinos, burócratas, cantantes; los candidatos han abarrotado las plazas, pero sobre todo han repletado la televisión y la radio dándose de bofetadas en los spots más ofensivos y desquiciados de que tenga noticia nuestra vida pública. Una de las más notables esquizofrenias de nuestra democracia proviene de un esfuerzo virtuoso: la reforma electoral de 1996 en la cual se aprobó el financiamiento a los partidos con la intención final de transparentar los recursos y hacer más equitativa la competencia. La estación final de ese dinero público ha terminado en los estados financieros de la televisión y la radio o, más precisamente, en los monopolios de la comunicación mexicana mediante la venta de espacios publicitarios. Los vendedores han criticado el dispendio de las campañas haciendo un negocio redondo. Los dueños de los grandes monopolios han pasado por encima de este dilema ético mientras fortalecen las utilidades de sus empresas. Reducir el gasto de los partidos en radio y televisión es una de las cuentas pendientes de la ley electoral pues nadie que pueda hacer un gran negocio legal dejará de hacerlo por una razón ética o moral, desistirá en cambio si la ley los limita. José Woldenberg lo ha puesto del siguiente modo: "La dinámica entre partidos y medios de comunicación ha desatado una espiral que incrementa el costo de las campañas (...); si se estableciera un tope específico para esos gastos o mejor aún que las campañas en radio y televisión se realizaran exclusivamente a través de los tiempos oficiales, el costo se reduciría de manera notable". (Después de la transición. Gobernabilidad, espacio público y derechos. Cal y Arena, 2006). Ganar y perder: la otra elección Una excéntrica vocación nacional enquistada en los intereses partidarios, los negocios de las empresas de la comunicación y el alma ingenua y desconfiada del imaginario popular, quieren que la idea de una elección competida retumbe como sinónimo de cataclismo, como si los comicios no fueran precisamente el conjuro de la catástrofe, la negación organizada del caos. De esa zona histérica y no menos interesada de la vida pública se desprenden las voces que desconfían por diversas sinrazones del Instituto Federal Electoral. La construcción del IFE y del Tribunal Electoral del Poder Judicial de la Federación significa entre otras cosas la independencia del Presidente de la República, de su mano autoritaria y caprichosa. El IFE ha demostrado su fortaleza institucional, su organización precisa, su poder técnico y su inspiración democrática por la imparcialidad. Por lo mismo, a las 11 de la noche, cuando el consejero presidente del IFE aparezca ante las cámaras de televisión y dé cuenta del conteo rápido, cuyo nivel de confiabilidad se acerca al 95%, realizado por esa institución, podremos estar seguros de que ese resultado proviene de las urnas y de ningunas otra parte. El vago azar, las precisas leyes y los científicos de la encuestología predicen una disputa electoral muy competida, cerrada, defendida palmo a palmo y voto por voto. En cierto sentido se trata de un nuevo escenario, quizá el de un puñado de boletas cruzadas a favor de un candidato, para usar la imagen dramática de un cierre de fotografía. En ese caso, los candidatos a la Presidencia tendrán que elegir el personaje de la novela de Stevenson que representarán la noche del domingo 2 de julio del año 2006: la responsabilidad de Jekyill o la naturaleza indomable y destructiva del señor Hyde. En cualquier caso, este será el dilema del perdedor. Si Andrés Manuel López Obrador gana por un escaso margen, Calderón elegirá el espejo en el cual reflejar su inferioridad en el ánimo de los electores. Si se trata del caso contrario y fuera Felipe Calderón el ganador en el borde de los porcentajes de la elección, le tocará a López Obrador la dificultad para buscar su sitio en la derrota. Ciertamente la realidad no ocurre como en las novelas, aunque a veces la ficción supere a la realidad, pero incluso en la inconformidad, la impugnación tiene un rumbo: el Tribunal Electoral del Poder Judicial de la Federación. Más allá de él, sólo existe la refutación como ruptura con las instituciones de la democracia; a eso equivaldría la demanda de anulación de los comicios y las movilizaciones sociales para desacreditar la voluntad popular y el veredicto del IFE o bien del TEPJF. Al escritor español Juan José Millás le gusta decir que la democracia es que no se te queme el pollo. Es decir, al mediodía de la jornada electoral, un hombre o una mujer meten el platón de la comida al horno y luego salen a votar, al poco rato regresan y comen en casa. Nada terrible ha ocurrido, nuestras pasiones políticas han sido contenidas por el voto, por el triunfo del doctor Jekyll sobre el señor Hyde. Por lo demás, nadie perderá tanto como para no ganar un espacio vital del espacio político y, sobre todo, nadie ganará tanto como para no perder una parte del triunfo en la composición del Congreso de la Unión. Nadie gana todo, nadie pierde todo.
No ha faltado nada en el trayecto que nos ha traído a este domingo, su variedad y duración han sido muchas veces insufribles, como la obsesión patológica o el eco interminable. La campaña presidencial más larga del mundo se adueñó de la vida pública hiperpolitizando hasta el último rincón de la vida privada. Nos rige un raro trabalenguas democrático: hemos visto crecer durante más de un año y medio pre-precandidatos, precandidatos, candidatos, candidatos oficiales. Los hemos visto recorrer la República Mexicana disfrazados de indígenas, obreros, campesinos, burócratas, cantantes; los candidatos han abarrotado las plazas, pero sobre todo han repletado la televisión y la radio dándose de bofetadas en los spots más ofensivos y desquiciados de que tenga noticia nuestra vida pública. Una excéntrica vocación nacional enquistada en los intereses partidarios, los negocios de las empresas de la comunicación y el alma ingenua y desconfiada del imaginario popular quieren que la idea de una elección competida retumbe como sinónimo de cataclismo, como si los comicios no fueran precisamente el conjuro de la catástrofe, la negación organizada del caos. De esa zona histérica y no menos interesada de la vida pública se desprenden las voces que desconfían por diversas sinrazones del Instituto Federal Electoral. La construcción del IFE y del Tribunal Electoral del Poder Judicial de la Federación significan entre otras cosas la independencia del Presidente de la República, de su mano autoritaria y caprichosa. El IFE ha demostrado su fortaleza institucional, su organización precisa, su poder técnico y su inspiración democrática por la imparcialidad.
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