El Universal México
 
 Buscar en: 
 
 
AMLO: Los templetes son su "vitamina p"

López Obrador dice ser un hombre sencillo, feliz, en paz consigo mismo y con sus adversarios. Le apasiona codearse con el pueblo, parece disfrutar el contacto humano y sabe cómo lograrlo, pero también teme a la religión y a los fenómenos paranormales. Su fortaleza física -aunque no la aparenta- le permite afrontar eventos multitudinarios bajo climas extremos
- A   A   A +

TEXTOJORGE OCTAVIO OCHOA
El Universal
Sábado 01 de julio de 2006

La primera condición para tener el poder es desearlo. El "¿para qué?" es otra cuestión. Andrés Manuel López Obrador lo deseó desde hace mucho tiempo: desde que tuvo la dirigencia de su partido -el PRD- en Tabasco (1989); cuando aspiró por primera vez a la gubernatura de su estado (1994); cuando asumió la dirigencia nacional de su partido (1996) y cuando fue jefe de Gobierno en el Distrito Federal (2000).

"El poder atonta a los inteligentes y a los tontos los enloquece", dijo una y otra vez en sus arengas de templete. Hoy, ya cerca de ese poder, él puede decir: "Yo no odio; soy un hombre feliz", como mensaje de reconciliación con aquellos a los que se ha enfrentado ("traficantes de influencias", los llamó) y hoy le temen, aunque tenga muy claro que su búsqueda del poder está absolutamente ligada con la implantación de un proyecto político y económico que no todos comparten.

Puede decirse que deseó el poder presidencial con toda su fuerza, desde la vez en que se imaginó a sí mismo con la banda presidencial -en abril de este año-, cuando escenificó -en un templete de Hermosillo- el momento de la transición del poder, y dijo con toda la convicción de su alma, a los cuatro vientos: "Me la van a tener que entregar, aunque no les guste", y se soñó estrechando la mano de un Vicente Fox con los dientes apretados, "a regañadientes", como lo dibujó una y otra vez en sus arengas públicas.

"Voy a tomar posesión el primero de diciembre; me va a tener que entregar la banda presidencial el ciudadano Presidente, aunque no quiera, ni modo; se me va a tener que poner aquí juntito y me la va a tener que entregar", dijo en aquella ocasión, actuando ese momento al cruzar la mano sobre el pecho, en ademán de colocarse una banda imaginaria. Fue en abril de este año cuando López Obrador empezó a tener ese cosquilleo.

El poder es un limbo extraño que cambia a las personas, dependiendo del origen de ese poder. El poder tiene sus rostros: la soberbia, el despotismo, la intolerancia, la megalomanía, el paternalismo; en otros casos -muy contados- los mueve el patriotismo, la bondad, el humanismo, la congruencia, la lealtad al bien. Dicen que estos últimos acaban siendo mártires. "¡No me va a marear el cargo de presidente" -dijo- "yo no ando rodeado de guaruras, ni tengo camionetas blindadas, porque yo estoy bien con el prójimo".

Hay poderosos que llegan a la cima a fuerza de trabajo y de constancia; otros por sumisión y hasta abyección; algunos lo buscan a base de conocimientos o fuerza ideológica y, en muy contados casos, otros llegan por su fuerza intelectual, cultural o moral. Los hay también quienes llegan a golpe de suerte o de carisma personal.

Sea cual sea la fuente del poder, el que lo vive siempre se encuentra en un mundo abstracto, en el que se escuchan voces -internas y externas- que aconsejan, que marcan, que dan rumbos y señales. "Me han dicho que no me deje, que les conteste", dijo López Obrador respecto de la llamada guerra sucia o guerra mediática . En la nata del poder, el poderoso tiene que moverse siempre como un líder: "¡Se me tienen que tranquilizar!". "¡Sí vamos a entrar a la tele, pero no como ellos quieren!", fue lo que contestó a los que querían una respuesta de su parte a la guerra sucia.

Durante toda esta etapa de candidato presidencial, demostró un gran poder intuitivo; apegado a un mismo discurso y poco afecto a la improvisación para no dejar flancos abiertos al ataque de sus adversarios. "Algunos me dicen: ´¡Contesta!, ¡defiéndete!, ¡échate pa´ delante!´, pero no voy a caer en la provocación por una simple y sencilla razón: porque le creo al pueblo", repitió una y otra vez durante todo ese tiempo, hasta que decidió arremeter frontalmente contra el panismo al dar a conocer el escándalo del "cuñado incómodo" de Felipe Calderón.

Con este hecho se dibujó como un hombre de pocas palabras, de acciones contundentes y de absoluto dominio sobre sí mismo y de todo lo que le rodea, así fuera su propio partido, al que controló, pero también supo mantener a distancia. Esto último fue ostensible, incluso en sus actitudes en el templete: siempre se colocó dos o tres pasos adelante de los demás candidatos y dirigentes de su partido. "Juntos, pero no revueltos", pareció decir siempre su actitud corporal, consciente de los graves problemas que atraviesa el PRD, infiltrado de la diáspora priísta y panista, de gente sospechosa y de pasado oscuro.

Hay señales claras de que su actitud ante ese partido será inclemente. Hace unos días, en Puebla, anunció que propiciará la formación de "una nueva generación", una nueva clase de políticos, "no como aquellos fantoches y mediocres" que viven en casas de lujo. "¡Lo tienen todo y el pueblo nada!". En sus discursos envió mensajes hacia dentro, al advertir que no tendría un gabinete de "lambiscones".

Según los tratadistas, el poder pasa por los estadios de la vehemencia, la excitación y la paz interna. Cuando no se le tiene, se le busca, se lucha y se le persigue. Cuando se tiene cerca, entra en el cuerpo una especie de frenesí que acorta los días y el sueño. Los colaboradores entonces tienen que estar cerca y disponibles siempre. Cuando se está a punto de alcanzarlo, entonces viene la paz y la reconciliación con la vida, con el mundo y con los enemigos.

Andrés Manuel ya no es aquel de Macuspana, que bloqueaba pozos petroleros y encabezaba manifestaciones. Su discurso pasó, poco a poco, a ese estado de la reconciliación interna y con el exterior. De hecho, su relación con el poder inició de una manera diferente al común de los políticos en México, por estar ligado a un poeta metido a la política: Carlos Pellicer. También empezó el ejercicio del poder de una manera distinta: desde el Instituto Indigenista de Tabasco (1977), donde pudo ver de frente la miseria de los pueblos.

Esa relación explica quizá, en gran medida, su manera de mirar a las personas. Siempre lo hace de manera directa, a los ojos. Pero no de forma dura, salvo que así quiera expresarlo. Pareciera por momentos que, en una mirada, pretendiera conocer los pensamientos más íntimos de los otros. En ciertas actitudes, guarda las lecciones de los políticos del viejo priísmo: mucho contacto corporal -abrazos, palmadas, caricias en el rostro a los ancianos y niños-; contacto visual y comunicación subrepticia, a través de intercambio de miradas.

Con el paso del tiempo se convirtió en un auténtico dominador del escenario, tanto por su expresión verbal como por su actitud corporal. Sabe cómo seducir, qué resortes anímicos tocar en esas masas y qué palabras usar para mantener latente la atención: "Ya va a llegar el tiempo y la hora", les dice, con el dedo índice levantado, el brazo a todo vuelo, tasajeando el aire, para enfatizar cada palabra, con ese ademán admonitorio de siempre: "¡Ya basta! ¡Ahora les toca a los de abajo!".

Su discurso estuvo siempre medido, en tiempo y en formas; sólo de vez en cuando lo modificó para añadir hechos y noticias que fortalecieran el mismo discurso. "Es mucho lo que está de por medio; son los intereses de millones de mexicanos que están esperanzados en el cambio".

Dado a los simbolismos, su accionar en los templetes estuvo íntimamente ligado a los hechos de la historia. De ahí que sus arengas tengan analogías extremas, como comparar las próximas elecciones con la lucha "entre los conservadores y los liberales"; entre "los porfiristas y los revolucionarios"; entre "los derechistas y el movimiento de izquierda progresista".

También es temeroso de la religión y de los fenómenos paranormales. Es dado a la superstición. En Coita, Chiapas, cuando su camioneta fue embestida por un camión de pasajeros, López Obrador simplemente contestó: "Entre lo malo, hay que celebrar que no pasó nada. Hemos recorrido 70 mil kilómetros en esta campaña y fue aquí en Coita. Ojalá que con esto ya hayamos cubierto nuestra cuota", dijo, como invocando a los dioses para exorcizar todo mal, como si existiera un destino manifiesto.

Físicamente no es corpulento -de hecho, no es muy alto- ni aparenta gran fortaleza. No obstante, todo el tiempo de campaña derrochó una portentosa salud, a prueba de sol y lluvia. Igual estuvo bajo calores de más de 40 grados centígrados, empapado de sudor; que en torrenciales aguaceros y nunca dio síntomas de debilitamiento. Sin embargo, fuera del templete parece otro. Desguanza el cuerpo, se desmadeja.

Su afirmación de que los templetes son su vitamina P está plenamente comprobada. La transformación es notoria: todo rastro de agotamiento se diluye cuando lo envuelve esa masa. Pareciera que robara energía de toda esa gente. Es evidente que la disfruta, la respira, la abraza; su voz cambia y hasta se conmueve cuando está ahí arriba. Pasea la mirada por todo el horizonte humano. Es una extraña comunión, que con el tiempo se ha ido profundizando, al decir: "No les voy a fallar; voy a estar a la altura de ustedes", al tiempo que la gente le responde en sus pancartas: "Ya llegó el que va a chingar a los de arriba".

 
El UNIVERSAL | Directorio | Contáctanos | Código de Ética | Avisos Legales | Mapa de sitio
© 2006 Copyright El Universal Online México, S.A. de C.V.