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Entre el grito y el resabio del indigenismo

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Juan Arvizu Arrioja
El Universal
Jueves 22 de junio de 2006

SAN CRISTÓBAL DE LAS CASAS, Chis.- La incursión del Partido Acción Nacional de los últimos años en los pueblos de Los Altos de Chiapas, invisibles hasta el 1 de enero de 1994, rinde frutos y los recoge hoy el candidato presidencial panista, Felipe Calderón Hinojosa, en un encuentro aquí, en la gran caja de resonancia del EZLN, con líderes y grupos de tzotziles, tzeltales, tojolabales, chamulas, que llevan una pesada miseria a cuestas que no logra disolver el sistema político.

Entra a la ciudad con esta gente que habla lenguas supervivientes a la opresión de cinco siglos, que trae los rostros descubiertos y portan, como si se tratara de estandartes religiosos, carteles de plástico con el rostro de Felipe Calderón, en un acto político impensable hace una más de una década.

Vienen a testificar la adhesión política de sus comunidades al candidato presidencial panista, en uno de esos ritos mitad ceremonia cultural local, mitad resabio de un indigenismo que por décadas ha vestido con ropas autóctonas a los políticos, sobre todo cuando se llevan a cabo campañas electorales.

Ya no existe la tensión militar, social y política de 1994, que estaba en el ambiente del que surgió el voto del miedo a favor del PRI, cuando el movimiento zapatista se hizo escuchar; tensión que hace seis años iba a resolver en "quince minutos" un Vicente Fox, también candidato a la Presidencia, hablando en sus cinco minutos.

Ahora, aquí, en la caja de resonancia de los "¡Ya Basta!" de los indígenas, Felipe Calderón, en un entorno de distensión, pero de miseria que mata, subraya su compromiso para con los más pobres de México al citar las palabras bíblicas: "Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia, porque ellos serán saciados".

El momento se reviste de compromiso. La presencia de cientos de indígenas, la actitud con la que concurren al encuentro político que busca obtener sus votos, y el silencio en el que registran lo que dicen sus dirigentes, le dan un perfil diferente a los otros actos de campaña de este día.

Muchos asistentes son monolingües, y están cansados cuando llega el candidato presidencial panista, por lo que el sueño los vence y dormitan en las butacas del auditorio de los Hermanos Domínguez, cuando el aspirante presidencial del PAN les habla.

Y es que en esas costumbres de poco respeto, una mayoría de los presentes llegó con tres o más horas de anticipación al encuentro, lo que supone que viajaron aquí de madrugada. El candidato paga en efectivo el precio de ese abuso.

Por eso hay mujeres en la explanada recostadas en el piso sobre los carteles plásticos del candidato, que les sirven de petate. Además han roto los palos de banderas del PAN para guardarse los trozos de tela y usarlos como paliacates.

Los indígenas chiapanecos no llevan ninguna música, ni en banda ni por dentro. Acaso sonríen con sorpresa al oír a Calderón decirles unas palabras en tzeltal y tzotzil. Por lo demás, son seres de madera, inimitables.

Así, inmutable estaba a ratos el candidato mundialista en Chiapa de Corzo, por la derrota en el futbol, en Gelsenkirchen. No aguanta ver fallar un penalti, pero elogia, como estrella, a Francisco Fonseca, El Kikín de sus spots.

Calderón aquí se asume como candidato de indígenas, y por la noche en Acapulco dice que el futuro del país no se decide en Alemania, sino en las urnas el 2 de julio.

A tan sólo once días de la elección, surgen escenarios impensables el día que los indígenas gritaron: "¡Ya Basta!".

 
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