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Comentarios sombríos bajo un sol abrasivo

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Jorge Octavio Ochoa
El Universal
Lunes 19 de junio de 2006

MÉRIDA, Yuc.- A ras de tierra hay rumores. Un hombre en silla de ruedas dice a quien quiera escucharlo que la derecha nunca ha entregado el poder por la buena. Teme violencia. "Ojalá le reconozcan el triunfo, porque la gente ya está movilizada", advierte el hombre... y sí, ahí están, bajo un hervidero de 40 grados.

Llegaron desde las 10 de la mañana y están ahí pasadas las 2:00 de la tarde; pero ni el sol abrasivo amedrenta a esa masa que colma la bocacalle del Paseo Montejo y que llega hasta la 45, dos cuadras grandes de más de 200 metros de largo cada una.

El sudor corre como agua por todos los cuerpos, hervor a fuego lento, pero ni don Martín Chuck -sentado en su silla en la esquina de la calle- ni doña Aída Burgos -que espera a López Obrador abajo del templete, también en silla de ruedas- están dispuestos a abandonar la plaza.

Quema, raspa, duele como pocas veces ese sol. Abanicos se baten desesperadamente para generar una brisa que calme el sofocón. Una nube gris que pasa ofrece un remanso, sopla un viento fresco, pero el señor Chuck sigue con sus comentarios sombríos. Teme que haya un acuerdo encubierto para que aquel, que está ahí, no llegue.

Desde las cinco de la mañana montaron el templete y ahora desde ahí López Obrador lanza esa arenga, en la que dice que "el pueblo va a castigar" a aquellos que no le cumplieron. Se avecina el día del juicio popular; el fin de las prebendas y los privilegios para las "minorías rapaces".

"¿De dónde sacó usted eso?", pregunta un reportero profundamente intrigado por esa versión, según la cual un encumbrado hombre de la izquierda podría prestarse para ese "golpe". "Eso es lo que dicen -insiste él-. Y si no, dígame usted cuándo la derecha ha soltado el poder pacíficamente. En España, Zapatero ganó luego del bombazo".

En el templete, López Obrador le da vuelo a su nueva frase de discurso: "No quiero yo lambiscones ni barberos en mi gobierno"; ni amiguismo, ni tráfico de influencias, ni nepotismo. Tampoco habrá primera dama ni pareja presidencial. Es una parábola discursiva que repite también en Campeche y Cancún, Quintana Roo.

A sus futuros colaboradores les advierte desde ahora: "Antes de que me digan que aceptan el cargo, les voy a leer la cartilla... la cartilla de la austeridad republicana". Mensaje para los cortesanos profesionales, aduladores de tiempo completo. El que quiera tendrá que estar a medio sueldo.

Pero en Mérida, en la plaza de la Canción -como le llaman a la desembocadura del Paseo Montejo-, dos de los candidatos de la coalición Por el Bien de Todos abusan de la paciencia del pueblo: Tina Tuyub y Limbert Sosa hablan y hablan. "¡Ya córtale!", les grita la gente, que se hierve a fuego lento.

Peje! ¡Peje! ¡Peje!", corean todos ellos, mientras una mujer mueve los dedos en forma de tijera, queriendo mutilar el aire de esos dos que hablan y hablan, haciendo más larga la espera. "¡Fuera! ¡Fuera!", le gritan a Limbert, pero él cree que son por la arenga de Fox, Calderón y el "cuñado incómodo".

La polarización crece. En Campeche, una arenga similar se escucha sobre el "cuñado incómodo". Una mujer del lugar grita entre risas: "¡Es ratero, corrupto, mátenlo; denme la pistola y yo lo mato!", con la inocencia de quien no sabe lo que dice. Inocencia de las masas dormidas.

 
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