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El miedo sitió a los habitantes
Francisco Reséndiz La noche fue larga. Por la madrugada sonaban las campanas de la parroquia, se escuchaba la detonación de petardos y los gritos de los atenquenses que se alistaban para hacerle frente a los contingentes de la Policía Federal Preventiva y de la Policía Estatal. Antes de que saliera el sol, 3 mil policías ingresaron a San Salvador Atenco. En 47 minutos retomaron la plaza, al filo de las 9:00 de la mañana. Cuando la policía se fue aparecieron los heridos que, ocultos, fueron llevados al hospital. Pero Atenco estaba ya bajo control. Los granaderos aprovecharon cualquier lugar para descansar, incluso la Casa de Cultura Popular José Enrique Espinosa Torres, donde los vidrios rotos de las ventanas se sienten bajo los pies y sus paredes albergan decenas de dibujos infantiles que hacen apología del EZLN. Hay sangre en el piso. Un oficial con un chipote en el pómulo confiesa: "Aquí se puso bien cabrón, se atrincheraron, pero nos metimos hasta por el techo y los agarramos; ya cuando nos vieron, comenzaron a cantar el Himno Nacional y que los callamos con un madrazo". Las paredes de los salones uno y dos también están cubiertas de propaganda zapatista, de periódicos murales que, a una semana de que pasó por aquí el subcomandante Marcos, se quedaron. La oficialía del Registro Civil está revuelta, en el piso hay más sangre. La propaganda zapatista y ejemplares de periódicos pro EZLN se mezclan con carteles de solidaridad con Cuba y Venezuela que fueron arrancados de las paredes y con pancartas que tienen una foto del Che con Fidel Castro y que anuncian a Aleida Guevara en el Sindicato Mexicano de Electricistas. Se respira la fuerza de la policía sobre un puñado de hombres y mujeres. A las 3:00 de la tarde las calles de esta cabecera municipal estaban llenas de basura. Nadie salía de su casa. Tenían miedo, no querían ser confundidos con los que cerraron la carretera Texcoco-Lechería o con los que desde las azoteas arrojaron piedras y tabiques a los policías. Para ese momento cientos de policías descansan en los jardines, en las banquetas o debajo de las marquesinas del centro del pueblo; algunos duermen sentados sobre sus cascos y unos más bromean en la escalinatas del auditorio Emiliano Zapata. Otros comen frijoles con carne en salsa verde y tortillas. Para las 5:00 de la tarde ya no había ningún policía. Entonces la gente salió a la calle y comenzó a barrer. Los heridos fueron llevados a escondidas al hospital y los comercios abrieron. El miedo se fue, al menos por ahora.
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