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Ruinas y miseria en el camino hacia EU

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Francisco Reséndiz
El Universal
Jueves 20 de abril de 2006

TULTILÁN, Méx.- Amanece en este municipio mexiquense. Los salones de la abandonada escuela Reforma , a espaldas de Cromatos, huelen a pobreza; la miseria se respira a cada paso. Aquí han pasado la noche más de 300 indocumentados, la mayoría hombres, pero hay mujeres y niños.

En esta zona se escucha todo el tiempo silbatos de locomotoras. Aquí los migrantes indocumentados son extorsionados por la policía, perseguidos por los asaltantes y calificados como delincuentes. Viajan al norte, no se detienen y llegan más.

De la antigua empresa de químicos, cerrada hace más de una década, se desprende un extraño polvo que con los primeros rayos de sol torna el ambiente amarillento... irrita los ojos de los centroamericanos y asiáticos que durmieron entre basura, perros callejeros y ratas. en penumbras.

En esta zona se hace negocio. Los policías municipales o estatales saben que pueden detener a cualesquiera de los jóvenes centroamericanos que buscan llegar a Estados Unidos, los extorsionan y les quitan lo poco que han escondido. La mayoría llegan aquí con 100 pesos en la mano.

Hay casas en Lechería donde les dan de comer o los dejan pasar la noche, otros hacen negocio y alquilan cuartos. cada inmigrante debe pagar 20 pesos por noche. hay otros más astutos y por "subirlos al tren indicado" les cobran 200 dólares. No los vuelven a ver.

Es medianoche, un muchacho sirve de guía en la zona donde los inmigrantes hacen escala en su camino a territorio estadounidense: "La raza no es brava, sólo se espanta cuando ven un patrullero, pero a la gente no le hace nada, se juntan sobre las vías y en la escuela de la fábrica".

Algunos han corrido tras los ferrocarriles que traen tres o cuatro máquinas; "esos son los que nos llevan a Manzanillo y de ahí buscamos otros que nos lleven más arriba", dice Francisco Ruiz Malpaso, un salvadoreño de 17 años que espera en la antigua escuela Reforma.

La escuela ´Reforma´

Esta zona es árida. Los pequeños puestos de comida que se ven en las principales calles comienzan a ser levantados. El calor del día comienza a desaparecer y se siente el frío que se hace más severo que el aire que sopla del norte.

La zona abandonada de Cromatos de México se encuentra al fondo de la calle Reforma, a un costado del Nort Parque empresarial, en medio de fábricas y de tráileres abandonados, de depósitos de comida congelada; tras de la casa de Antonio Chávez Hernández.

Entramos con sigilo a la escuela abandonada. En medio una plancha de cemento de unos 40 metros de largo por 20 de ancho. En el piso de cada salón, rayado por vándalos o con los nombres de inmigrantes que quisieron dejar testimonio, hay gente, escondida y hambrienta, que se asusta al ver a los visitantes.

Pocos se animan a hablar, algunos se acercan a pedir dinero, unos enseñan sus maletas -que no son más que una bolsa de plástico- y algunos más narran sus experiencias. Hasta que llegan un par de sujetos y les piden callar. obedecen.

Entre los indocumentados hay guatemaltecos, hondureños, salvadoreños y nicaragüenses, algunos colombianos y venezolanos.

Comienza a clarear, son las 6:15. Se oye un pitido de tren y comienzan a moverse, primero caminan y luego corren los 800 metros que les separan, entre calles y bardas, de la locomotora que los llevará al norte. Han dejado parte de su vida aquí.

Al día siguiente Antonio Chávez afirma al equipo de EL UNIVERSAL que en ese lugar "no hay migrantes desde hace varios años. ya no pasan por aquí los migrantes", dice.

Gente de la región dice tener miedo. Afirma que es común que cuando anochece haya asaltos, que con la llegada semanal de los indocumentados haya crecido el sexoservicio. Laura González, de la calle José María Morelos, lo ve diferente: "Aquí vienen y gastan el poco dinero que traen".

El calor ha tomado la zona, es mediodía del miércoles. Los policías municipales saben cómo "cazar" a los indocumentados que intentan a su vez "cazar al tren".

"Yo les he dado aquí en el módulo un paquete de galletas, llegan hasta aquí sin nada, desvalijados. No sé por qué muchos compañeros míos tratan de sacarles lana... así como pasan por aquí es lo mismo cuando llegan al otro lado, así los tratan en todos lados. pero vendrán más, esto no se detiene", dice el oficial municipal Roberto Milán.

 
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