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En la fiesta swinger, ¡este es mi viejo!

Cada 15 días se reúnen entre 40 y 80 personas para un intercambio de parejas en un hotel de la colonia Doctores. La regla de oro: no es no; el requisito, llevar todo su erotismo. "Aquí toda la gente es igual que uno", dicen los organizadores
Domingo 26 de febrero de 2006 GABRIELA GRANADOS | El Universal

La suite 325 está al fondo de un pasillo, a media escalera, entre el tercero y el segundo pisos de un modesto hotel de la colonia de los Doctores, un barrio que tiene una bien ganada fama de peligroso. En esta discreta habitación probablemente ocurre un orgasmo por cada coche robado. Es un espacio donde Eros desata toda su furia cada 15 días, siempre en viernes, cuando se dan cita 20 y hasta 40 parejas para intercambiar caricias que escandalizarían a muchos.

La seductora suite tiene tres habitaciones que cuentan, cada una, con cama king size y sillones; dos baños con regadera (uno para los hombres, otro para las mujeres), un jacuzzi común donde caben cuatro personas cómodamente (seis, apretadas), una sala de estar y una televisión con servicio de cable que transmite continuamente películas pornográficas.

Entrar en esta suite tiene su misterio. Primero tuve que pagar 10 dólares y luego decir una contraseña para que el sombrío empleado de la recepción me indicara el camino que debía seguir: "Subes en el elevador y te bajas en el tercer piso, tomas el pasillo a la izquierda, das vuelta otra vez a la izquierda hasta que llegues al otro lado del edificio, doblas a tu derecha, bajas el entrepiso. Y tocas la puerta. Es la suite 325".

Ahí conocí a los famosos integrantes de las swingerolimpiadas, el grupo de intercambio de parejas que había despertado mi curiosidad tras indagar sobre el tema a través de internet.

Varias mujeres vestían minifalda, tacones altos y medias de fantasía, además de haber traído, como decía la invitación, "sus condones, una bebida suavecita y todo su erotismo".

En la habitación cada pareja tenía que aportar otros 25 dólares adicionales para cubrir los gastos de la reunión. No había hombres solos, pero sí algunos tríos, o pequeños grupos de tres o cuatro amigos, siempre acompañados por al menos una mujer.

Mi nerviosismo fue aminorando y de pronto ya estaba enterándome de las vidas sentimentales y de las profesiones de un montón de extraños. Al menos siete de cada diez habían pasado por la universidad. También había muchos comerciantes.

"Todos juegan hasta perder la ropa, después cada cual decide hasta dónde y con quién", decía también el aviso electrónico. El juego empezó cuando llegaron todos, al filo de las 12:00 de la noche. Los asistentes iban tomando canicas de colores de una bolsa. Los que agarraban una azul o una amarilla tenían derecho de pedirle a quien quisieran que se quitara una prenda. Adiós pantalones, blusas, camisas y faldas. Chao brassieres, medias y calzones. A los 30 minutos todos estábamos riendo, y desnudos.

Algunos no esperaron a que terminara el juego y se fueron directo a las habitaciones, otros esperamos y de pronto los cuerpos estaban trenzándose en una danza erótica. Los arreglos eran de dos, de tres, de cuatro o de más. Varios en cada cama y hasta en el piso. Se alternaban, se sumaban, se sobreponían.

Lo que más me llamó la atención es la solidaridad de algunos, como cuando uno de los maridos empezó a ir de cuarto en cuarto de la suite buscando voluntarios para continuar atendiendo a su esposa.

Durante conversaciones sostenidas en siguientes reuniones confirmé que el motivo de muchas mujeres para asistir no era, precisamente, complacer a sus maridos, sino "desestresarse y olvidarse de todo". Y también descubrí que mientras los demás invitados iban cayendo dormidos, los anfitriones permanecían al pie del cañón.

"Regularmente Mary y yo nos echamos un postre, que es el que más disfruto", me confesó Gustavo. Gus y Mary son los organizadores de las swingerolimpiadas.

Mary me dijo durante una charla que tuvimos aparte, otro día, que ella y Gus esperaban con ansia esas reuniones, pues desde hace varios meses son su único espacio de intimidad. Tras 23 años de matrimonio él tuvo que aceptar un empleo como médico a más de 200 kilómetros del hogar familiar. Entre tanto, ella sigue viviendo con sus dos hijos veinteañeros y con una niña a punto de entrar en la adolescencia.

En una de las reuniones, antes de que empezara el juego, Gus me explicó otra de sus características: "Somos sinceros, honestos. El éxito de la página se explica por las fotos en gran parte. Aquí toda la gente es igual que uno".

Así pues, en la página de las swingerolimpiadas de Gus y Mary se despliegan ampliamente las fotos que certifican que cualquiera tiene derecho a divertirse. Aquí se ve toda clase de nalgas: paradas, flacas, inmensas o planas; abundan las pancitas y las lonjitas; hay altos, chaparros y medianos. y da lo mismo si los pechos son pequeños, colgados o 42D.

Entre las risas alcancé a sentir cierto recelo en algunos asistentes, porque a diferencia de las dos fiestas anteriores, ese día sí llevaba mi grabadora de reportera. Así que Gus me presentó formalmente (ahora por mi nombre real), y les explicó que estaba haciendo una crónica para una revista. Para suavizar la tensión les recordó que yo era la propietaria del fuete que muchos quisieron probar una fiesta antes. Sólo entonces se relajó el ambiente.

Mary me platicó cómo recibió al principio la sugerencia de incursionar en el mundo swinger. "¿Estás loco? ¿Hacerlo enfrente de todo mundo?", le respondió a Gus. Él le insistió y la convenció, no sin antes prometerle que se retirarían tan pronto ella se sintiera incómoda. Cosa que no ha sucedido.

Gus no tenía ninguna experiencia al respecto en ese momento. Simplemente había encontrado un sitio website, que afirma que los swingers aborrecen el adulterio, y luego empezó a simpatizar con esta idea. Poco después conocieron vía internet a "un caballero de buena ortografía y finos modales", quien les explicó cómo funcionaban estos clubes; les dijo que hay una regla inquebrantable: "No es no", y frente a la webcam fue desnudándose poco a poco.

"Siempre es grato conocer gente nueva, olores, sabores y humores distintos", me confesó Gus, quien también me habló de sensaciones de libertad y atrevimiento. Pero antes de que pudiera hacerle la siguiente pregunta, atajó con una explicación de "la esencia del ser o no ser swinger".

Dijo: "Lo que me hace sentir a gusto en este ambiente es el ver cómo Mary recibe y proporciona placer, el saber que atrae, que disfruta, que hace disfrutar, verla feliz. Eso me hace, en realidad, sentir a gusto. Y te puedo asegurar que ella piensa igual".

Sin saber lo que había hablado con su marido, Mary me contó que al principio sí llegó a sentirse celosa, debido al carácter amiguero de su marido. Pero ahora, cuando Gus está con otra, ella se acerca y lo acaricia, motivándolo para que lo disfrute más. Y piensa: "¡Este es mi viejo!". (Versión resumida del texto publicado en la actual edición de Gatopardo/México)



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