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Futbol: el signo de la violencia

La primera `barra brava` apareció en México en 1994 y están ligadas a las directivas de los equipos. No existe en el país una iniciativa formal para castigar con mayor fuerza los desmanes en los estadios

Pedro Iván Quintana
El Universal
Domingo 06 de noviembre de 2005

"¡Cómo no te voy a querer! ¡Cómo no te voy a querer! ¡Si mi corazón azul es y mi piel dorada. Siempre te querré!", cantaban tras la eliminación de los auriazules frente al Morelia en la semifinal del Apertura 2002. En el estadio todos lloraban, los jugadores y su público en ferviente entrega. Y yo no pude evitar el estremecimiento.

Ese recuerdo regresó a mi cabeza el pasado fin de semana, mientras, esta vez por el televisor, miraba cómo la afición en las tribunas denostaba a su entrenador, Hugo Sánchez, y me enteraba más tarde de los excesos que se cometieron en las inmediaciones del Estadio Olímpico Universitario.

¿Y cómo dieron tal salto? ¿Y de dónde salió ese cántico, como le llaman a sus coros los integrantes de las barras bravas? ¿Y cómo no te voy a querer?

Particularmente ese coro lo copiaron de uno argentino para el que lo mismo se acomodan los colores de Boca, River o la albiceleste, según el caso.

En México, el fenómeno data de 1994, cuando el Pachuca creó a la Ultra Tuza, la primera barra con formato sudamericano que se conoció en México. La historia es más o menos conocida. Se atribuye a Andrés Farsi, argentino, entrenador del equipo y actualmente directivo, el haber contratado a paisanos suyos para que organizaran a la barra, aunque lo ha negado repetidamente. No fue un inicio espectacular pues el equipo luchaba en la Segunda División por el ascenso.



La Rebel

En 1998 apareció la famosa Rebel, que es producto de una escisión de la Porra Plus, de corte un poco más tradicional (no mucho). Explican los dirigentes de la Rebel que se aburrieron de gritar consignas y decidieron copiar a las barras argentinas.

Poco después llegó a escena la Monumental, otro caso directo de una porra organizada por la directiva de un equipo, el América.

Ocurrió en 1999, poco después de la llegada de Javier Pérez Teuffer a la presidencia del equipo y como parte de un proyecto para acercar al conjunto a los jóvenes.

Que los equipos de futbol organicen a sus propias barras, y luego pretendan que no las conocen, no es un hecho aislado. Según los estudios que abordan el fenómeno, esa es la norma.

Claro, ni siquiera una porra tradicional podría vivir sin la ayuda de los dirigentes del futbol por el simple hecho de que es el equipo el que les proporciona las entradas, se las obsequia o se las vende a costos subsidiados.

Pero hay de directivas a directivas. En agosto del 2004, EL UNIVERSAL intentó infiltrar a uno de sus reporteros en el contingente de la Rebel que acompañó a los Pumas para presenciar el partido entre ese equipo y el Real Madrid, por el trofeo Santiago Bernabéu, en España.

La porra tenía un vuelo charter a su disposición, pagado la mitad por los aficionados y la otra mitad… nadie sabe por quién, ya que la directiva negó cualquier implicación. El pasaje costaba 4 mil pesos, más mil 500 por el costo del boleto de acceso al estadio, la mitad de lo que habría costado en circunstancias normales. La barra viajó de México a Guadalajara y desde ahí salió el charter.

Y así, han viajado a varios países de Sudamérica e incluso planeaban ir a Tokio en el caso de que Pumas hubiera llegado a la Copa Intercontinental.

El caso del América hace un año El antecedente más grave de violencia desatada por las barras en un estadio mexicano tuvo lugar en el Azteca, el 11 de mayo de 2004, cuando el América enfrentó al Sao Caetano e integrantes de La Monumental invadieron la cancha y golpearon a jugadores brasileños en una trifulca que comenzó Cuauhtémoc Blanco en la cancha.

En los días siguientes la autoridad local (la delegación Coyoacán) vetó el estadio y un partido de la Liguilla debió jugarse sin público. La Confederación Sudamericana castigó al Azteca con tres encuentros y a Blanco lo suspendió un año. Le fue bien a El Temo, porque si el incidente hubiese ocurrido en Chile, la justicia local podría haberlo detenido y fincarle responsabilidad bajo su Ley de Violencia en los Estadios, que data de 1992.

En Europa, particularmente en Inglaterra a raíz de la tragedia del estadio belga de Heysel en 1985, cuando murieron 39 personas en incidentes provocados por hooligans, el problema de la violencia en los inmuebles está más o menos controlado con leyes muy severas. Actualmente no hay un estadio en territorio inglés que tenga rejas dividiendo a los fanáticos de los futbolistas.

Y los problemas más graves son cuando se salta algún tipo desnudo y corre por ahí para las fotos.

Leyes de ese corte han sido aplicadas en Argentina, otro país que vive bajo el sino de la violencia en torneo al deporte, sin gran éxito.

¿Y en México? Como suele ocurrir cuando uno de esos problemas salta a los reflectores, justo el miércoles pasado, diputados de la Asamblea Legislativa del DF propusieron adecuar la Ley de Espectáculos para castigar con mayor fuerza la violencia en los estadios, pero no hay ninguna iniciativa formal de una ley específica al respecto… quizá es que todavía no tenemos a nuestro primer muerto.

 
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