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Voracidad en medio de tragedia y dolor

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Jorge Octavio Ochoa / Enviado
El Universal
Miércoles 26 de octubre de 2005

MUNICIPIO DE BENITO JUÁREZ, QR.- Como siempre ocurre con los desastres naturales, el huracán Wilma puso al descubierto aquí escenas duras, rudas, escenarios que no se ven antes de la tempestad y que surgen al regresar la calma.

Juan Gabriel Jiménez vive en la colonia San Antonio, en el ejido Isla Mujeres, una de las zonas más pobres de la ciudad.

Trabaja en la obra negra de la zona turística de Cancún y gana 5 mil pesos al mes.

En esa colonia, al igual que en Monte de los Olivos, las palapas humildes, construidas de bejuco, conviven con las estructuras de ladrillo y varillas.

Su esposa, Carmen Romero Gómez, tiende al sol la ropa, su viejo sofá y unos discos que quedaron anegados, tras el paso del huracán.

Su hijo Kevin juega en rededor de ellas. Su palapa fue una de las pocas que resistió el embate del brutal viento. Juan Gabriel regresa de la ciudad con dos láminas de cartón. Los comerciantes de materiales de construcción aprovechan el momento: las láminas de cartón, que normalmente cuestan 180 pesos, ahora las venden en 250.

Pero la voracidad de las empresas gaseras no tiene parangón: de 20 litros que cuestan 180 pesos, ahora lo venden en 200 y hasta a 250 pesos, pero para colmo, muchos de los cilindros son rellenados en una cuarta parte con agua.

La miseria se ve azotada por otra miseria: la voracidad.

Luego del huracán y de la inundación, ahora la aridez azota estas regiones. El sol cae a plomo y no hay agua que beber.

Hasta el momento, no se sabe si el colapso de algunas estructuras se debió a errores de cálculo o al uso de materiales baratos para inflar los costos.

Lo que sí es un hecho es que el afán de gastar en mercadotecnia y publicidad hizo víctima a muchos, porque pesadas estructuras de espectaculares anuncios se desplomaron sobre viviendas y hasta en gasolineras.

La parafernalia de Cancún, el afán de crear escenarios y fachadas ficticias como de set de cine fueron lo que a la postre causaron más desastre.

Sin embargo, pese a esos errores, la hermosura de este puerto turístico muy pronto se levantará, no así las palapas de cientos de personas que viven en esa depauperada región.

Juan y Herlinda Gutiérrez vivieron en su choza el terror de ese viernes 21. Pegados cuerpo a cuerpo, vieron desde un rincón cómo volaban las láminas de cartón en medio de la vorágine. Francisca Media Quiroz vivió algo parecido, aunque ella pudo refugiarse en una casa frente a su palapa, desde donde vio cómo volaban las láminas de cartón.

El huracán puso de esta forma al descubierto los diversos rostros de la naturaleza humana.

Un amigo, que se despidió esta mañana para irse a Mérida, dejó un recado: "Gracias por todo; que la mano siga abriendo paso", en referencia a un extraño hecho cuando el automóvil en el que viajaban de pronto se encontró con un cable de electricidad de un poste derrumbado, pero una mano de viento lo levantó cuando ellos cruzaban.



 
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