El Universal México
 
 Buscar en: 
 
 
Una bestia devastó Cozumel

- A   A   A +

Héctor de Mauleón/Enviado
El Universal
Martes 25 de octubre de 2005

COZUMEL, QR.- Los vientos de Wilma azotaron la isla de Cozumel con saña nunca antes vista.

Durante 36 horas pareció que el huracán más destructivo del que se tiene registro hubiera querido empujar esta isla de 80 mil habitantes para volver a unirla al continente.

No lo consiguió, pero el tablero de ajedrez que forman sus calles quedó lleno de piezas derribadas.

"Se hubiera dicho que íbamos en un avión en uno de esos malos vuelos llenos de bolsas de aire", dijo Martín Enríquez Pérez-Telles, propietario de un negocio de renta de motonetas ubicado a 50 metros del malecón.

El saldo de ese viaje a través de la furia terrestre fue una isla completamente destruida.

"A Cozumel le tomará mucho tiempo levantarse", afirmó Abdón Chan, gerente general de la tienda Karia Ve Ari, que fue absolutamente destruida por el ciclón.

"Sencillamente, la playa se metió a la tienda", dijo Chan a las puertas de un local lleno de agua, arenas y palmeras que al ser proyectadas por el viento redujeron a nada la malla ciclónica con que el comercio había sido asegurado.

Al mediodía de ayer, a bordo de un helicóptero, el superintendente de la Comisión Federal de Electricidad, Víctor May, realizó por la zona un vuelo de reconocimiento. Su conclusión fue que 70 por ciento de la instalación eléctrica de la zona se había perdido.

Su frase "nos pegó fuerte" fue una manera amable de resumir lo que se veía abajo: una franja de 80 kilómetros de armazones y osamentas de edificios que parecían demolidos a dentelladas, una ciudad que casi se había ido entera al basurero y que dejó en las playas, amontonados, sus residuos; lotes inundados por completo en los que batallaba gente armada de cubetas; casas que se quedaron sin techo o que perdieron sus puertas; torres, postes y cables derribados. Infinitas filas frente a las tiendas y minisúper abiertos, y una plaza de toros tan lastimada que recordaba un coliseo romano.

"Fueron 36 horas pero llevará meses alzar todo esto", dijo el superintendente May al aterrizar en un aeropuerto decorado por avionetas volteadas, modelos para armar que la colérica Wilma arrastró de un lado a otro.

Aunque algunos niños jugaban ya en las canchas de basquet y el tráfico de vehículos comenzaba a normalizarse en la isla, el ambiente general era de abatimiento.

En el malecón 10 personas secaban en la calle las mercancías arruinadas de un peletería. Más de 4 mil botas, cintos, bolsas, maletas y sombreros que se secaban como tortillas duras al sol.

"Mire lo que hizo este monstruo, esta bestia", decía el encargado del negocio.

Al lado, en la joyería Diamont International, el gerente general, Jorge del Real, continuaba el recuento de daños: los finos estuches de marcas exclusivas rodaban entre un amasijo de agua, ramas de palmera y arena. El huracán había empujado los pesados aparadores de madera, con vidrios de 15 milímetros de ancho, hasta el fondo de la tienda. Después comenzó a golpetearlos hasta hacerlos leña.

"La Tierra se cobró decía Pérez Telles en la puerta de su negocio de motonetas. Estamos destruyendo este paraíso y la Tierra nos pegó. Cuando vino el huracán lo primero que se fue al carajo fue la tecnología; las computadoras, los celulares, los televisores y los radios. Para mí, esa es la lección. Wilma vino a enseñarnos eso".



 
El UNIVERSAL | Directorio | Contáctanos | Código de Ética | Avisos Legales | Mapa de sitio
© 2009 Copyright El Universal Online México, S.A. de C.V.