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Analfabetismo, la "deuda" histórica

En 1895 había 6 millones de analfabetas en México; hoy, 5.1 millones, un rezago que, afirma experto, sólo se resolverá si se ataca la desigualdad social
Entre las principales causales de deserción escolar se encuentra la falta de recursos económicos par

SIN MEDIOS. Entre las principales causales de deserción escolar se encuentra la falta de recursos económicos para pagar los estudios. (Foto: ARCHIVO EL UNIVERSAL )

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Domingo 08 de septiembre de 2013 Cristina Pérez- Stadelmann | El Universal04:25

politica@eluniversal.com.mx

En el Día Internacional de la Alfabetización, y ante la dimensión del problema del analfabetismo en México, expertos afirman que el país tiene una deuda social con hombres y mujeres que no saben leer ni escribir, así como con los analfabetas funcionales (son 32 millones), que por rezago social no han terminado su educación primaria o secundaria. Estos últimos representan 38.5% de la población mayor de 15 años en el país. “En términos absolutos o relativos la cifra es enorme”, denuncian.

En el primer censo de población realizado en México, en 1895, habían 6 millones de analfabetos. “En 118 años no hemos logrado abatir la cifra. Hoy más de 5.1 millones de mexicanos que no saben leer ni escribir”, refieren José Narro Robles y David Moctezuma Navarro, en la investigación titulada Alfabetismo en México: Una deuda social.

En entrevista con EL UNIVERSAL, el economista David Moctezuma asegura que si no se alcanza por lo menos el tercer grado de primaria las personas olvidan lo aprendido, incluso leer y escribir.

Existen, según datos censales, más de 550 jóvenes entre 15 y 29 años que no saben leer ni escribir en la era de la información y la comunicación.

Existen también los llamados analfabetas funcionales, que son aquellas personas que aprenden a leer y escribir pero con el tiempo olvidan esa práctica. Eso ocurre por ejemplo con las personas que sólo estudian hasta el segundo grado de primaria.

Por ello, a los 5.4 millones de personas que no saben leer ni escribir habría que agregar los casi 3.4 millones (también mayores de 15 años) que sólo cursaron los dos primeros años de la instrucción primaria. Se trata, entonces, de 8.8 millones de mexicanos que, en realidad, son analfabetos.

La cifra es enorme por donde se le vea”, comenta el también investigador titular en el Centro Regional de Investigaciones Multidisciplinarias de la UNAM.

A su decir, son grandes los esfuerzos que hay que hacer para abatir el analfabetismo y no se vale que en oficinas públicas se minimice el problema porque dicen afecta más a los viejos, las mujeres o los indígenas. Todos los ciudadanos requieren el mismo trato y la misma consideración, especialmente los que tienen condiciones de mayor vulnerabilidad”, denuncia el académico.

Esto último sin dejar a un lado que las condiciones de pobreza en que viven hoy 55.3 millones de mexicanos —12 millones de ellos en pobreza extrema— “necesariamente influyen en la reproducción del analfabetismo”, dice.

Laura nunca fue a la escuela.

Laura tiene 33 años, cinco hijos, y nunca aprendió a leer ni a escribir. Sólo sabe poner su nombre completo, pero no el de sus hijos de 13, 11, 10, nueve y seis años de edad. Además de aprender a escribir el nombre de sus hijos, le gustaría saber escribir la palabra “bordar”. Ella lo hace todo el tiempo, ese es su oficio, lo hace como si escribiera historias atravesando la tela con hilos.

La bordadora confiesa: “Me da mucha vergüenza cuando en la escuela de mis hijos me piden que escriba sus nombres en un papel y no logro hacerlo. En nuestra comunidad todos saben que no sé leer ni escribir, pero en la escuela de mis hijos no quiero que nadie lo sepa”.

De hecho, Laura no asiste a las reuniones de padres de familia con tal de ocultar que es analfabeta. Se mueve por la ciudad mirando los signos de las cosas, pero no se aleja del perímetro cercano a su casa. Su entorno parecería limitado.

Pertenece a la comunidad otomí; llegó hace 10 años a la ciudad de México y por las tardes permanece con sus hijos mientras ellos hacen sus tareas escolares, pero no logra resolverles ningún problema escolar, y lo lamenta.

Si alguno de ellos tiene una duda, tienen que ir con los vecinos para que les ayuden a resolverlas”, comenta con una mala dicción y articulación verbal, que un día le explicaron fue justamente por no haber aprendido a leer y escribir a tiempo.

Su esposo tampoco sabe leer ni escribir. Se dedica a la albañilería. Ella explica que como indígenas han carecido de oportunidades educativas, y esto va de la mano con las carencias económicas: “Más que estudiar tuvimos que trabajar desde pequeños para llevar alimento a casa”.

Con la esperanza de un futuro más promisorio para sus hijos, Laura ha insistido en que estudien, pero los dos mayores ya desertaron. No estudian ni trabajan.

Otra generación que deserta

Dos de sus hijos, los mayores, estudiaron hasta quinto de primaria y abandonaron la escuela. El primero porque ya no quiere hacerlo y el segundo porque lo atropellaron y tiene una discapacidad motriz, “con la que no puede caminar hacia la escuela”, (ésta queda a una cuadra de su casa).

Laura creció en la localidad de Santiago Mexquititlán y tuvo nueve hermanos. Tres hombres y cinco mujeres: “A los hombres les tocó estudiar hasta que aprendieron a leer, estudiaron hasta cuarto de primaria y lo mismo mis hermanas, las tres más pequeñas, pero a nosotras dos, las más grandes, nos tocó ayudar a mi mamá a criar a mis hermanos”.

Al respecto Moctezuma Navarro, premio Ricardo Torres Gaytán por el Instituto de Investigaciones Económicas de la UNAM, sostiene que desde la perspectiva urbana el analfabetismo por género persiste en México, toda vez que en el total de analfabetos en el área urbana, las mujeres pasaron de representar 60.5% en 1980 a 61.1% en 2010. Este hecho podría explicarse por una posible migración de mujeres del campo a la ciudad, debido a las crisis recurrentes y a la pobres condiciones económicas.

Tal fue el caso de Isabel, quien con 11 años viajó sola al Distrito Federal para procurar trabajo. Vivíamos en Santiago Mexquititlán, pero “me mandaron a trabajar a la Ciudad de México para completar para mis uniformes, y se supone que iba a regresar a mi casa, pero ya no regresé. Nosotros fuimos 11 hermanos. Yo me metí a lavar trastes en una cocina. Ya no junté lo que tenía que juntar para los uniformes de la escuela secundaria; debía cooperar no sólo para mi uniforme sino para cada uno de mis hermanos menores, no lo logré, y mis papás me dijeron que ya mejor me quedara en la ciudad trabajando.

Otra de mis hermanas, de 17 años, ya trabajaba en la ciudad y nos quedamos juntas a vivir. “Y ya de ahí... se me olvidó la escuela, y nadie me dijo que volviera a estudiar. Luego me embaracé de mi primer hijo”.

A ese primogénito ya se han sumado otros cuatro hijos, de 12, nueve, cinco y dos años. Actualmente Isabel asiste a Ririki Intervención Social, organización de la sociedad civil que desarrolla programas y proyectos para las garantías y los derechos de niñas, niños adolescentes y sus familias. Isabel ahora sabe lo que es control natal y conoce también el término de derecho a la educación.

Comenta que ha buscado más trabajo para solventar los gastos de su familia, pero el ser analfabeta la ha limitado en esta búsqueda. Tiene 34 años, estudió hasta los primeros años de primaria pero carece de un certificado escolar “y sin ese papel, y por mis bajos niveles escolares, sólo consigo trabajos mal pagados”, dice.

Asegura que hubiera querido tener más oportunidades de continuar con la escuela, “porque a mis hijos que van a la secundaria no los puedo ayudar con sus tareas”.

Isabel se dice marginada

El mayor de sus hijos es quien resuelve las dudas escolares de sus hermanos. “Pero lo tienen que esperar a que llegue de la escuela. No me gusta que vayan a casa de los vecinos a resolver sus tareas; no quiero que se vuelvan dependientes de los demás, como yo lo he sido por no tener muchos conocimientos”.

Isabel intentó incorporase al Instituto Nacional para la Educación de los Adultos (INEA). Asistió dos meses a la secundaria pero se embarazó una vez más y dejó sus estudios a un lado. El mayor de sus hijos —el de 16 años— terminó la primaria, pero ya no continuó estudiando por un problema que tuvo con un profesor de la Secundaria Técnica Número 10 “Artes gráficas”, quien le dijo: “Mejor póngalo a trabajar y sáquelo de esta secundaria, porque este joven para la escuela de plano no sirve”.

Hoy, su primogénito trabaja como albañil junto a su padre. Sus demás hijos continúan estudiando. Todos son varones.

Yo siento que el tiempo para la escuela ya se me pasó y hay muchas cosas que he olvidado al escribir. Los gastos en la casa son muy duros, me dedico a la artesanía, pero ya no salgo a vender porque el zaguán del edificio donde vivo siempre está abierto, y ahí viven muchos que se drogan y les hablan a mis hijos”, dice.

María Elena Ramos Durán, coordinadora de Participación y Promoción de los Derechos del Centro Interdisciplinario para el Desarrollo Social, Cides I.A.P., organización que trabaja desde hace 18 años con comunidades migrantes en la Ciudad de México —específicamente para prolongar los años de estudio de los niños y de las niñas indígenas—, agrega que “es un hecho que cada vez es mayor el número de jóvenes que están desertando de la escuela secundaria”.

Durante los últimos tres años hemos trabajado con un promedio de 60 jóvenes de entre 14 y 17 años de edad; en este período, 40% de ellos ya dejó definitivamente sus estudios por diversas causas, entre las que predominan las económicas.

Para David Moctezuma Navarro quien también se desempeña como coordinador de asesores de José Narro Robles, rector de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), somos uno de los países más desiguales del mundo.

En 2011 1% de los más ricos acumulaba 8.1% de los ingresos disponibles, mientras que el 1% más pobre, sólo 0.07%; una diferencia de 115 veces. Estamos a sólo 26 lugares de la nación más desigual del planeta.

Las estrategias gubernamentales para abatir el analfabetismo no han logrado el éxito que sería esperable, dados los recursos invertidos y los adelantos tecnológicos de la época; siendo así, el especialista dice que “el analfabetismo constituye una de las grandes deudas de la sociedad que difícilmente tendrá solución si no se cambia el contexto social de las personas analfabetas y la desigualdad en las que éstas viven”.

México no es pobre, tiene muchos pobres

Algunas naciones han logrado superar problemas similares a los nuestros reformulando sus estrategias de desarrollo, dando un especial énfasis en la educación. Tal es el caso de Corea.

Es una paradoja que “junto al hombre más rico del mundo coexisten niveles de pobreza tales que hay quienes mueren por desnutrición, por hambre”, lamenta.

Mientras tanto explica que “no saber leer ni escribir implica menores salarios, tener que ocuparse de los empleos menos remunerados, tener menores condiciones de salud debido a la ignorancia y una participación casi nula como ciudadanos”.

Por eso es muy grave que aún más de 65.1 millones de personas, según los últimos datos del INEA, no sepan leer ni escribir. Aunque en términos relativos haya venido disminuyendo la cifra, “más de 5 millones de personas analfabetas es una cifra enorme”, asegura.

Para el experto es evidente que subsiste un problema en los métodos para alfabetizar y en la operación de los programas gubernamentales, pues “a pesar de la aplicación de grandes recursos financieros y humanos para abatir el analfabetismo, éste persiste por falta de efectividad de los mismos”.

A su vez, Ramos Duran afirma que entre las sociedades otomíes —con las que trabaja en la colonia Roma del DF, y a las que capacita alfabetizándolas— persiste una clara división entre hombres y mujeres por las tareas asignadas por género.

Las niñas continúan a cargo de sus hermanos menores y de las tareas domésticas, mientras que los varones sí van a la escuela hasta que aprenden a leer y escribir, después desertan; muchas veces por instrucciones de sus padres para que a muy temprana edad comiencen a aportar ingresos para el hogar, y olvidan lo que aprendieron en la escuela”, relata Ramos.

Ambos coinciden al afirmar que la pobreza tiene mecanismos para autoreproducirse, uno de ellos es el analfabetismo.

Es por ello que las políticas sociales deben estar plenamente articuladas con las políticas económicas. De no ser así, difícilmente se resolverán problemas sociales como lo es el analfabetismo”, concluye Moctezuma Navarro.



 

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