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El odio resurge en era Trump

En tiempos de cambio demográfico y político, no es de sorprender que florezcan agrupaciones racistas; lo que sí es novedoso es que un presidente los alimente y muestre su apoyo con su retórica, como hace Donald Trump
ILUSTRACIÓN: EL UNIVERSAL
20/08/2017
03:30
ANDREW SELEE
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Durante las ultimas 14 semanas, la canción mas popular en Estados Unidos ha sido Despacito, una versión de la canción pegajosa de Luis Fonsi y Daddy Yanqui con algunas letras en inglés del canadiense Justin Bieber. Si dura dos semanas más, sería la canción más popular de todos los tiempos en los rankings de la música pop de Estados Unidos, algo más que sorprendente para una canción en español y de ritmo latino. Todo parece indicar que lo latino es cada vez mas parte del tejido social estadounidense.

Durante los últimos ocho años, el presidente de Estados Unidos fue Barack Obama, hijo de una madre blanca y padre africano y musulmán. Hoy día el presidente Donald Trump es asesorado en La Casa Blanca por su hija Ivanka y su yerno Jared Kushner, ambos judíos ortodoxos, que no trabajan los sábados en observación de sus creencias religiosas. Hay dos gobernadores —ambos republicanos— de ascendencia mexicana y uno de ascendencia hindú. (Había otra, pero ahora ella despacha como embajadora de EU en las Naciones Unidas).

Quizás no es una coincidencia que en estos momentos en que la diversidad religiosa y étnica de Estados Unidos es cada vez más evidente surjan con más fuerza grupos abiertamente racistas y neonazis, que reclaman la superioridad de los blancos cristianos y buscan revertir la creciente pluralidad del país. Ha habido una trayectoria imparable hacia la inclusión de nuevos grupos en la política, cultura y economía del país, lo cual también amenaza a algunos que antes se consideraban el grupo privilegiado.

En Charlottesville, Virginia, hace una semana, estos grupos tuvieron su desfile público más abierto y multitudinario desde hace muchos años, y terminaron dándose de golpes con manifestantes que rechazaban sus declaraciones de odio. Uno de los extremistas usó su carro para atacar a los manifestantes, dejando a varios heridos y matando a una mujer joven.

Estos grupos racistas no son nuevos. De hecho, es un ciclo que se ha repetido en la historia de Estados Unidos una y otra vez. En los años previos a la Guerra Civil, en los 1850s, se vio la creación de un partido antiinmigrante y anticatólico coloquialmente conocido como los “Know-Nothings”, —los que no saben nada, un nombre que acuñaron ellos mismos—.

En el periodo después de la Guerra Civil, cuando se liberaron los esclavos, vivimos el surgimiento del Ku Klux Klan, un grupo supremacista blanco que buscó —y logró en gran parte del sur de Estados Unidos— imponer restricciones raciales en cuanto a quién podía participar en la política, casarse y tener negocios y casas en zonas blancas de las ciudades.

Con el movimiento en favor de los derechos civiles, en los años 50s y 60s, resurgieron estos grupos para oponerse a la inclusión social y política, y desde entonces han seguido como una presencia silenciosa pero persistente en el terreno social estadounidense. En los movimientos antiinmigrantes de los últimos años, estos grupos han tenido una presencia poco visible pero no menos real, preocupados por la llegada de mexicanos y otros inmigrantes al país.

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Cobijados con el discurso

No es sorprendente —si bien es lamentable y condenable— que surjan grupos racistas en tiempos de cambio demográfico y político rápido, pero lo que sí es novedoso es que un presidente de Estados Unidos busca alimentar a estos grupos con su retórica y les presta cobijo a través de sus discursos.

Por supuesto que no es la primera vez. Richard Nixon usó retórica que atrajo a grupos racistas en su primera campaña electoral en 1968 y hay una historia previa de presidentes que alentaron —o por lo menos guiñaron el ojo— a grupos extremistas para ganar simpatías de esos sectores. Pero no es algo que se ha visto en cuatro o cinco décadas.

Al comentar los hechos en Charlottesville, un pueblo normalmente tranquilo ubicado a dos horas de Washington, Trump pareció condenar tanto a los extremistas blancos que desfilaban por la ciudad denunciando a los afroestadounidenses, inmigrantes, judíos y musulmanes, así como a los manifestantes en su contra, que apoyaban la inclusión social en Estados Unidos.

Reviró un par de días después, para abogar por la tolerancia, pero luego condenó a los dos bandos de nuevo. Los extremistas lo entendieron bien. David Duke, uno de los líderes del racista Ku Klux Klan, le agradeció a Trump su apoyo.

Si bien Trump nunca ha dado su aprobación a estos grupos extremistas, desde la campaña presidencial ha parecido a veces guiñarles el ojo, mandó señales sutiles de su anuencia, si bien no de apoyo, hacia ellos. Y estos grupos, desde luego, se sienten muy reforzados desde las elecciones, ya que Trump ha puesto énfasis en limitar la migración desde países musulmanes, deportar a los inmigrantes y construir un muro entre México y Estados Unidos, temas que siempre han estado en la agenda de los extremistas.

Dudo mucho que Trump realmente apoye a estos grupos; tampoco sería cierto decir que su agenda es la misma que la de ellos. Trump tiene un círculo de amistades y conocidos mucho más plural, si bien su gabinete no lo refleja mucho, y no conozco incidentes en que se haya declarado contra grupos raciales, étnicos o religiosos.

A veces él ha parecido acercarse a ello —en comentarios sobre inmigrantes mexicanos y musulmanes, en particular— sin nunca cruzar la línea a atacarlos de lleno.

Lo que sí es cierto es que Trump entiende y a veces canaliza y legitima los temores que tiene un sector de blancos estadounidenses que siente que está perdiendo el control en una sociedad cada vez más plural y diversa. El país que recuerdan ya no es el país en que crecieron. Están viviendo épocas en las que sus vecinos —y sus representantes políticos— son de muchos diferentes colores y religiones, y la canción que escuchan una y otra vez en la radio de sus hijos es Despacito, con su ritmo latino y su letra en español.

La pregunta queda en el aire para el presidente Trump. Si bien él puede entender y simpatizar con los temores de este segmento de la población, ¿quiere ser el presidente solamente de este grupo o quiere gobernar para todo el país, un país que sobresale por su creciente pluralidad y diversidad?

Presidente del Instituto de Políticas Migratorias y ex director del Instituto México del Centro Wilson

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