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El 68 europeo

Para algunos, el Mayo francés fue una revolución tras una utopía que dejó enseñanzas que vale la pena recordar ahora que el mundo gira a la derecha
Ilustración: DANTE DE LA VEGA
13/05/2018
01:10
JAVIER ESGUEVILLAS RUIZ
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Mayo de 1968 ha pasado a la historia como el movimiento social más importante de Francia en el siglo XX. Un proceso que influyó de manera innegable en la realidad internacional durante los años siguientes en el mundo, pero principalmente en Europa. No sólo fue el año en el que los estudiantes y los obreros unían sus fuerzas y marchaban juntos por las calles de París. Mayo comenzó con 30 mil estudiantes entonando La Internacional alrededor de la Tumba del Soldado Desconocido, continuó caminando juntos, brazo con brazo, en una manifestación contra el presidente Charles de Gaulle, para después terminar con una huelga que paralizó el país, con 10 millones de trabajadores secundando a los estudiantes; no sólo fue el inicio de la emancipación de la mujer en una sociedad conservadora, y sus reclamos por sus derechos y libertades individuales. Fue más: un símbolo y un modelo para los que pensaban que otro mundo era posible.

Por un lado, barricadas, manifestaciones, violencia, sueños, ideas, muchas ideas, artículos en la prensa y debates. Nanterre, Sorbona, Vincennes, fábricas ocupadas, el Boulevard Saint Germain, el barrio latino, los eslóganes, los adoquines, las canciones, la poesía, la École Normale Superior, el sindicato CGT, el Movimiento de Liberación de la Mujer, Mao, la Unión Nacional de Estudiantes de Francia, Jean-Paul Sartre, Simone de Beauvoir, Georges Marchais, Herbert Marcuse, Edgar Morin, Raymond Aron, Paul Auster, Antonio Negri y Daniel Cohn-Bendit.

En el otro lado, la represión y la violencia del presidente De Gaulle y su primer ministro Georges Pompidou, para quienes esta unión de estudiantes y obreros, de intelectuales y artistas no era sino una muestra de la crisis de la civilización, de su civilización. Las élites políticas y económicas se asustaron, y mucho. De Gaulle afirmaba el día antes de la gran huelga del día 20 de mayo: “La reforme oui, la chienlit non” (la reforma sí, el caos no). Y la respuesta de los estudiantes fue gritar alto y fuerte: “La chienlit, cest lui” (el caos eres tú).

A Georges Pompidou, el Mayo francés lo obligó a dimitir como primer ministro en 68, para ser elegido presidente de la República un año después: es la paradoja de la revolución. Los conservadores siempre desmitificaron el momento, el espíritu del Mayo francés y hablaban del triunfo del individualismo y del liberalismo de manera posterior, haciendo de la derrota su victoria.

Ese mismo año en Polonia y sobre todo en la antigua Checoslovaquia, Alexander Dubček hablaba del socialismo con rostro humano y su Pprimavera de Praga, acabando en la noche del 20 de agosto de 1968 con los tanques soviéticos entrando en la ciudad. En otros lugares del mundo la mecha revolucionaria arde y es sofocada con violencia desde el Estado conservador. México es el mejor ejemplo de ello, con el triste recuerdo del 2 de octubre; Irlanda del Norte, Alemania, Brasil, Japón, Gran Bretaña y Estados Unidos también se vieron influenciados por lo que pasaba en París.

No es mayo de 1968, sino octubre de 2017. Es de noche en Estrasburgo, ciudad francesa sólo separada de Alemania por el río Rhin, y sede de las instituciones europeas; el auditorio está repleto de gente y fuera hay miles de personas, esperando, nerviosas; son jóvenes y no tan jóvenes, de todos los colores, vestidos de todas las maneras, muchos universitarios; gente de la cultura, poetas, actores, escritores, profesores, obreros herederos de viejas luchas sindicales y sus victorias y los nuevos obreros, los mileuristas (aquellos que cobran el salario mínimo en Europa) y los que no tienen empleo. Enarbolan sus banderas pero todos comparten un mismo ideal, la insumisión frente al sistema, frente al modelo de sociedad actual: son parte del movimiento la Francia Insumisa y quieren escuchar a su líder Jean Luc Mélenchon y saber que otro mundo sí es posible, que la inequidad y la austeridad impuesta desde arriba no llegó para quedarse, que las ideas, en este momento de desmemoria histórica e ideológica, están más sólidas que nunca. Les habla de los problemas que rodean a la humanidad, de la cada día mayor falta de libertad de prensa, de libertad de expresión, de las nuevas guerras, ese sin fin de nuevas guerras por todo el mundo provocadas desde los poderes fácticos; de los nuevos conflictos, la migración de millones huyendo del desastre, el cambio climático y los desastres de siempre, el hambre, la violación de los derechos humanos.

Son gritos de insumisión y de cambio que se unen a los que hace no mucho tiempo se gritaban contra la austeridad desde la Plaza Sintagma en Atenas, los movimientos del 15M en Madrid y el Occupy Wall Street; las fuerzas de izquierda portuguesa cantando Grandola Vila Morena, la canción de la revolución de los claveles, facilitando un gobierno socialista o los millones de votos del laborismo británico de Jeremy Corbyn, con su eslogan de campaña: “Para la mayoría, no para la minoría”.

Las exigencias sindicales hoy vuelven a estar sobre la mesa de negociación, los ojos se han abierto de nuevo, de golpe, y el miedo a perder los derechos sociales, algunos logrados especialmente desde el 68, ponen a la gente en guardia. Huelgas, manifestaciones, la emoción y las ganas de gritar vuelven a Francia y a Europa. Son, salvando el tiempo y la distancia, los mismos gritos, las mismas causas y representan para las élites ese mismo miedo, ese escalofrío que sintieron en el 68; son la muestra de que el movimiento del Mayo francés sigue vivo, y algo más importante, aparece como el único modelo capaz de luchar contra el auge de los movimientos xenófobos, racistas y ultraconservadores, con los que los liberales y los conservadores han coqueteado en los años de la crisis en Europa. Quizá también la única respuesta posible al nuevo desorden global que el presidente Donald Trump está creando, donde los viejos aliados de Estados Unidos en Europa no parecen dispuestos a plantarse frente a él y decirle: “Basta”.

Esta vez sí, parece que bajo los adoquines sí hay arena de playa y que cada día más y más gente sueña con exigir realismo y pedir lo imposible. Exactamente como hace 50 años.

Profesor de Relaciones Internacionales en Estrasburgo

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