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Poesía y rap los sacan de las drogas

Gracias al colectivo Libertad en Voz Alta, Ulises y Jonathan han dejado la vida delictiva para seguir su sueño de ser poetas
Jonathan, apodado en las calles como El Atrack, estuvo diez años en prisión acusado de robo agravado; todavía recuerda el momento exacto de su detención (ALONSO ROMERO. EL UNIVERSAL)
16/01/2018
01:55
Anahí G. Z
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Sandrah Mendoza, Mimí Kitamura y Rando, son tres jóvenes poetas que conforman Libertad en Voz Alta, un colectivo independiente y sin fines de lucro que desde el 2015 se dedica a llevar poesía a los diferentes centros de reclusión del Estado de México y el área metropolitana. Aunque sus integrantes nunca han estado encarcelados, entienden que en el encierro se esconden gritos e historias que deben ser escuchadas.
 

El colectivo decidió generar nuevas alternativas de vida que ayuden a la verdadera reinserción de los presos, luego de enterarse de los altos porcentajes de reincidencia en las cárceles federales, pues al cierre del 2016 un 52.3% de los reos ha vuelto a reclusión, según una revisión realizada por la Auditoría Superior de la Federación (ASF). A decir de ésta, la situación demuestra que las políticas de readaptación social son ineficaces.
 

La idea del proyecto nació en 2014, cuando Sandrah, la directora del colectivo, presentó ante la subsecretaría del sistema penitenciario una propuesta para realizar un slam de poesía en Santa Tacha mujeres.
 

Los servidores públicos que la atendieron la invitaron a extender el acto poético hasta el Centro Femenil de Reinserción Social (Cereso) Tepepan, a los penales Sur, Norte y Oriente, a los reclusorios Varonil y Femenil en Santa Martha Acatitla y a la penitenciaría de la Ciudad de México. Sandrah aceptó y el sueño se materializó.
 

“Un slam poético es una dinámica donde se juega a calificar los textos de otros; invitamos a la gente a usar la oralidad, la música, su cuerpo y todas las posibilidades que tengan”, Rando sonríe y habla de cómo este ejercicio busca devolverle la voz a quienes viven sus días en silencio; la poesía aparece como una fuerza que transforma el dolor en palabra.
 

Con todo y sus ocupaciones cotidianas, este trío poético se entrega en total a la creación escrita, como una fuerza que los anima a levantarse de la cama y seguir creando: Sandrah Mendoza es estudiante de sicología, Mimí Kitamura se dedica a la corrección de estilo y Rando es antropólogo. “A pesar de lo que estudio y aunque hago otras cosas, las letras me salvan la vida. Para mí la poesía es danza y taladro; me puede mecer y también me puede sacudir”, explica Sandrah.

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Su primera presentación se realizó en Tepepan: “al principio me asustaba que nos abuchearan cuando nos recibieran o que nos dijeran ‘pinches chamacos ñoños, aquí la ley es otra’”, recuerda Mimí Kitamura. Lo cierto es que la reacción fue distinta, al inicio eran pocos los internos que se acercaban, pero después empezaron a participar más.
 

En cada evento había quienes llegaban con las manos vacías, solamente a escuchar, pero se dejaban llevar y terminaban por improvisar algo en una servilleta o en un papelito cualquiera. Los propios custodios se paseaban de un lado a otro escuchando, iban a buscar a los reclusos y los llevaban a participar, “pudimos dar ese paso de regresarle la parte humana a un policía, y eso también es algo trascendental”, sentencia Rando.

Los presos usan la poesía para liberarse de los sentimientos que los asfixian. “Escribir un poema es reparar la herida fundamental, la desgarradura. Porque todos estamos heridos”, dijo la poeta Argentina Alejandra Pizarnik.
 

Sandrah recuerda con especial afecto un texto de la también poetisa expresidiaria Natacha Lopvet, donde describía la cárcel a través de aromas: “el olor de la desesperación, de la injusticia, el olor de la desigualdad, el olor de la piedra, del activo y de la marihuana, el olor del encierro…” La directora del colectivo asegura que “allá hay mejores poetas que los que nos hacemos llamar así acá afuera”.

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Las horas en el abismo
 

A Jonathan le dicen el Atrack y dejó la cárcel para seguir su sueño de ser poeta; tiene 32 años, tapa sus ojos con unos anchos lentes oscuros y piensa en su niñez, en las acciones que lo llevaron a pasar diez años de su vida en prisión. Cuenta que lo educaron como a un espartano, a base de golpes y maltrato, cuando apenas tenía siete años lo lanzaron al entrenamiento de las calles. Él quería hacer cosas grandes como estudiar una carrera, pero se perdió en el camino de la drogadicción; en ella encontró un asilo, un escape para soportar “los madrazos” de todos los días.
 

Lo primero que probó fueron los solventes, después los sicotrópicos y por último la piedra. Dice que cuando las consumía se sentía He-Man, el invencible. Poco a poco se alejó de sus ideales y empezó a robar para conseguir más drogas. Trazó un destino de adicción que irremediablemente lo condujo a la cárcel.

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Fue en el presidio donde conoció a Libertad en Voz Alta, formó un grupo de rap y se dedicó a escribir. Con seguridad mira de frente y dice: “la poesía callejera me ayudó mucho, me dio algo para aferrarme a la vida. Hoy la poesía es el arma que me ayuda a quitarme el peso que llevo en la espalda”. Ya lleva medio año fuera de prisión y todavía busca eventos “para rifarse unos versos”.
 

Jamás creyó dedicarse a las letras; cuando entró a la cárcel conoció a El caníbal de la Guerrero y a más gente nociva, pero se acercó a quienes querían cambiar de vida y en soledad usó la palabra como desahogo. Jonathan se sonroja, se pone serio y con una mirada abismal enuncia: “Sueños que causan tormentas; convierto en cenizas cada trozo de mi libreta, pero sigo como aquel viejo poeta: dominando cada verso, cada letra”.
 

Ulises también dejó las adicciones y la delincuencia para ser escritor, tiene 30 años, nueve de los cuales estuvo en el “tambo”. Él se enganchó a las drogas cuando tenía 19 años. Su sentencia fue por robo, pero la agradece, pues cree que si no hubiera caído en el reclusorio seguro estaría muerto.

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Para él la poesía fue el parteaguas para cambiar. Primero escribía cartas para sus novias, luego hizo un cuento para su hija; soñaba con un día dárselo a su esposa para que se lo leyera. También hizo novelas y rap. “La poesía es la oportunidad de expresar cosas que a nadie le digo, es ese Yo interno que tiene talento, pero muchas veces se inhibe ante la sociedad, ante el estigma de haber salido de una cárcel y venir de un barrio pobre” dice.
 

En sus textos habla sobre la calle y sus vivencias; toma fuerza de sus tres hijas para seguir adelante y agradece a Libertad en Voz Alta. “Lo que hace el colectivo es bien importante; gracias a gente como ellos estamos saliendo talentos de la cárcel”, expresa.
 

Dentro del encierro lo más duro que Ulises enfrentó fue que a uno de sus hermanos le dio cáncer y su padre falleció. Sentía un hueco enorme crecer en el vientre; no podía hacer nada, quería doblar las rejas y salir corriendo en medio de la nada. En las noches sus dientes crujían, no dormía, pero debía soportar.
 

Esos tiempos ya quedaron atrás. Ahora se sienta con levedad, toma aire y recita de memoria: “Aquí en el sur, somos mucha gente esperando las leyes que promete el presidente; en la zona sur, estos delincuentes escriben poesía con mensajes transparentes”.
 

Libertad en Voz Alta apuesta por la prevención del delito, por mirar a los niños maltratados y a quienes sobreviven en la indigencia antes de que comentan algún delito; de acuerdo a datos de la Secretaría de Desarrollo Social de la Ciudad de México, 4 mil 354 personas viven en situación de calle y un estudio del Fondo de Naciones Unidas para la infancia (Unicef) reveló que de 2001 a 2011, en promedio anual, 21 mil menores fueron víctimas de violencia comprobada, cifras que no han disminuido en los últimos años.
 

“Es muy cómodo estar de este lado y no hacer nada por apoyar a esa banda. Somos parte del mismo contexto y de los mismos problemas sociales, porque las cosas no son tan sencillas, no eres bueno o malo, resulta que son circunstancias las que te llevan a actuar de determinado modo”, Mimí se reconoce en los presos, los mira de frente, como sus iguales. “No hay rebelde que camine esposado a la cárcel con quien yo no vaya esposado y caminando a su lado, más que el alegre allí, soy el silencioso con el sudor en mis labios temblorosos”, escribió Walt Whitman.

Rando aclara: “nosotros no les enseñamos nada, les tendemos una mano y les decimos: ‘va carnal, ya caíste en un error, pues vamos a ver qué se puede hacer’”.
 

Su método no es dar clases de poesía; con micrófono en mano el trío de poetas leen sus textos frente a los reos, luego los invitan a que ellos compartan algo. La actividad zambulle a los presidiarios en sus emociones.

Hoy siguen luchando para realizar un inter-reclusorios y llevar a los finalistas al “reclu Oriente”. Sin excepción, al abandonar los centros de reclusión recibían una súplica: “¡por favor regresen, no se olviden de nosotros!”.

Ahora el proceso que les permitía realizar esta labor se ha detenido a raíz de un reportaje en donde se evidenciaba la venta de drogas dentro de los centros penitenciarios. No obstante, continúan trabajando para obtener los permisos y cumplir su promesa de volver.

Entre las rejas, con el peso de los días sabor a cemento y en la humedad del presidio se enciende el dolor para transmutar en verso, en una palabra que sana al tiempo que destruye: “En la cárcel me enseñaron a volverme a asombrar de todas las expresiones artísticas; con ellos el arte vuelve a ser bello”, expresa Rando. La pregunta que Libertad en Voz Alta hace a la sociedad queda al aire: “¿Qué estás haciendo con tu libertad?”

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