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“Mugrosos, pero somos personas”

Cada martes ocurre “el milagro”; evangelistas se reúnen en avenida Juárez para dar de comer a entre 60 y 100 personas sin techo
La gente en condición de calle se forma en una fila, sin hacer desorden, para degustar lo que “los hermanos” han traído para cenar (ARCHIVO EL UNIVERSAL)
12/04/2018
01:14
Teresa Moreno
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Formados en una fila, los integrantes de un grupo de alrededor de 60 personas que viven en condición de calle dicen en voz alta una oración: “Bendice Señor las manos de quienes nos dan de comer”, mientras esperan el que será, probablemente, el único plato de alimento caliente que comerán esta semana.

La calle es su “refugio”, dicen, y durante un par de horas será un lugar más amable; los llamarán por sus nombres: Edwin, Javier, Juan Carlos, Noé. Hoy, como cada martes, dejarán de ser los invisibles. El “milagro” ocurre sobre la avenida Juárez número 92, frente a lo que fue el edificio de la Contraloría del Gobierno del entonces Distrito Federal, abandonado desde hace años.

“A la gente le pediría el saludo, sentirse alegre. Espero que nunca nos falte nada. Somos personas en situación de calle, a la mejor nos van a ver mugrosos, pero somos personas. Si quieren respeto, pues hay que dar el respeto. Ando en la calle desde el 3 de diciembre: he sobrevivido juntando PET, reciclo botellas, aluminio”, dice Noé Santos, de 30 años.
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Son las 22:00 horas y un grupo de personas en condición de calle esperan frente al antiguo edificio gubernamental que ellos conocen como “los vidrios”.

Aguardan la llegada de los integrantes de la Iglesia Evangélica de Jesucristo, Misión Emanuel, en la Ciudad de México, quienes entre ellos se dicen “hermanos”.

Son amas de casa y trabajadores de un taller gráfico que preparan comidas completas para entre 60 y 100 personas en condición de calle o para lo que el dinero les alcance, puesto que cada quien aporta lo que puede y tiene.

José Luis Montecillos, quien inició este proyecto, cuenta: “Yo pasaba por aquí y los veía tirados, siempre que pasaba decía ‘les voy a invitar una torta’, pero nunca me atrevía porque pensaba que eran peligrosos. Un día les traje una torta y un café, así empezó. Me di cuenta de que son personas muy nobles, con mucho amor y valor, contrario a lo que yo esperaba encontrar en ellos”.

Una de las personas que prepara y lleva comida es Sofía Domínguez Cruz, pensionada de 76 años. Lo hace con gusto puesto que esos jóvenes le recuerdan a su hijo.

“Llevamos lo que podemos, soy viuda, recibo una pequeña pensión y mis hijos me apoyan, lo que Dios nos bendice es lo que llevamos. El año pasado les pedí a mis amigas y a otras personas porque les quería comprar pollo a los muchachos y que comieran lo mismo que yo en Navidad. No me da pena pedir si es para ayudar a otros”, contó.

El aroma de la comida caliente y humeante se impone al del solvente que inhalan muchos de estos jóvenes y ancianos, en su mayoría varones; también al penetrante olor de la suciedad y la orina de un espacio público que no ha sido limpiado en semanas, donde revolotean las moscas y los perros comen del mismo plato que sus amos.

Tantas historias

El menú de hoy es sopa de lentejas, carne de puerco con nopales o alubias, chuleta, arroz con jitomate y zanahorias, salchichas a la mostaza y tortillas, de postre hay arroz con leche.

En este lugar se reúnen personas llegadas de todos lados: hay quienes vinieron del interior de la República con la ilusión de encontrar un mejor trabajo, pero no lo consiguieron; algunos más nacieron en la calle; otros huyeron de su casa después de que murieron sus padres, otros aseguran estar pasando por una mala racha de la que esperan salir pronto.
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Juan Carlos, quien tiene 25 años, cena gracias a los “hermanos”. Lleva una gorra negra que se quita para mostrar las cicatrices que le han dejado en la cara y cabeza golpes, cuchillazos y heridas a lo largo de más de cinco años de vivir en la calle.

Aunque se siente invisible y maltratado por las personas que todos los días pasan por la calle y fingen que no lo ven, Juan Carlos conserva el anhelo de que un día él también podrá tener hijos y salir de este lugar.

“Si mi familia me llega a escuchar, la verdad le quiero decir que me perdonen por todo lo que he hecho, estoy muy arrepentido. Me duele lo que me está pasando y si algún día me perdonan, aquí estoy.

“A los padres de familia quisiera decirles que si tienen hijos no los abandonen, no los desechen a la calle porque la calle está muy fea”, dice con tono melancólico.

Eulogio Hernández Bautista, de 32 años, tiene 20 meses varado en la Ciudad de México. De oficio costurero y criado como campesino, llegó de Hidalgo con 3 mil pesos atraído por la promesa de contratación de una de esas empresas que anuncian: “Canadá busca trabajadores mexicanos”. Le pedían pasaporte y 7 mil pesos para hacer el trámite. No le alcanzó.

Eulogio se quedó en la Ciudad de México convencido de que aquí tendrá más posibilidades de reunir el dinero necesario para marcharse hacia el norte del continente.

“Vine aquí a trabajar. Tengo que pisar territorio canadiense porque me interesa. Por lo mientras ando en comedores comunitarios. Necesito progresar y en mi tierra no es lo mismo como en la Ciudad, por eso quiero emigrar. Tengo entendido que Canadá es un país muy diferente y mucho mejor”, cuenta.

Aunque es tarde, todavía caminan por aquí turistas distraídos que pasan sin voltear en su camino hacia la Alameda Central, más bella que de costumbre, pues está decorada con los tonos violetas de las jacarandas en flor, pero aquí, a “los vidrios”, no llegan las flores moradas que anuncian la primavera.

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