Atleta paralímpico no se rinde tras ser agredido en Metro de CDMX

El atleta Alejandro Pacheco Castillo cuenta a EL UNIVERSAL cómo sucedió el enfrentamiento con los ambulantes en la Línea B, quienes lo golpearon por cantar dentro de los vagones
Atleta paralímpico no se rinde tras ser agredido en Metro de CDMX
Foto: Ivan Stephens / EL UNIVERSAL
18/05/2018
01:03
Edgar Tequianes
-A +A

Alejandro Pacheco cuenta que perdió la vista por culpa de las drogas a los 19 años. Según su propio testimonio, lo último que vio antes de quedar ciego fue el rostro de su madre. “El último recuerdo que tengo es de mi mamá cuidándome”, dice, explicando que su vista dejó de funcionar por una sobredosis.

Desde hace cinco años se dedica a hacer deporte, actividad que le da la felicidad a pesar de su ceguera.

Pacheco ha participado en varias competencias internacionales en países como Estados Unidos, donde corrió en la carrera del desierto en Arizona, en el año 2016; a ésta se le suma el Grand Prix Sao Paulo, en Brasil, donde ganó dos medallas de oro por correr en mil 500 y 5 mil metros. Incluso estuvo en un campeonato de Corea, donde quedó en quinto lugar en la carrera de mil 500 metros.

Para costear sus entrenamientos, el atleta canta en el metro la Ciudad de México, donde el pasado 4 de mayo fue golpeado por unos vagoneros, los cuales le impidieron cantar en la Línea B. El suceso se conoce gracias a los medios de comunicación, ya que Alejandro mantiene contacto con periodistas que le han escrito diversos artículos.

Alejandro es golpeado en el metro por cantar

Después de entrenar en Bosques de Aragón, donde corrió 12 kilómetros de carrera continua, Alejandro se dispone a subir al metro. A su lado van Luis Felipe, quien corre junto con él durante los entrenamientos, y Víctor, un hombre con miopía severa que lo ayuda a trasladarse de un lugar a otro.

Al llegar a la estación, Luis Felipe se retira, dejando que los dos invidentes entren al metro. En los vagones, la dinámica para obtener dinero funciona así: Alejandro canta mientras que Víctor va detrás de él con un vaso en mano, recibiendo las monedas que les regalan.

Antes de encender la bocina que trae consigo, el atleta se presenta ante las personas. “Soy Alejandro Pacheco, soy un atleta paraolímpico, y corro en las pruebas de mil 500 y 5 mil; desgraciadamente, no tengo el apoyo suficiente, por eso busco la manera de sacar recursos cantando para poder seguir entrenando”, dice antes de interpretar “Así es mi vida”, de Liran’Roll.

Antes de llegar a Ciudad Azteca, la estación terminal de la Línea B, dos vagoneros del metro se presentan ante ellos para advertirles que en ese sentido de la estación no se puede pedir dinero ni trabajar con la bocina, pues “tienen un convenio con los policías”, cuenta Pacheco. 

“Ellos nos dijeron que de Bosques de Aragón a Ciudad Azteca sólo pueden estar en los vagones puros vendedores”, dice el atleta, quien advierte la presencia de ambos vagoneros gracias a su oído, sentido por el cual determina que hay dos personas frente a él.

El atleta paraolímpico les contesta que “no hay problema”, que, si algún policía llega a retirarlo, se va. “¡El problema no es por ti! ¡El problema es que a nosotros nos llaman la atención!”, contesta el ambulante.

Ambos invidentes deciden abordar nuevamente el metro. Esta vez, recorren la línea en dirección contraria.

Durante el trayecto, Alejandro escucha que un cantante se sube al vagón con micrófono y bocina, y se convence de que se puede cantar en el metro.

En la estación Río de los Remedios, los invidentes encuentran a un vendedor de chocolates, cuya presencia fue advertida por el oído del atleta, pero éste no le presta atención. Alejandro se presenta ante las personas y el vagonero se acerca a decirle: “Vete a tu línea. Haz base, no te puedes quedar aquí”. 

“Y ¿tú quién eres?”, pregunta Alejandro. “¡Bueno, ya les dije!”, le contesta el sujeto.

El metro está lleno y los pasajeros no permiten el libre movimiento. “Hice el intento de quitarme, pero no se podía. Él logró pasar, yo lo ignoré y seguí cantando”.

Alejandro se cambia de vagón y, al llegar a la estación Nezahualcóyotl, intenta bajar nuevamente. En ese momento, el vendedor de chocolates los alcanza. Alejandro lo identifica por su voz. El vagonero empieza a jalarlo en el andén para que el atleta no aborde el tren. Víctor, que apenas puede distinguir algunos movimientos, le grita: “¡No lo empujes! ¡Es un invidente!”.

El sujeto sigue agrediendo al atleta, pero éste logra librarse de él y aborda el vagón junto con su compañero. El metro cierra las puertas y el vagonero, enojado, intenta abrirlas con ambas manos, logra meter el brazo y jala la palanca de emergencia. El tren abre las puertas y el vagonero comienza a chiflar en dirección a los coches aledaños.

A su llamado acuden otros ambulantes, quienes preguntan lo qué está sucediendo. “¡Estos güeyes que no se quieren ir! ¡Se hacen pendejos!”, les contesta.

Al lugar llega un vagonero más enérgico y Alejandro supone que es el jefe de todos, éste pregunta quién de los dos es el que ve, y el ambulante de los chocolates señala a Víctor. En ese momento, el presunto líder se acerca a éste y le arroja sus lentes al suelo. Alejandro se interpone entre ellos, pero el presunto líder y el vagonero jalan al atleta de la bocina con la que canta y, al hacerlo, le revientan la correa con la que se sostiene. El aparato cae al suelo.

Pacheco comienza a forcejear, pero no sabe con quién; si con el vagonero o con el presunto líder. El sujeto, al ver que el invidente no cede, intenta morderlo en la cara y los demás pasajeros no interfieren.

Al momento de la riña, Víctor logra distinguir cómo el vagonero de los chocolates, quien resulta ajeno a la pelea cuerpo a cuerpo, agarra la bocina con la que su compañero canta y se echa a correr con ella. “¡Regrésame la bocina!”, le grita Víctor, obteniendo del vendedor una contestación: “¡Yo les dije que se fueran! ¡Ustedes se lo buscaron!”.

Víctor corre detrás de él, logra arrebatarle la bocina y regresa al vagón, donde el atleta sigue luchando. La policía del metro llega, se identifican con Alejandro y tratan de sacarlo del vagón. Al salir, el atleta recibe golpes por parte de los demás ambulantes al igual que su compañero.

Los vagoneros rompen la mochila de Pacheco y roban el contenido de ésta; la ropa de entrenamiento y un celular. Alejandro intenta meterse nuevamente al vagón, pero, al volverse, el vendedor de los chocolates lo recibe con un puñetazo en la cara.

El recorrido para levantar una denuncia

Alejandro acude a la tercera Fiscalía del Estado de México para levantar una denuncia por los daños y es recibido por un juez conciliador. El atleta y su amigo explican lo sucedido, pero el juez les contesta que “¿contra quién van a hacer la denuncia, si no pueden ver quién los atacó?”.

El juez les dice que no se puede hacer nada ahí y, para ayudarlos, les señala una pared, donde se encuentra escrita la dirección del portal web de la Procuraduría para levantar la denuncia por internet. “Ahí chécalo”, le dice. 

Al día siguiente, el atleta y su acompañante no salen de casa por lo adoloridos que se encuentran.

El domingo asisten al metro Cuauhtémoc a preguntar dónde podrían levantar la denuncia, pero les dicen que ahí no se puede, pues sólo se dedican a brindar servicio médico. Los mandan a la estación Hidalgo, donde reciben la misma explicación y terminan en Pino Suárez, donde les dicen que pueden darle los videos presentando el folio de la denuncia.

Dos días después, los invidentes acuden al Ministerio Público de “La Perla”, en el Estado de México, donde los regresan a la tercera Fiscalía del Estado de México.

En esta ocasión, la Fiscalía les dice que sí pueden levantar la denuncia y les preguntan el motivo. Alejandro y Víctor explican lo sucedido y la Fiscalía les pide que regresen a “La Perla” para que sean revisados por un médico legista, ya que en esos momentos no cuentan con uno ahí.

Los invidentes regresan a dicho ministerio, donde el único que pasa a declarar es Víctor por ser el que “ve un poco más”. “A mí no me quieren tomar la declaración ni como víctima ni como testigo”, dice Alejandro, que acusa ser el más agredido.

En entrevista, Pacheco advierte que está acostumbrado a esta clase de circunstancias. “Ya me adapté. Hago deporte, pero la gente es difícil, tienen poca sensibilidad; te empujan, te patean el bastón si tienen prisa, es muy complicado porque no hay conciencia”, dice. 

“Es muy difícil estar batallando. Somos seres humanos, hacemos de todo, pero hay obstáculos en la calle y la gente no piensa en la discapacidad, sino en la comodidad de ellos. La inclusión, como tal, no la hay”. 

Hasta el día de hoy, Alejandro Pacheco explica que sigue en proceso con su denuncia, pero eso no impide que siga luchando por entrenar. 

“Ahorita necesito tramitar unas visas para ir a un evento a Arizona y no tenemos el recurso suficiente”. Señala que su página de Facebook es Alejandro Pacheco Atletismo y que en ella sube videos y fotografías sobre él y varios compañeros suyos que atraviesan por la misma situación.
 

Mantente al día con el boletín de El Universal

 

COMENTARIOS