Manolita
Historias de sabor

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13/02/2018
10:25
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La tarde está pardeando, y por ahí fíjese bien, entre los cerros se alcanza a ver una cortina gris que se mueve, no es otra cosa que la bendita agua que cae en la tierra y que la dejara lo suficientemente húmeda para la próxima temporada, esa lluvia le da vida a la montaña y a las plantas que parecen secas, pero no mi niña no están seca tan sólo están descansando y tomando fuerza para reverdecer, ya verá en Mayo como todo se vuelve esmeralda, pero siempre hay que saber esperar y no desesperar, todo tiene un ritmo, un compás Me entiende? Así es la vida, pero no nos gusta esperar, en ese momento la tejedora suspiró, clavo su mirada trigueña en mí y con toda calma continuó su labor hincada y sosteniendo en la cintura el lazo que sostenía el telar.
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¿Saber esperar? Pregunté, a quién o a qué, la mujer de manos ásperas y firmes solo sonrió, tomo aire, se inclinó ante el telar y siguió con la labor.
 
Esperar los tiempos, niña, continuó, cada cosa, cada vida, cada acción tiene sus propios tiempos, son los tiempos de la tierra, del aire, del fuego y del agua, los del hombre, el del niño y el de la madre, más aún el de la milpa y el de cada uno de sus productos que amablemente nos ofrece en las diferentes etapas de su crecimiento.
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En cada uno de esos tiempos hay cosas que aprender y acciones que hay que ir tejiendo para que los sueños se realicen.
 
Aquí viene la gente y se sienta frente a mí y me observan, los escucho y luego me escuchan mientras yo tejo y acaricio cada uno de los hilos, ellos van tejiendo reflexiones y algunas ideas, una vez que acabamos y que el cielo obscurecido se llena de luces pequeñas los invito a mi cocina.
 
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Con toda calma la tejedora desenredó sus piernas se quitó el telar de cintura y lentamente se levantó del petate.

Me invitó a pasar a su casa y con una sonrisa en la boca me señaló un pequeño banquito para que me sentara junto al tlecuil.
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Aquí está la olla que me gusta para hacer el atole de piloncillo. Con toda calma puso agua en la olla en el fuego intenso, comenzó a hervir rápidamente, la mujer tomó la olla de las orejas y la cambió de posición de tal manera que el fuego fuera menor, mientras tanto disolvió en agua caliente la masa y la pasó por el colador para después verterla en la olla, lentamente la movió un y otra vez hasta que fue espesando. Finalmente lo sirvió en jarro y en un plato puso piloncillo troceado.
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Su paladar le va a ir pidiendo la cantidad de piloncillo que requiere para mezclar dentro de la boca, tome un trago de atole y tómese su tiempo para morder la cantidad que se requiera de dulce.
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Apasionada de México y su cultura, estudió Sociología en la UNAM, se ha dedicado por más de 15 años a difundir y promover los atractivos turísticos, culturales e históricos de nuestro país a través...
 

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