Manolita
Historias de sabor

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28/05/2018
17:23
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Las hojas verdes del sauce se mueven pausadamente, el aire apenas roza mi cara y esa pequeña sensación me hace sentir que estoy vivo, a lo lejos escucho el correr del agua que hoy es más intenso que ayer, llovió por la noche a raudales; el cielo es azul y son pocas las nubes que transitan lentamente, hoy no se avizora tormenta, pero en estas fechas es impredecible; platicaba consigo mismo Antolín, al disfrutar de su hora de descanso tras el trabajo en la milpa.

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En su ayate había puesto algunos racimos de flor de calabaza, el verde de los tallos y el color amarillo intenso de las hojas le habían anunciado que podían ser cortadas para llevar una sorpresa a casa.

Todo en la vida se acomoda de apoco, se dijo, no por nada hacia unos días había preparado requesón, a pesar de los regaños de su mujer por ensuciar tantas cazuelas; pero las acciones dicen más que mil palabras, y Antonina conocía perfectamente bien a su marido, así es que mientras el preparó su famoso requesón y le agrego después de que estaba semi cuajado unos trozos de chile verde, ella se decidió a preparar su famosa longaniza.

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Al fin estaban prácticamente todos los ingredientes para los famoso tamales de flor de calabaza y requesón, nadie los preparaba como Antonina, era una receta que había heredado de su suegra y que cuando era tan sólo una niña la memorizo viendo a Doña Juana moliendo el maíz en el metate.

Antolín dejó la sombra del sauce y amarró el ayate de tal manera que las flores no se maltrataran, era importante para que los tamales quedaran vistosos y bien cubiertos por la flor.

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La tarde comenzó a pardear y era hora de regresar. Como si se hubieran puesto de acuerdo para la preparación, Antonina tenía ya todos los ingredientes sobre la mesa, solo faltaba el ingrediente estrella, para satisfacer al marido.

Cauteloso entró a la cocina, sin mediar palabra abrió el ayate, de donde salieron las flores, se agachó y las puso en un cuenco de agua para limpiarlas, una vez terminado el trabajo las entregó, para que su mujer las separara del troncó y les quitara el pistilo.

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La habilidad manual de la mujer sorprendió nuevamente al marido, siempre la admiraba por su gran destreza en la cocina, seguramente ese mismo día podrían disfrutar de aquel manjar.

En el comal estaba todo preparado para recibir a la olla convertida en vaporar, la olla de café estaba a un costado para que el agua hirviera durante el cocimiento de los tamales, así en menos de 90 minutos la cena estaría lista.

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La pareja esperó paciente, tan sólo intercambiaron algunas miradas de complicidad, como lo habían hecho desde niños, no era necesario mantener una larga conversación, eran solo ellos dos complaciéndose una y otra ves.

Apasionada de México y su cultura, estudió Sociología en la UNAM, se ha dedicado por más de 15 años a difundir y promover los atractivos turísticos, culturales e históricos de nuestro país a través...
 

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