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Desde Colombia

08/09/2017
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“Llovió cuatro años, once meses y dos días”. La estupenda figura descrita por García Márquez nos suena aquí familiar, en un momento en el que el Papa Francisco visita la hermana tierra colombiana. “Hubo épocas de llovizna en que todo el mundo se puso sus ropas de pontifical y se compuso una cara de convaleciente para celebrar la escampada, pero pronto se acostumbraron a interpretar las pausas como anuncios de recrudecimiento” (Cien años de soledad, México 1986, 328).

Nos encontramos también celebrando los cincuenta años de esta publicación cimera. Y los cuarenta y nueve de que, por primera vez, un Sumo Pontífice pisara tierra latinoamericana. Cuando, comenzando la educación secundaria, mi profesor de Español me puso en contacto con el recién nombrado Premio Nobel de Literatura, para leerlo por primera vez, me prestó un libro en el que había trazado un esquema con los personajes de la novela. Era –me explicó– un cuadro para no perderse.

Releyendo las homilías y mensajes de Paulo VI en Colombia, me pareciera encontrar un bosquejo que ayuda a no perderse en diez lustros de tentativas sociales y eclesiales. Tomo algunos fragmentos de su homilía durante la Santa Misa para la “Jornada del Desarrollo”.

“Muchos… insisten en la necesidad de cambiar urgentemente las estructuras sociales que, según ellos, no consentirían la consecución de unas efectivas condiciones de justicia para los individuos y las comunidades; y algunos concluyen que el problema esencial de América Latina no puede ser resuelto sino con la violencia. Con la misma lealtad con la cual reconocemos que tales teorías y prácticas encuentran frecuentemente su última motivación en nobles impulsos de justicia y de solidaridad debemos decir y reafirmar que la violencia no es evangélica ni cristiana”. Una transformación estructural resulta falaz si no corresponde a transformaciones interiores.

Y continuaba: “Por tanto… la llave para resolver el problema fundamental de América Latina, la ofrece un doble esfuerzo, simultáneo, armónico y recíprocamente benéfico: proceder, sí, a una reforma de las estructuras sociales, pero que sea gradual y por todos asimilable y que se realice contemporánea y unánimemente, y diríamos, como una exigencia de la labor vasta y paciente encaminada a favorecer la elevación de la ‘manera de ser hombres’ de la gran mayoría de quienes viven hoy en América Latina. Ayudar a cada uno a tener plena conciencia de su propia dignidad, a desarrollar su propia personalidad dentro de la comunidad de la que es miembro, a ser sujeto consciente de sus derechos y de sus obligaciones, a ser libremente un elemento válido de progreso económico, cívico y moral en la sociedad a la que pertenece”.

Para ello, lanzaba un apelo a diversos miembros de la sociedad. A quienes se mueven en el ámbito académico les decía: “Es necesario que vuestra caridad se empeñe sobre todo con el pensamiento, y tenga la sed, la humildad y la valentía de la verdad. Es incumbencia vuestra especialmente liberar a vosotros mismos y a nuestro mundo intelectual de la supina adhesión a los lugares comunes, a la cultura de masa, a las ideologías de moda… Toca a vosotros, entre todos, ser apóstoles de la verdad”.

A los trabajadores los animaba a seguir el camino de la asociación, “no como simple estructura organizativa o como instrumento de sumisión colectiva, en manos del despotismo de algunos jefes inapelables, sino como escuela de conciencia social, como profesión de solidaridad, de hermandad, de defensa de los intereses comunes y de empeño ante los comunes deberes”.

A los dirigentes les pedía generosidad. “Es decir, la capacidad de sustraeros a un inmovilismo de vuestra posición, que puede ser o aparecer privilegiada, para poneros al servicio de quienes tienen necesidad de vuestra riqueza, de vuestra cultura, de vuestra autoridad… Percibid y emprended con valentía, hombres dirigentes, las innovaciones necesarias para el mundo que os rodea; haced que los menos pudientes, los subordinados, los menesterosos, vean en el ejercicio de la autoridad la solicitud, el sentido de medida, la cordura… La promoción de la justicia y la tutela de la dignidad humana sean vuestra caridad”.

Y concluía invitando a las familias a convertir la “casa en una pequeña sociedad ideal, donde el amor reine soberano y sea escuela doméstica de todas las virtudes humanas y cristianas”.

De hecho, con el tema del amor había iniciado su homilía, sugiriendo que desde la intimidad rebosara hacia la sociedad. “Que la chispa de amor, encendida en cada uno de los corazones, se convierta en fuego, que arda en el ámbito comunitario de nuestra vida. Haced del amor de Cristo el principio de renovación moral y de regeneración social de esta América Latina, a donde hemos venido también para suscitar la llama de esa caridad que une al manantial supremo de nuestra salvación y transforma la convivencia humana, tan necesitada de superar sus divisiones y sus contrastes, en una familia de hermanos. El amor es el principio, la fuerza, el método, el secreto para lograrlo. El amor es la causa por la cual vale la pena actuar y luchar. El amor debe ser el vínculo para transformar a la gente sencilla, amorga, desordenada, sufrida y a veces maliciosa, en un Pueblo nuevo, vivo y activo: en un Pueblo unido, fuerte, consciente, próspero y feliz” (Homilíadel 23 de agosto de 1968).

Estamos a cincuenta años de aquellas palabras. Francisco está ahora en Colombia. El desafío de que no se completen otros cincuenta años de soledad está en nuestras manos. Y en las de Dios.


Dieric Bouts el Viejo, Profeta Elías en el desierto
Soy ciudadano mexicano, discípulo de Jesucristo, sacerdote católico de la Arquidiócesis de México.

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