El año en que viviremos en peligro
POR GABRIEL GUERRA CASTELLANOSgguerra@gcya.net www.gabrielguerracastellanos.com
El Universal

Sábado 03 de enero de 2009



Guerras, terrorismo, asesinatos, recesiones, depresiones, quiebras y desempleo, son apenas algunos de los ingredientes de este año que inicia.

Para donde voltee uno la mirada, hay señales de alarma. Desde el panorama económico estadounidense, en el que cada semana hay malas nuevas, hasta el entorno político de ese país, en el que la llegada de Barack Obama oxigenará solo momentáneamente el anquilosado y esclerótico sistema, dentro y fuera de Washington. Los escándalos no pararán, desde nuevos fraudes piramidales hasta la comprobación repetida de la ineficiencia de los mecanismos reguladores de la economía más grande, poderosa y supuestamente moderna del mundo.

La frescura de Obama no borrará las viejas y corruptas prácticas que tan bien ha ejemplificado el gobernador de Illinois, y que no son excepción que confirme la supuesta regla de la transparencia y ética estadounidenses. Son ya tantos los escándalos que involucran a senadores, representantes, gobernadores y funcionarios que lo único rescatable es que sigan siendo noticia y —contrario a lo que ocurre en otras latitudes— que se les persiga y condene. No es menor la diferencia: lo que hace a la corrupción y al delito intolerables es la impunidad; lo demás es la naturaleza humana.

Y ésa, que de humana tiene bien poco, es la que presenta al mundo con guerras y conflictos, con actos de terrorismo que no perdonan clases sociales, religiones ni sistemas políticos. Lo mismo la ETA en España que los talibán en Afganistán o las FARC en Colombia, la industria de la muerte seguirá creciendo, alimentada por actos y omisiones de Estados que se dicen modernos y civilizados pero que no aplican las consecuencias lógicas de sus ideales en sus acciones cotidianas. Desde las ocupaciones en Irak y Afganistán hasta el conflicto entre Israel y los palestinos, pasando por la barbarie que viven Sudán y el Congo, o Zimbabue, o las tendencias divisorias y separatistas en Bolivia o Canadá o Bélgica, el mundo está lleno de ejemplos de lo que no se debe nunca permitir.

La crisis le pegará a todos y será más noticia en el mundo desarrollado y en las economías emergentes, acostumbrados como están sus habitantes a lustros de prosperidad a veces real y muchas otras ilusoria. Mucha de la riqueza que ya se ha perdido y de la que falta por perderse existe sólo en el papel, pero sus impactos serán dolorosamente reales en las naciones pobres que dependen de las más ricas para subsistir. El agricultor en Kenia o Nicaragua nada tiene en juego en la bolsa neoyorquina, pero cuando el consumidor estadounidense decida dejar de consumir cafés sofisticados o frutas exóticas entonces las consecuencias llegarán mucho más allá del piso de remates.

El terrorismo y la violencia de Estado tendrán sus propias secuelas en el ciclo interminable, repetitivo, de odio, muerte y represalia en que se encuentran inmersos países y pueblos enteros. Desde África, donde hoy vemos en el conflicto en el Congo las heridas abiertas y los temores que dejó la catástrofe en Ruanda hace ya muchos años, hasta la globalización del terrorismo, que lleva los agravios de una parte del mundo y los convierte en actos asesinos en otra, generando así reacciones con frecuencia desmedidas de los Estados afrentados.

Sin embargo, algunas lucecitas permiten justificar el optimismo documentado: la llegada de Obama a la Casa Blanca demostrará la capacidad de reinvención de los estadounidenses, mientras que las elecciones en Sudáfrica serán ejemplo de cómo sí se puede renacer tras la barbarie. Votaciones para renovar el Congreso en India y para el Parlamento Europeo nos darán un contraste entre la democracia más poblada del mundo y la más prospera y civilizada. Para los chinos, es el Año del Buey, el del trabajo duro y del sacrificio para las recompensas futuras. Si el resto del mundo se fija un poco en eso, el 2009 podría no resultar tan malo.



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