El enigma de Benedicto XVI
Wilbert Torre
El Universal

Jueves 17 de abril de 2008



WASHINGTON.— Benedicto XVI es un enigma. Podría decirse que hasta estos días nadie lo conocía en Estados Unidos y tal vez esa fue la razón que llevó a miles a ocupar las calles de la siempre burocrática y silenciosa Washing- ton, que ayer mutó en un carnaval babélico que se extendió varios kilómetros.

En las calles había italianos, españoles, portugueses, dominicanos, unos sacerdotes alemanes que tocaban trompetas y saxofones, seminaristas llegados de El Bronx y mexicanos chilangos y michoacanos con banderitas e imágenes de la Virgen de Guadalupe.

“¿Qué trae aquí a toda esta gente?”, preguntaba con intriga un funcionario del Banco Mundial que decidió saltarse la hora del almuerzo para ocupar un sitio en la avenida Pensilvania y la Calle 17, igual que varios miles de personas, para ver pasar al Papa cuatro segundos lanzando bendiciones desde esa cápsula blindada y translúcida llamada Papamóvil.

“Supongo que es eso que muchos llaman fe”, le respondió otro empleado del Banco, enfundado en un traje oscuro. Los dos eran de Ghana, nunca habían visto a un Papa y observaban con azoro las imágenes de mujeres y hombres con lágrimas rodándoles sobre las mejillas al ver pasar al Pontífice a 10 metros de distancia.

En las calles del centro de Washington miles cantaban himnos católicos, bailaban, repetían frases en coro, aplaudían y agitaban banderitas blancas y amarillas del Vaticano. Había gente en los balcones y los techos del Banco Mundial y el Fondo Monetario Internacional, niños acompañados por sus madres, ancianas solas, adolescentes con camisetas que decían “Quiero a los chicos malos” que gritaban “Beeeenedicto-Beeeenedicto”, protestantes que protestaban contra los sacerdotes pederastas alzando unos carteles que advertían “The Pope is no hope” (El Papa no es esperanza), mendigos buscando un espacio para acechar al visitante y diplomáticos extraviados en ese mar de gente.

“Solo quien cree en Dios puede entender todo esto”, dijo Rosalina Rodríguez, una mexicana nacida en Zacatecas hace 41 años. “Nos íbamos a divorciar y el camino llegó al rescate”. Se refería al Camino Neocatecumenal, una comunidad de católicos que llegaron desde Nueva York, California, Texas y Arizona con el deseo de ver al Papa y seguirlo a donde quiera que vaya. “Dios nos habló y después de 27 años y 12 hijos, seguimos casados”, dijo Rosalina Rodríguez, abrazando a su marido, José Rodríguez, de Guadalajara. “La gente piensa que estamos locos —sonrió José— porque dejamos a los hijos en el pueblo para venir a ver a Benedicto”.

Era casi el mediodía y el Papamóvil pasaba por la avenida Pensilvania. Los Rodríguez llegaron a las siete de la mañana. El Papamóvil se detuvo enfrente de un grupo de jóvenes que desenfundaron sus celulares para fotografiarlo. Rosalina Rodríguez suspiró y se acarició la panza. Espera para octubre al decimotercero de sus hijos. “Así trabaja Dios”, dijo mientras el cochecito del Papa se perdía calles adelante.



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