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El último cartucho
José Vales
El Universal

Lunes 03 de diciembre de 2007



CARACAS.— “Hoy es el último cartucho y hay que saberlo utilizar”, se quejaba Camilo Regal, un gallego con 43 años de venezolano. No tuvo mejor idea que utilizar la figura que tenía a la mano para no desentonar con el lenguaje castrense que prima en el país desde hace tiempo y que se intensifica cada vez que las urnas se activan. No fue un día más en Venezuela, y mucho menos una elección más de las 10 que hubo en los últimos nueve años.

Todo fue atípico. Como atípico se vislumbraba el resultado al caer la noche, cuando la incertidumbre y los intentos del oficialismo y la oposición por transmitir una victoria confundían a las agencias de noticias y al mundo. Las mesas electorales en la zona este y “escuálida” (opositora) estaban casi vacías. La afluencia de público era escasa y lenta en la escuela Cristo Rey de Altamira. “No entiendo cómo hay tanta abstención, justo hoy que el país se juega su futuro”, se quejaba una elegante cincuentona, con los pasajes listos para salir a Miami, “en caso de que hoy Venezuela se vaya derechico para el socialismo”.

Rosainés Morales, dijo llamarse, y dijo que “si esto es Cuba, mañana será mi último día”. No sabía, como recordaba una periodista mexicana y memoriosa, que fue el 2 de diciembre de 1961, en Cuba, la referencia inmediata de la oposición y del propio Chávez, cuando Fidel Castro declaró el carácter marxista-leninista de la Revolución Cubana. De haberlo sabido, a esa hora Rosainés estaría ya en la calle 8 de la ciudad más importante del estado de Florida.

En el barrio 23 de Enero, bastión chavista por excelencia, el panorama era totalmente opuesto, con loas a los Comandos revolucionarios pintadas en los muros, al lado de la imagen de Chávez. En las azoteas de los bloques de departamentos que evidenciaban la pobreza de los habitantes, había, lo más disimuladamente posible, efectivos militares y francotiradores controlándolo todo, en un indicio de que el presidente Hugo Chávez estaba por llegar votar. Pero a esa hora Chávez importaba menos que otras fuentes más directas y confiables para saber qué podía pasar en la noche, una vez conocido el resultado, si, como temían muchos aquí, una parte no lo reconocía.

La persona a consultar era Leandro Pérez, más conocido como Mao, el líder del 23 de Enero y del Movimiento Revolucionario Tupamaro (MRT). Llamativamente, no estaba, como es su costumbre en los días de elecciones, en la Casa del Poder Popular y su teléfono no respondió a lo largo de la jornada. Pero el recorrido incesante de las motos con conductores ataviados de negro con la imagen del Che Guevara en sus playeras, entre tanto militar y custodia, era una miedosa repetición de en qué podía convertirse Caracas si se cumplían las peores premoniciones.

“Acá no habrá violencia. No estamos a favor de la violencia, sólo de la violencia revolucionaria....(sic). Y si gana el ‘No’, el presidente volverá a proponer la reforma porque eso se lo pide su pueblo...”, aseguró Osvaldo Canica, vocero del MRT.

En las mesas electorales del barrio 23 de Enero la afluencia de votantes también era escasa, en una muestra de que en las mismas filas oficialistas la reforma con la que “el comandante-presidente”, como lo llama Canica, “tampoco era bien vista”.

En la noche, las caras de preocupación entre los funcionarios chavistas aumentaban a medida que el Consejo Nacional Electoral (CNE) demoraba el anuncio del resultado oficial.

Camilo Regal seguía en su taxi recorriendo las calles de una ciudad en la que ni Mao y sus huestes ni tampoco los estudiantes tuvieron necesidad de adornar con violencia. Estaba tranquilo. El último cartucho no había sido desperdiciado.



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