WASHINGTON.— Sólo ha pasado un año desde su histórica gesta electoral y el presidente Barack Obama ya ha vuelto a ponerse en modo de campaña para tratar de apuntalar las aspiraciones de los candidatos demócratas en Virginia y Nueva Jersey.
Para la mayoría de los observadores, la derrota demócrata en esos estados podría interpretarse como un voto de castigo a la administración de Obama.
“Hace un año, el ambiente de encono hacia el entonces presidente George W. Bush influyó decisivamente en la victoria de Obama. Pero hoy, la frustración por la falta de empleos es un sentimiento que podría pasar factura a los demócratas”, dijo el analista Ron Elvin.
Precisamente, el temor a un sentimiento de impaciencia y frustración entre el electorado animó a Obama a viajar a Nueva Jersey para evitar la derrota del gobernador John Corzine frente a las aspiraciones del republicano, Chris Christie, un ex fiscal designado por Bush.
Sin embargo, la eventual victoria de Corzine no se debería al apoyo de Obama, sino a la creciente popularidad del candidato independiente Chris Dagget, quien ha conseguido escalar varios puntos en las encuestas y podría costarle un número considerable de votos a los republicanos, en una situación que favorecería claramente al gobernador demócrata.
En el caso de Virginia, a pesar de que Obama sigue gozando de una popularidad de 56% en ese estado, el candidato republicano Robert McDonnell ha conseguido colocarse a la cabeza de las preferencias por un margen de entre 13 y 18 puntos frente a su más inmediato contendiente, el aspirante demócrata Creigh Deeds.
De confirmarse estas proyecciones, los republicanos podrían convertir la victoria en Virginia en la mejor plataforma para vaticinar nuevas victorias en los comicios legislativos del 2010, cuando la mayoría demócrata en el Congreso podría difuminarse y la presidencia de Barack Obama se vería entonces desprovista de su poderoso músculo legislativo.