NUEVA YORK.— El día amaneció diferente y así siguió. Las calles estaban vacías. La Bolsa de Valores no tuvo actividad, ni los aeropuertos, ni las escuelas, ni Broadway. La gente compraba agua embotellada, pilas. La presencia policial y de otros oficiales era intensa: hombres armados, botes cañoneros circulando en el puerto.
En el centro de la ciudad, aún había incendios sin apagar, humo... y aquel olor. Era una ciudad bajo asedio y asustada, en donde las posibilidades de destrucción acababan de cobrar nuevas dimensiones. Era el 12 de septiembre de 2001, el día después...
Mucho se ha dicho y escrito sobre lo que pasó el 11-S. El día siguiente, en cambio, ha caído en el olvido, aunque fue justo cuando los neoyorquinos comenzaron a hacerse ideas sobre el futuro de una ciudad herida por una tragedia que, pensaban, tendría un oscuro legado permanente. Nueva York, se decían, se convertiría en una fortaleza donde reinarían la aprehensión y la resignación, patrullada siempre por soldados y submarinos. Otro ataque estaba por venir. Y pronto.
Oscuro porvenir
¿Turistas? Bueno, ¿quién querría viajar allí de nuevo? ¿Trabajar en uno de los rascacielos de la ciudad? Difícilmente.
El Departamento de Bomberos, que perdió a 343 de sus hombres, jamás se recuperaría y cualquier oportunidad de que Manhattan sí lo hiciera dependía de que la Zona Cero fuera reconstruida rápidamente, como en un intento de cubrir el terror con ladrillos. Ocho años después, aquellos oscuros pronósticos no son más que recuerdos difusos que jamás se volvieron realidad.
Muchos decían que Nueva York no volvería a ser centro neuronal de instituciones clave. Ese 11 de septiembre, American Express tenía su sede en la esquina suroeste de West y Vesey. Hoy, no sólo sigue ahí, sino que Verizon se instaló en la esquina noreste. Goldman Sachs está en el noroeste. Muchos predijeron la desaparición de Times Square.
Seguro explotarían bombas químicas ahí. Un kamikaze se volaría en plena hora del almuerzo. “Era escalofriante. Pensaba: ‘Dios, ¿qué sigue? Pensé que éste sería el siguiente blanco”, dijo David Cohen, dueño de la tienda Grand Slam, en el corazón de Times Square.
El negocio, en efecto, bajó por unos meses, pero Cohen no se fue. “No puedes vivir con miedo. Las cosas pasan a veces, y a veces no”, explicó. Hoy, aseguró, “este es el mejor lugar de Nueva York. Times Square es ‘el lugar’”.
Otra de las interrogantes de hace ocho años era si alguien volvería a sentirse seguro en Manhattan. La policía revisaba cada camión. Incluso en los estacionamientos, las cajuelas y la parte inferior de los vehículos eran inspeccionadas. Hoy, en algunos estacionamientos aún existe esa práctica, pero en la mayoría, aquello sólo es un mal recuerdo.
En aquellos terribles días, muchos en el Noveno Batallón del Departamento de Bomberos de Manhattan se preguntaban quién apagaría los incendios en el futuro. Además de los 343 muertos, se produjo una estampida de retiros. Las esposas de los bomberos no quería unirse a la lista de viudas. El 10 de septiembre de 2001, había 11 mil 339 uniformados en el Departamento de Bomberos. Para el 28 de enero de 2003, la cifra se había reducido a 10 mil 630. Fue, sí, una etapa difícil. Pero en la actualidad, el personal uniformado asciende a 11 mil 415, incluso más que antes de los atentados.
De superhéroes a hombres
En cuanto al estatus de superhéroes que alcanzaron tras el 11-S, también se ha desvanecido. Los bomberos siguen teniendo una alta estima, y han demostrado su valentía, pero “la devoción era exagerada”, aseguró Charlie Williams, jefe del noveno batallón. “Insostenible”.
Después de los ataques terroristas, las banderas estadounidense estaban por todas partes. Los neoyorquinos querían mostrar públicamente su patriotismo.
Christopher Gravagna, dueño de un negocio de impresión donde decidió hacer banderas con el lema “Unidos prevaleceremos”, vendió más de 100 mil. Pero hoy, las cosas han cambiado. “El negocio ha disminuido mucho. Pero como neoyorquino, lo entiendo. El tiempo pasa”.
En cuanto a los rascacielos, el 12 de septiembre de 2001 la gente pensaba que nadie volvería a trabajar en ellos, sobre todo si eran emblemáticos. Los empleados incluso compraron paracaídas, que guardaron bajo sus escritorios, y máscaras contra partículas, por si acaso. Hoy, la gente sigue trabajando allí, y los clientes siguen visitándolos.
Charles Weiss, un dentista que trabaja en el piso 62 del edificio Chrysler, lo puso de este modo: “Los seres humanos siempre tratan de sacar lo mejor de la vida. No somos ermitaños. Nos levantamos y seguimos”.