Son una minoría, en el país con más habitantes en el mundo, en un territorio extenso y rico en recursos energéticos. Además, son islámicos, la religión demonizada desde los ataques terroristas del 11 de septiembre de 2001, en Estados Unidos.
Se trata de los uigures, concentrados en la provincia china de Xinjiang, oficialmente conocida como Región Autónoma Uigur. Como los tibetanos, reclaman su independencia de China y, al igual que aquellos, son reprimidos y considerados traidores.
Pero, para su desgracia, los uigures no son tan populares internacionalmente, ni tienen una figura tan reconocida como los tibetanos con el Dalai Lama. La figura más visible del movimiento uigur es Rebiya Kadeer, una mujer que pasó casi cinco años en una prisión china y que ahora vive en el exilio, en EU, desde donde, según las autoridades chinas, “incita a la violencia y el separatismo”.
En declaraciones para The New York Times, Kadeer, nominada en distintas ocasiones para el Nobel de la Paz, ha descrito así la situación: “Tibetanos y uigures quieren vivir en paz y libertad. Y ambos deberían tener derecho a la autodeterminación”. Las condiciones bajo las cuales viven ambos grupos, explicó en otra ocasión para ese diario, son “casi las mismas. Pero el interés del extranjero en ambos grupos, que son vecinos, comparten una frontera común y viven bajo la ocupación china, no podría ser más distinto”.
Destacan nexos con Al-Qaeda
Aprovechando el recelo que se generó hacia lo musulmán después del 11-S, el gobierno chino no se ha cansado de vincular a los uigures —sin pruebas— con la red terrorista de Al-Qaeda y con atentados cometidos en China, incluyendo el de agosto del año pasado, cerca de Kashgar, que se saldó con 13 muertos, justo antes de las Olimpiadas.
No les ayuda el que el independentista Movimiento Islámico del Turkestán Oriental (ETIM), una organización militante uigur, esté en las listas de la ONU y de EU de grupos terroristas.
Peor aún, los uigures eran una etnia prácticamente anónima para el mundo hasta que se informó que 20 de ellos fueron capturados por el Ejército estadounidense cuando invadió Afganistán y fueron enviados a la prisión de la base de Guantánamo, en Cuba.
Ninguno de ellos fue acusado, y están a la espera de ser trasladados a otros países, luego de que EU determinara que no son “combatientes enemigos”. Pero el mal estaba hecho.
En China, los uigures, emparentados con otros pueblos de Asia Central y con los turcos, con los que comparte similitudes no sólo lingüísticas (su lengua es de origen túrquico), sino religiosas, no sólo viven bajo un régimen represivo, sino con el miedo de que su cultura se pierda.
Breve independencia
No siempre fue así. Tuvieron dos breves lapsos de independencia, en 1933 y 1944, pero China terminó por absorberlos y ahora utiliza todos los medios a su alcance para impedir que se independicen.
La represión es el más conocido y, este año, Amnistía Internacional (AI) denunció, por ejemplo, que miles de uigures fueron arrestados bajo cargos de “terrorismo, separatismo y extremismo religioso”. Otra estrategia que China ha experimentado con los uigures ha sido descrita por activistas de derechos humanos como “genocidio silencioso”. Desde hace algunos años, ha incentivado a los han, la etnia mayoritaria, a vivir en Xingiang, de suerte que, de ser un 6% de la población, en 1949, hoy en día son alrededor de 40%, comparado con 45% de los uigures.
El régimen, con su campaña “desarrollar el oeste”, le ha apostado a la infraestructura en Xinjiang, donde abundan el petróleo y el gas natural y ha construido vías férreas y oleoductos. Pero los mejores empleos y oportunidades son para los han.
En las escuelas, el uigur es un idioma casi proscrito, sobre todo a nivel universitario. Las actividades religiosas uigures están sometidas a un estricto control; los niños menores de 18 años no pueden rezar en las mezquitas, como tampoco pueden hacerlo funcionarios de gobierno o del partido.
Los uigures temen que, poco a poco, se irán perdiendo entre los han. El resentimiento y recelo de los unos a los otros se han ido acrecentando. Las tensiones de los últimos días, que según cifras oficiales dejaron 184 muertos, son una muestra del rencor que se ha forjado y podría ser cuestión de tiempo antes de que la bomba explote, en un verdadero baño de sangre.