GORIS, Armenia.— Los agentes del Ministerio de Inteligencia estuvieron a punto de atraparme. Escapé de Teherán.
¿Cómo podría salir del país? Varios opositores habían sido detectados y arrestados al intentar hacerlo. ¿Se tomarían la misma molestia conmigo? Como no tenía ganas de averiguarlo, escogí la frontera de Armenia: estrecha, despoblada, insignificante.
“Recolectar información, bajo cualquier título o nombre, es motivo de arresto”, había advertido el ministro de Inteligencia, para después jactarse de que ya tenía a varios periodistas extranjeros presos, acusados de espionaje, incluyendo Iason Athanasiades, colaborador en The Guardian, y Maziar Bahari, un iraní-canadiense que trabaja para Newsweek.
La ofensiva no era sólo contra los periodistas profesionales, sino también contra los ciudadanos que con su reporteo improvisado mostraron al mundo las imágenes de la brutalidad del régimen, luego de las denuncias de fraude en las elecciones presidenciales del 12 de junio.
El gobierno montó operativos de control de vehículos para revisar los teléfonos celulares de los ocupantes y detenerlos, en caso de hallar imágenes de la represión.
El viernes 26 de junio, milicianos basijis detuvieron el taxi en el que yo viajaba. Me deshice de la tarjeta de memoria de mi cámara, donde había grabado imágenes de las lesiones de una víctima de tortura, pero cuando ellos notaron que faltaba, quisieron agredirme. Dije que era turista y mostré mi visa. Seis billetes de 20 dólares ablandaron al jefe, que me dejó ir.
Me denunció a Inteligencia. Una hora después, tres agentes vestidos de civil fueron a mi hotel. Sólo la ayuda de personas que arriesgaron su libertad me permitió escapar. No puedo dar detalles de esta parte sin ponerlas en peligro. Ellas detuvieron un autobús que iba rumbo a Tabriz, en el noroeste, para que yo pudiera subir sin el riesgo de ser capturado en la terminal.
Ya en esa ciudad, dormí en un lugar barato y anónimo. Muy temprano, el día siguiente, un taxi me llevó a Norduz. Del otro lado del río Arak estaba Armenia.
Faltaba el último obstáculo, el oficial iraní de migración, a quien le saltó algo con mi pasaporte. “¿México?”, decía. Fue a la oficina de al lado. Buscó entre varios papeles, llamó a alguien a gritos, no encontró lo que quería. Se sentó, estudió cada hoja de mi documento y por fin selló la salida.
En el puente sobre el río, una línea blanca marca el límite binacional. La crucé de un saltito simbólico. Atrás quedaba el peligro.
Pero sólo para mí. Porque en Irán se quedó un gobierno que lanzó una represión masiva, que metió a miles de ciudadanos a la cárcel, que practica la tortura y que tiene presos al menos a 37 periodistas profesionales e improvisados. Es vergonzoso disfrutar de la propia libertad cuando a los compañeros les ha sido arrancada.