SAN JOSÉ.— Zapateros, mecánicos automotrices, pescadores, custodios, banqueros, constructores, fabricantes de balas, productores de ropa, latifundistas, agricultores… El listado es extenso, pero es apenas una pequeña muestra de las múltiples actividades en que están involucradas las fuerzas armadas de Centroamérica.
Ya sea individual o institucionalmente, los militares centroamericanos vivieron una metamorfosis que los llevó de soldados implacables, con fama de furiosos y temidos represores anticomunistas, a empresarios pujantes. De paso, los ejércitos consolidaron una poderosa industria militar con gran influencia en estratégicos sectores de poder.
“Todo esto es un reflejo del poderío de los militares”, afirmó la analista guatemalteca Carmen Rosa de León Escribano, directora ejecutiva del Instituto de Estudios para el Desarrollo Sostenible, una organización no gubernamental de Guatemala que analiza los procesos de seguridad regionales.
En entrevista con EL UNIVERSAL, De León explicó que en el caso guatemalteco, los militares se establecieron como una instancia poderosa principalmente durante los 36 años del conflicto bélico en ese país, de 1960 a 1996. Los militares “tuvieron que empezar a producir armamento y equipo cuando Estados Unidos les cortó la ayuda”, en 1977, al acusarlos de violaciones a los derechos humanos, recordó.
“El Ejército se mete en las estructuras del Estado y da el paso a la economía, para empezar a generar recursos propios que le permitan la sostenibilidad de sus actividades”, agregó.
La industria militar de Guatemala produce botas, uniformes, equipamiento de campaña, municiones y vehículos anfibio. “La bota militar, una de las especialidades de la producción de Industria Militar, ha sido premiada a nivel internacional por su calidad”, informó la vocería oficial del Ejército de Guatemala a este diario.
En Honduras, además de estar involucrada en negocios financieros, una editorial, una emisora de radio, una funeraria con su cementerio y compañías de agropecuaria, cemento y seguros, el aparato empresarial militar también asumió la importación de armas y el control de empresas de energía eléctrica y telecomunicaciones.
En Nicaragua, la rama empresarial del Ejército es el Instituto de Previsión Social Militar, que ha incursionado en rubros como la construcción. Los militares salvadoreños, por su parte, han invertido —ya en situación de retiro— en compañías de seguridad privada, así como en pesca, transporte, educación, manufacturas y otros servicios diversos.
Durante casi todo el siglo pasado, los ejércitos del istmo salieron de los cuarteles y se apropiaron de los poderes políticos, judiciales y legislativos para instalar regímenes militares dictatoriales de derecha, en alianza con oligarquías criollas, y amasaron fortunas, como aliados claves de capitales criollos y foráneos.
“Uno de los problemas medulares de la incursión de los militares en negocios es la tradicional falta de control sobre sus actividades, sus presupuestos y el destino de sus ganancias. Durante el tiempo de las guerras civiles, esto se podía justificar bajo el argumento del secreto de Estado en aras de la seguridad”, advirtió la Fundación para la Paz y el Progreso Humano, organización no gubernamental con sede en San José y que estudia procesos socioeconómicos como la carrera armamentista. En los tiempos actuales, la justificación del secreto “ha perdido su validez”, añadió.