BUENOS AIRES.— Si la situación, a una semana del nuevo referéndum, en Venezuela pudiera describirse en términos cinematográficos, o al menos sintetizarla con un título de algún clásico de la pantalla grande, ese sería Ascensor para el cadalso. La recordada obra de Louis Malle, donde se destaca una joven y talentosa Jeanne Moreau.
La renovada tensión entre el gobierno y la oposición, la multitudinaria marcha que paseó el “no” por Caracas y las amenazas y el refuerzo de la seguridad por parte del presidente Hugo Chávez, como algunas declaraciones en tono derrotista de algunos de sus hombres más fieles, como el alcalde de Libertador, Jorge Rodríguez, así lo indican.
En tanto, el ascensor hacia el cadalso sigue su marcha, sin un atisbo de belleza ni talento pero sí con mucho dramatismo. Sólo falta determinar si al del chavismo o al del propio país.
Ya en términos políticos, debería sonar bizarro que dos meses después de las elecciones municipales, Chávez se haya empecinado con otro referéndum que lo habilite finalmente a la posibilidad de la perpetuidad en el cargo. Máxime cuando hace 15 meses el país ya le había dicho “no”.
Sólo la crisis financiera global, el derrumbe de los precios del crudo (37.7 dólares el barril venezolano el viernes), y la descomposición social que ya se siente en Venezuela, fueron los componentes concretos que terminaron llevando al presidente más controvertido de Sudamérica a volver a dar rienda suelta a su ansiedad electoral.
La venta de vehículos cayó 43% con respecto al año pasado, según la Cámara Automotriz Venezolana (Cavenez), la escasez de alimentos, un flagelo que ya había arrancado hace más de un año, se agudiza y la inflación no hace más que aumentar y elevar el malhumor de la población. Así y todo Chávez decidió buscar lo más rápido posible —y antes de que los cambios geopolíticos sigan avanzando—, su pasaporte a la perpetuidad.
Las encuestas muestran datos muy parejos, que no permiten visualizar ventajas. Sólo los eternos errores de la oposición —que pareció cederle la estrategia del “no” nuevamente a los estudiantes, al igual que en diciembre de 2007— y algunas declaraciones negativas de las filas chavistas permiten, por ahora, avizorar que la empresa no es fácil para el mandatario.
“La oposición ha basado su campaña en la mentira y las televisoras privadas a propalarlas y a negarse a transmitir los multitudinarios actos del presidente”, se quejó el sábado Rodríguez, por estos días jefe del comando electoral Simón Bolívar.
Esa declaración denota preocupación y cerca del presidente aclaran “nos queda una semana para pelear y dar vuelta a los resultados en zonas muy hostiles”, como Maracaibo, Miranda, o el popular Petare, donde el chavismo viene de sucumbir en noviembre último. Datos semejantes son los que llevan a opositores como Henry Ramos Allup, líder de Acción Democrática (AD), a vaticinar que “él no se impondrá por más de 10 puntos”. Aunque son las contradicciones ya conocidas en la oposición la que podrían favorecer a Chávez.
Una hipotética nueva derrota debería obligar a Chávez a abandonar la empresa y comenzar a gobernar con vistas a una salida en 2011, pero lo debilitaría sobremanera a la hora de tener que capear la crisis que, al decir de los analistas como el economista José Guerra, “se sentirá con fuerza en el último trimestre del año, ya que el precio de petróleo siempre es por ventas a futuro”.
Una victoria del “sí”, volvería a transformar la tensión de estos días en una renovada conflictividad, ya que no sólo el discurso y ciertas dotes de persecución, sino que la forma en que se convocó la enmienda, dejarían maltrecha lo poco que queda de democracia en el país.
Por eso el domingo, además de la suerte de Chávez, las urnas determinarán a cuál de los dos cadalsos posibles se dirige el país. Si al del propio chavismo o al de todo Venezuela.