MADRID.— El 2008 fue un año fatídico para la organización terrorista vasca ETA. La cabeza de la “serpiente”, como se le conoce por el anagrama que utiliza desde su fundación, a finales de los años 60, ha sido descabezada hasta tres veces. Pero lo más importante es que hoy en día se encuentra inmersa en una espiral de degradación: cada 48 horas se detiene a uno de sus miembros, las cárceles encierran en sus muros al mayor número de terroristas vascos en la historia de la democracia, pierden apoyo social, sus partidos están ilegalizados y, sobre todo, la policía los tiene cercados e infiltrados.
Los datos de 2008 no han podido ser más nefastos para la banda armada y más gratificantes para el gobierno español de José Luis Rodríguez Zapatero que, desde el fracaso del proceso de paz, se ha empeñado en acorralar policialmente a la organización separatista. Este año será recordado por dos operaciones de gran envergadura y que han dejado gravemente herida a ETA: las que han llevado a prisión a los dos responsables de que se rompiera el proceso de paz y volara por los aires la terminal 4 del aeropuerto de Madrid-Barajas el 30 de diciembre de 2006: Francisco Javier López Peña, alias Thierry y Garikoitz Aspiazu, alias Txeroki.
El primero era el número uno de la organización y el jefe del aparato político, el ideólogo, el supuesto “pensador” que pretende dotar de contenido y de justificaciones el tiro en la nuca, el coche-bomba o el secuestro. El segundo era la máxima prioridad de las fuerzas y cuerpos de seguridad del Estado por su carácter huidizo, su capacidad para organizar y perpetrar masacres, su supuesta inteligencia para escabullirse de los cercos policiales y gestionar desde la penumbra de la clandestinidad los que consideran “réditos” de la sangre.
El primero fue capturado el 20 de mayo en Burdeos en un momento de gran actividad de la organización, ya que apenas dos semanas antes la banda armada había asesinado a un guardia civil. La captura provocó que el segundo se convirtiera en el jefe militar y político. Es decir, en el máximo dirigente de ETA. Sin embargo, fue detenido unos meses después, y la información encontrada en su computadora llevó a la policía a capturar a su sucesor: Aitzol Iriondo, tres semanas más tarde.
Con todo, la sociedad española sabe que en cualquier momento puede volver a matar. Porque en sus filas hay todavía jóvenes nacidos en democracia, dispuestos a poner un coche-bomba o a asesinar a sangre fría y por la espalda, por un objetivo: lograr la independencia del País Vasco.