WASHINGTON.— Durante casi una década el nombre de Dick Cheney ha sido sinónimo del poder detrás del trono en la Casa Blanca. Un poder que, a lo largo de dos mandatos consecutivos, definió la política y exterior y operó desde las sombras algunas de las decisiones que marcarán el legado de la administración de George W. Bush.Ayer, cuando el aún vicepresidente de Estados Unidos recibía a su sucesor, Joe Biden, a las puertas de su residencia oficial en el observatorio naval, su figura encorvada era el retrato del poder menguante y en franca retirada frente al hombre que, hace escasas semanas, le caracterizaba como el vicepresidente “más peligroso” en la historia del país y como un “auténtico imbécil”, por su papel como principal instigador de la invasión en Irak.
El ritual de un traspaso de poderes entre Cheney y Biden se realizó en horas de la tarde de un día gris y lluvioso en un acto en el que, las buenas maneras que impone el rigor protocolario, dominaron el encuentro, pero fueron inútiles para ocultar el mutuo desprecio que ambos profesan entre sí.
Acompañados por sus respectivas esposas, Lynn Cheney y Jill Biden, los dos políticos se separaron del grupo para mantener una entrevista que duró poco más de una hora en uno de los salones de la residencia. Del contenido de las conversaciones, que mantuvieron en solitario, los portavoces de Biden y Cheney aseguraron que tuvieron un carácter privado, nada novedoso para un personaje como Cheney, acostumbrado a transitar por el mundo de la política sin hacer demasiado ruido.
El encuetro entre Biden y Cheney ocurrió tres días después de la histórica visita de Barack Obama a la Casa Blanca.